El escritor y periodista ruso revisa la caída de la URSS en ‘The Dark Side of the Earth’ y sostiene que el derrumbe fue moral además de institucional Leer El escritor y periodista ruso revisa la caída de la URSS en ‘The Dark Side of the Earth’ y sostiene que el derrumbe fue moral además de institucional Leer
Mijail Zygar (Moscú, 1981) es periodista y escritor ruso, considerado uno de los principales cronistas del poder en la Rusia contemporánea. Fundó y dirigió Dozhd (TV Rain), uno de los principales medios independientes del país, con una mirada generacional. Tras la invasión a gran escala de Ucrania se instaló fuera de Rusia y trabaja desde el exilio. En su nuevo libro, The Dark Side of the Earth, revisa la caída de la URSS no tanto como un «triunfo» geopolítico sino como una crisis en la que muchas cosas dejan de tener sentido. Los efectos de ese extravío los vemos estos días. Zygar contrapone la promesa soviética -una vida con significado por deber- y la occidental -la búsqueda de la felicidad- para sostener que el derrumbe no fue solo institucional, fue una implosión moral y psicológica. Cuando el relato oficial pierde autoridad, aparece el cinismo como modo de supervivencia y, a la vez, como herramienta política. Si nada importa, todo se negocia, también la verdad.
Zygar dibuja una Rusia que vuelve a hablar el idioma del imperio, pero ya sin fe en su propio catecismo: «Igual que pasó con la URSS, hace tiempo que el poder no cree en lo que predica». Y esa fractura íntima del discurso sostiene una «sensación de bomba de relojería: nada va a cambiar hasta que todo se derrumbe… pero nadie es feliz», explica a EL MUNDO. A Zygar las autoridades rusas lo han marcado con la etiqueta de agente extranjero y han aumentado la presión con causas penales vinculadas a la ley de falsedades sobre el Ejército, incluida su inclusión en la lista de buscados, una orden de arresto en ausencia y una condena igualmente en ausencia a 8,5 años de prisión por publicaciones sobre Bucha, una de las primeras matanzas de Putin en 2022.
Según su diagnóstico, Putin gobierna sobre un país paralizado por una inercia histórica: «Con Putin existe la misma sensación de estancamiento con Brezhnev, nada puede cambiar y siguen los de siempre». Pero la guerra revela el vacío del mito movilizador: «No hay colas para sacrificar sus vidas por el bien del imperio ruso, las únicas personas que luchan en la guerra lo hacen por dinero«, y la promesa que sostuvo a la URSS se invierte como presagio: «La esperanza de otra vida mató a la Unión Soviética».
- Si hay que elegir un motor del colapso de la economía soviética, el nacionalismo, la crisis moral y los problemas internos, ¿cuál elegiría?
- Escribí el libro sobre la gente, cómo los sueños de la gente fueron cambiando. Y es en parte una crisis moral. Es más que eso. Una generación de personas que no veían futuro y sabían que su futuro era un callejón sin salida. Luego ven una luz al final del túnel, y entonces, encuentran esa posibilidad de tener potencialmente otra vida. Así que sí, creo que la esperanza de otra vida mata a la Unión Soviética.
- En el libro el lector es testigo del colapso de la URSS, y hay puntos en común con lo que sucede en Estados Unidos ahora: la gente deja de creer en la democracia de la misma manera que en la URSS la gente deja de creer en el comunismo. ¿Cuáles serán las principales señales de este colapso?
