Nueva York se prepara para vivir un duelo único. El MetLife Stadium acoge la primera final de un Mundial entre dos de las máximas favoritas al comienzo del torneo. España contra Argentina. Lamine Yamal contra Messi. La expectación es máxima y la lectura de la final en clave blaugrana casi obligada al tratarse de los dos referentes de ambas selecciones con presente y pasado en el Barça.
A escasos metros donde se decidirá el Mundial, el argentino disputó con el ‘Mágico’ González de socio blaugrana dos amistosos en 1984, antes de irse al Nápoles
Nueva York se prepara para vivir un duelo único. El MetLife Stadium acoge la primera final de un Mundial entre dos de las máximas favoritas al comienzo del torneo. España contra Argentina. Lamine Yamal contra Messi. La expectación es máxima y la lectura de la final en clave blaugrana casi obligada al tratarse de los dos referentes de ambas selecciones con presente y pasado en el Barça.
Por si no fuera suficiente, a las caprichosas casualidades que unieron a estos dos compañeros de bañera se le suma otra que tiene a Diego Armando Maradona y al Barça, de nuevo, como protagonistas. A escasos metros del MetLife -situado en realidad en Nueva Jersey-, en el actual parking del estadio de los New York Giants y los Jets, el astro argentino disputó sus últimos partidos con la camiseta del Barça.
“Maradona era conocido, pero ellos ya tenían a sus ídolos en el baloncesto o el béisbol”, recuerda Minguella, organizador de aquel viaje poco mediático
Sucedió a finales de mayo de 1984, poco después de la tángana de la final de Copa perdida contra el Athletic (1-0) por la que Maradona y otros cinco futbolistas fueron sancionados tres meses sin jugar -un castigo del cual todos fueron amnistiados-. Aquel partido supuso el final del Diego en la capital catalana después de dos temporadas en las que, por diferentes razones, no logró triunfar ni tampoco conectó con la grada. Quedaba, sin embargo, el epílogo. Una participación en un torneo solidario en la que sería la primera visita oficial del Barça en Estados Unidos.
El avance del equipo entrenado por César Luis Menotti en la efímera Copa de la Liga, que se disputaba en las mismas fechas, obligó al club a partir la plantilla en dos. “Teníamos el compromiso desde hacía meses con el New York Cosmos, club en el que había jugado Pelé y aún permanecía Neeskens, así que no podíamos faltar. Para completar el equipo, llegamos a un acuerdo con algunos jugadores de la Liga como el Mágico González o Mario Husillos”, recuerda para La Vanguardia Josep Maria Minguella, agente y organizador de aquel viaje.
El escaso interés que tenían los estadounidenses por el soccer quedó palpable nada más llegar la expedición blaugrana. Ni un solo periodista ni fotógrafo yanqui aguardaban a Maradona y compañía en el aeropuerto de Nueva York. En los partidos apenas se llegó a la media entrada (unos 40.000 espectadores). “Había un grupo de empresarios empecinados, sin éxito, en que nuestro fútbol pasara a ser una alternativa más en el deporte norteamericano. Maradona era conocido, pero ellos ya tenían a sus ídolos en el baloncesto o el béisbol”, remarca Minguella.
Fueron unos días incómodos para Maradona, ya con la cabeza fuera de Barcelona y esperando la llamada de su representante Jorge Czysterpiller para que se cerrara su fichaje por el Nápoles. Las crónicas de la época señalan que se le notaba nervioso, incluso malhumorado, por estar donde ya no quería. Eran los últimos coletazos de un romance frío sin solución.
Encerrado en el hotel -visitó la Gran Manzana sin el resto del equipo-, en esos días depresivos lo más divertido para el Pelusa fue disfrutar de la presencia de un genio como el Mágico González. “En seguida se hicieron amigos. Tras el primer entrenamiento Diego vino y me dijo: ‘ese tiene más técnica que yo’”, rememora con una sonrisa Minguella. Dos talentos únicos juntos y de blaugrana que nunca más volvieron a coincidir. Sobredosis de calidad. Al presidente Núñez no le convencieron las extravagancias del salvadoreño que le contaron al regresar. “Fue llegar a Nueva York e irse a cenar con un grupo de amigos compatriotas que le esperaban allí”. Dormía mucho, decía en aquel entonces Nicolau Casaus, vicepresidente de la entidad, a los periodistas presentes.
Lejos de lo que podía parecer, Maradona y el Mágico no se montaron fiestas juntos en la ciudad que nunca duerme. Al menos, que se sepa. “Maradona pasó mucho tiempo solo en la habitación. En realidad no era tan juerguista cuando lo conocí. En Buenos Aires casi no lo podías sacar de su casa. Aquí, con el entorno y los amigos fue cuando se ganó la fama. Él no quería irse de Barcelona. Su clan lo empujó a tomar la decisión porque se habían quedado sin blanca, incluido él. Necesitaban una nueva operación”, repite Minguella.
La Trans-Antlantic Challenge Cup terminó con el Barça en tercer lugar. En el Giants Stadium, lugar que vio jugar a Pelé por última vez en 1978, cayeron los blaugrana 5-3 ante el Cosmos en el primer partido con dos asistencias y un penalti fallado de Maradona -”un robo”, llegó a decir el argentino-. En el partido de consolación frente al Fluminense brasileño, repartió de nuevo dos pases de gol y anotó uno en la tanda de penaltis que deshacía el 2-2. Le anularon un gol… por marcar con la mano. Faltaban dos años para la Copa del Mundo de México.
“Si la oferta del Nápoles está ahí y el Barcelona me quiere vender, creo que el Barça se puede desprender de Maradona con facilidad porque yo no he dado el resultados que ellos esperaban y en ese caso me tendré que ir. Es una buena oportunidad que se puede aprovechar”, dijo el jugador cuando pisó el aeropuerto de El Prat. Un desenlace que hasta última hora del 30 de junio, cuando se cerraba el mercado de futbolistas no europeos, no cuajó. Minguella rememora que Núñez no lo quería soltar. “Dijo públicamente el día anterior que no se iba. Pero el clan pedía más dinero y sucumbió a la presión”. Se cerraba así un capítulo en Barcelona y empezaba a forjarse la leyenda en Nápoles.
“Pese a no cuidarse, jugó muchos años”, subraya Minguella sobre el líder de la campeona en México ’86 y finalista en Italia ’90. No fueron ni de lejos los 39 de Messi y ni mucho menos terminó su carrera en el estado de forma del rosarino, por más que su trascendencia dentro y fuera del campo sea incuestionable.
Después de convertirse en el máximo goleador histórico de los Mundiales en un templo como el Azteca -lugar sagrado argentino por el gol maradoniano y la mano de Dios- y de azotar a los ingleses, ahora le toca seguir haciendo historia enfrente de su heredero en el Barça. “Me cuesta decantarme por uno o por el otro. Al final son dos cracks a los que les suceden cosas extraordinarias, como la historia de la foto. Casualidades como esas solo se pueden dar si generas a este tipo de jugadores”, concluye.
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