“No vaya a Teherán, dé media vuelta”, viaje a un país devastado y desconcertado

El tránsito se había reactivado después de horas de estar cerrado. Un ataque contra una de las instalaciones policiales de Teherán, ocurrido el domingo primero de marzo, había dejado los sistemas caídos. Muchos de los que intentaban salir del país regresaron a poblaciones cercanas para pasar la noche y, a la mañana siguiente, volvían a intentar cruzar hacia Turquía. La congestión en las filas de pasaportes era monumental: algunos trataban de convencer a las autoridades de que les dieran prioridad argumentando que perderían su conexión en Estambul; otros gritaban. Algunos niños lloraban.

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 El trayecto desde la frontera iraní hasta Tabriz ofrece estampas de una sociedad sacudida por la guerra  

El tránsito se había reactivado después de horas de estar cerrado. Un ataque contra una de las instalaciones policiales de Teherán, ocurrido el domingo primero de marzo, había dejado los sistemas caídos. Muchos de los que intentaban salir del país regresaron a poblaciones cercanas para pasar la noche y, a la mañana siguiente, volvían a intentar cruzar hacia Turquía. La congestión en las filas de pasaportes era monumental: algunos trataban de convencer a las autoridades de que les dieran prioridad argumentando que perderían su conexión en Estambul; otros gritaban. Algunos niños lloraban.

Las autoridades —unos policías, otros agentes de inteligencia— insistían en que todos debían esperar en un salón donde la temperatura descendía por debajo de cero. Afuera, el paisaje estaba completamente blanco, el mismo que describe Orhan Pamuk en su novela Nieve, ambientada en esta zona del sur de Turquía. Ese blanco también se extendía a lo largo del trayecto hacia Teherán, donde por momentos la nieve caía con tal intensidad que obligaba a detener los coches, como si el país también estuviera siendo atacado por una tormenta de frío.

“La carretera estaba bien, no había peligro; llegamos hasta aquí sin problema”, advertía una mujer que había recorrido las doce horas de viaje desde Teherán. “No vaya, dé media vuelta. Yo no apoyo al sistema, pero lo que están haciendo Estados Unidos e Israel es un crimen”, decía otro hombre que tenía pequeñas heridas en la cara. No quiso contar qué le había ocurrido; solo explicó que había tenido que abandonar el país en las últimas horas. Insistía en que lo mejor era no entrar.

Del otro lado, entre quienes abandonaban Turquía, la situación era menos caótica, pero más tensa. La policía militar inspeccionaba las maletas en un salón antes de que los pasajeros accedieran a la fila de pasaportes. “¿Qué es esto?”, preguntó un agente a un hombre, mostrándole un Toblerone. “Un chocolate”, respondió él ante la mirada incrédula del joven militar.

Un hombre con pequeñas heridas en la cara: “No vaya a Teherán, dé media vuelta”

“Los extranjeros no pueden entrar al país; está prohibido, incluso si tienen visado”, advirtió a esta periodista al ver el pasaporte. Se le insistió que era residente, que su casa estaba en Teherán y que su nombre estaba en una lista enviada por la policía y el Departamento de Prensa Extranjera desde la capital. El agente aseguraba que solo el general podía autorizar la entrada. Finalmente todo se resolvió, pero cada oficial involucrado repetía que los extranjeros no podían cruzar. Al pasar las maletas por el escáner final, apareció otro control: cada objeto volvía a ser examinado, incluida una botella de agua con gas extranjera comprada en el paso fronterizo. “¿Está segura de que no es una bebida alcohólica?”, preguntaba el agente, preocupado de no violar las normas morales del país.

Apenas cruzado el retén que marcaba los límites de la frontera, una tela negra colgaba de la pared del pequeño cuartel del ejército iraní (Artesh). Una decena de hombres, con uniformes de campaña, controlaban a quienes entraban y salían de la zona. Junto a la tela, un retrato del ayatolá Ali Jamenei recordaba que el país ya no era el mismo: estaba en guerra y el líder supremo había sido asesinado; había pasado a engrosar la larga lista de mártires de la República Islámica.