- No creo que estemos viendo el colapso de Estados Unidos. Ésta es la interpretación que está de moda en Moscú ahora mismo: que Estados Unidos va a colapsar. No creo que vaya a ocurrir porque no creo que esa desilusión con la democracia liberal en Estados Unidos sea tan fuerte. Está claro que en la Unión Soviética la gente solo fingía creer en el comunismo, no había nadie que realmente creyera en eso. Y ese no es el caso de Estados Unidos: el hecho de que el mecanismo electoral siga funcionando -y lo que vimos en noviembre, con el Partido Demócrata ganando incluso en los estados conservadores- significa que muchos estadounidenses siguen creyendo en esos valores fundamentales. Así que no es obviamente un escenario que imite el colapso de la Unión Soviética. Pero es un proceso muy interesante. En cierto modo, EEUU se ha convertido en otro país. Y, a veces, se parece a la Unión Soviética. Vemos algunos paralelismos: la vieja generación de políticos, igual que en la Unión Soviética en los 80 y 70, aferrándose al poder sin ningún deseo de abandonarlo. Pero el resultado será muy diferente.
- Antes de este colapso en la URSS hubo muchos años de cinismo. La gente ya dejó de creer antes en la URSS, mucho antes del colapso, incluso antes de Gorbachov. ¿Hemos subestimado la huella del cinismo en el sistema ruso?
- Creo que es muy importante recordar que Rusia es un país muy cínico. La generación de Putin es muy cínica y las generaciones más jóvenes también lo son porque esas personas que presenciaron el colapso de la Unión Soviética vieron cambiar todos los valores posibles de la sociedad. Crecieron para ser muy cínicos, y está claro que esa no es su vida soñada. En los años 70 y en los 80, en la Unión Soviética, todo el mundo repetía los mismos mantras sobre Lenin, Marx y el comunismo sin siquiera pensar en qué significaba. Solo eran palabras vacías. Y lo que dicen ahora sobre Dios, sobre el camino único de Rusia… son palabras más o menos vacías. ¿Se creen esta propaganda? Pueden repetirlo una y otra vez y fingir que creen en la propaganda. Creen que hay una guerra sagrada contra el inmoral Occidente o apuestan por la desnazificación de Ucrania. Pero no hay largas filas de voluntarios que quieran sacrificar sus vidas por el bien del imperio ruso, las únicas personas que luchan en la guerra lo hacen por dinero.
«Putin abandonó su retórica democrática y abrazó la imperial cuando sintió que la clase media le había dado la espalda»
- En Europa abunda la impresión opuesta, que Rusia es un país de convencidos cuyo rumbo no se puede torcer desde fuera: primero creían en el comunismo, ahora creen en el imperio.
- En 1972, el gran académico estadounidense Edward Said escribió su libro llamado Orientalismo sobre este enfoque orientalista de Oriente Medio. Y tras muchos años ha quedado más o menos claro que es una forma equivocada de hablar de diferentes naciones y diferentes etnias con ese enfoque exótico. Ya no hablamos de la exótica India, el exótico Japón, el exótico Oriente. Pero aun así, de alguna manera Rusia ha quedado fuera de este proceso: sigue estando bien, para muchos especialistas, hablar de la misteriosa alma rusa y explicarlo todo a través de esto. Son como si eso estuviera en nuestro ADN. Me da mucha vergüenza cada vez que oigo eso, me sobrecoge escuchar a gente hablar en serio de rusos genéticamente diferentes a otras personas, que necesitamos tener un imperio, que necesitamos un zar. Los rusos del siglo XIX eran diferentes de los rusos de los años 70. Y la nueva generación de rusos, aquellos que no crecieron en el barrio problemático, sino online, aquellos que fueron criados con TikTok, están mucho más cerca de sus coetáneos en Europa o América que de la generación de sus padres.
- En el libro hay una cita de la madre de Gorbachov diciendo: «En las bodas, la gente te maldice. En los cumpleaños, la gente te maldice». ¿Cuál era la relación de Putin y Gorbachov con la opinión pública? Quiero decir, ambos siempre estuvieron interesados en ser aceptados por el pueblo, pero no de forma plenamente democrática.
- Es difícil comparar a Gorbachov con Putin porque probablemente tenían una mentalidad muy diferente. Y aunque Gorbachov no era un político verdaderamente democrático, aún así tenía algunos principios y realmente tenía que seguir siendo una persona decente, al menos a ojos de su esposa. . Se esforzaba mucho por ser mejor persona y le molestaba mucho que mucha gente en la Unión Soviética no valorara eso. No lo veían como ese superhéroe democrático. Eso probablemente es algo que tienen en común Gorbachov y Putin, porque Gorbachov fue profundamente insultado por la intelectualidad soviética. Dimitri Medvedev tenía el mismo enfoque, también quería ser el superhéroe democrático. Quería ser popular entre los intelectuales rusos. Quería ser popular en Moscú tanto ante la élite como ante la clase media, y nunca lo consiguió. Gorbachov igual, nunca llegó a lograr eso. Putin también se vio insultado por multitudes ingratas durante las protestas de Bolotnaya [contra el regreso de Putin al Kremlin en 2012]. Pero él nunca quiso ser ese tipo de superhéroe. Él tuvo su propia transformación: al principio, intentaba ser Tony Blair: intentaba ser el abogado occidental refinado, cínico y exitoso. No quería parecer un agente del KGB, quería parecer un buen político británico. Fue pintado como un zar por primera vez por periodistas occidentales cuando, en 2007, fue nombrado Persona del Año por la revista Time. Recordemos esa foto tomada desde abajo, esa arrogancia, sentado como un rey. Nunca había jugado con ese glamour imperial antes de eso, así que de alguna manera fue creado por los medios occidentales, porque ese era el estereotipo del líder ruso. El líder autocrático ruso tenía que comportarse como un zar, y esa fue la transformación de Putin. Él empezó a jugar con eso y a volverse cada vez más imperial. Estaba encantado de cambiar su traje de superhéroe por este traje de super emperador. Y eso fue una evolución completamente diferente a la de Gorbachov. También se sintió insultado por algún tipo de pulso y por el hecho de que la parte más educada y exitosa de la población no le fuese leal. Y era mucho más popular entre los paletos rusos, lo que le llevó a completar el cambio de su retórica. Cuando se dio cuenta de que la clase media está perdida para siempre, que no le quieren pese a que se supone que debían amarle a corto plazo. Fue entonces cuando reinició su retórica y empezó a hablar de valores tradicionales. Intentaba hablar con el lenguaje que hipotéticamente era popular entre su público.
- En su libro describe esa estabilidad o estancamiento de Brézhnev, y en parte Putin es ‘hijo’ de Brezhnev. Fue en ese mandato en el que se convirtió en adulto. ¿Hay un paralelismo entre aquel estancamiento y la estabilidad de Putin durante muchos años, y cómo cambiaron ambos ese aburrimiento por la guerra, Afganistán en un caso y Ucrania en el otro, al llegar a viejos?
- La sensación que el pueblo soviético tenía durante la era de Brézhnev era la de una pérdida de esperanza. El segundo capítulo de mi libro, sobre los años 70, se llama Atemporalidad y vodka. Lo único que hacía la gente era beber. No había futuro. No había perspectiva de ningún cambio. Todo el mundo sabía que había un techo de hormigón, que no había posibilidad de cambiar nada en tu vida en ese país. Y ése fue el sentimiento más importante de esa década. Creo que eso es algo que está ocurriendo en Rusia ahora mismo. La misma sensación de estancamiento, de callejón sin salida, la sienten muchas personas porque sigue la misma generación de políticos en el poder y no van a desaparecer. Nada va a cambiar. Pero es cierto que los rusos nunca fueron tan ricos como en las últimas dos décadas, con los precios del petróleo y el mercado de consumo. Así que tienen cosas que no quieren perder, cosas que nunca tuvieron, ni en los 90 ni durante el periodo soviético. La gente tiene hipotecas, salarios, algunos tienen la posibilidad de viajar al extranjero. Algunos pueden ir a restaurantes. Y la gente no quiere perder eso. Eso no es estabilidad, es cierto nivel de comodidad. Y por eso, hace que todo duela menos. Al mismo tiempo crea la misma sensación de bomba de relojería. Nada va a cambiar hasta el último momento, cuando todo se derrumbe. Pero nadie es feliz.
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