Una mujer sale de un taxi con un anuncio en memoria del líder supremo Ali Jamenei de fondo, en Teherán el lunes
Una mujer sale de un taxi con un anuncio en memoria del líder supremo Ali Jamenei de fondo, en Teherán el lunesAFP

Más adelante, en otra edificación, la bandera de la República Islámica había sido reemplazada por una negra de luto que ondeaba sobre un paisaje montañoso, a veces cubierto de nieve y adornado con decenas de arbustos sin follaje. Lo mismo ocurría en muchas poblaciones del camino hacia Teherán. Aun así, algo llamaba la atención: el número de banderas y de afiches con el rostro del rahbar —como se conoce al líder supremo— distaba mucho de lo visto en otros momentos de duelo nacional; no correspondía con la magnitud del impacto que se suponía tendría la muerte de la figura máxima del régimen.

Al menos así sucedía en las poblaciones fuera de Teherán, donde el ambiente no se comparaba con lo vivido tras el asesinato del general Qasem Soleimani por un dron estadounidense en el 2020, ni con la aniquilación de la cúpula militar iraní durante la guerra de los doce días lanzada por Israel en junio del 2025. Nueve meses atrás, en esta misma carretera, decenas de carteles con fotos de los militares caídos aparecían por todas partes.

“El país está en shock y en guerra; apenas está reaccionando”, aseguraba Hossein, empleado de un restaurante en las afueras de Marand, en el noroeste del país. “Creo que nadie sabe qué hacer”, añadía mientras él y un compañero miraban la televisión estatal, donde emitían un documental sobre la elección de Jamenei como líder supremo en 1989.

Su compañero, más joven, añadía que mucha gente había perdido cualquier simpatía por quien dirigió el país durante 37 años, especialmente tras las protestas de enero pasado. “Mataron a mucha gente, señora”, explicaba refiriéndose a la represión. La cifra oficial es de 3.117 muertos, pero la organización Hnara, que investiga crímenes de guerra en Irán, ha documentado un número mayor (datos pendientes de confirmación). Su percepción contrastaba con otras imágenes que aparecían luego en la pantalla: cientos de personas llorando la muerte del líder en distintos lugares del país.

Columnas de humo se elevaban sobre Tabriz

A medida que avanzábamos, el número de carteles aumentaba, al igual que los comercios cerrados: el país ha declarado siete días festivos y cuarenta de luto.

Al aproximarnos a las primeras edificaciones de Tabriz —la ciudad más importante del noroeste de Irán—, el cielo comenzó a llenarse de columnas de humo.

Una de ellas se elevaba muy cerca de la carretera, hacia la derecha. “Es una fábrica de coches”, puntualizó quien había conducido desde Teherán para llevarme de vuelta a la capital. El humo salía de uno de los sectores de una larga edificación rectangular que estaba destruida: solo quedaba la estructura metálica. El ataque principal, el que la había dejado desmantelada, parecía de días atrás; el que acababa de ocurrir parecía algo puntual. Varias ambulancias y coches de policía llegaban al lugar.

Las columnas de humo se repetían por todo el horizonte, como si los ataques hubieran rodeado Tabriz, que ha sido golpeada desde el primer día. Desde la planicie del lado derecho de la vía, donde se levantaba una petroquímica, hasta las montañas rocosas que delimitan la ciudad al este —montañas como esas donde a menudo se construyen las ciudades subterráneas donde se almacenan lanzaderas de misiles y drones.

Mientras atravesábamos la ciudad, cada vez más coches se incorporaban a la autopista, como si huyeran de lo que acababa de suceder. Cuando el humo quedó atrás, comenzó a nevar y el paisaje se convirtió en un tapiz blanco, tan blanco que brillaba. Por eso destacaba enseguida otra columna de humo que salía de una pequeña planta situada al borde de la carretera, en medio de la nada. Estaba destruida, pero por la intensidad del humo era posible imaginar que el ataque había ocurrido horas o días antes. Y así, estas imágenes aparecían cada cierto tiempo, recordando que el país estaba siendo atacado y que el líder supremo, cuya imagen aún aparecía en algunas vallas, ya no existía.

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