El mapa de Italia está marcado por puntos rojos casi por todas partes. De norte a sur se multiplican las manifestaciones, las protestas e incluso los disturbios que empiezan a preocupar seriamente a Giorgia Meloni, que ayer convocó de urgencia una reunión con los principales ministros de su Gobierno. Son protestas muy diferentes, con protagonistas y reivindicaciones a menudo alejados entre sí, pero que contribuyen a crear un clima cada vez más tenso.
Los disturbios de jóvenes sin filiación política desconciertan a las autoridades mientras crecen las protestas en todo el país
El mapa de Italia está marcado por puntos rojos casi por todas partes. De norte a sur se multiplican las manifestaciones, las protestas e incluso los disturbios que empiezan a preocupar seriamente a Giorgia Meloni, que ayer convocó de urgencia una reunión con los principales ministros de su Gobierno. Son protestas muy diferentes, con protagonistas y reivindicaciones a menudo alejados entre sí, pero que contribuyen a crear un clima cada vez más tenso.
El Gobierno responde con una serie de medidas, entre ellas el envío de 500 militares más a las zonas más conflictivas, como el centro de Milán, y nuevas normas para facilitar la detención de menores implicados en disturbios, como la retención preventiva y la detención diferida. Estas medidas ya estaban previstas en un proyecto de ley, pero Meloni quiere acelerar su aplicación mediante un decreto que el Ejecutivo podría aprobar mañana y que entraría en vigor de inmediato.
Las medidas
El Gobierno prepara un decreto para facilitar la detención de menores
La situación resulta especialmente incómoda para Meloni, que ha hecho de la seguridad y el orden público dos de las principales banderas de su Gobierno. A menos de un año de las elecciones generales, la primera ministra se encuentra ante un malestar que no responde a una única causa y que difícilmente puede afrontarse solo con un endurecimiento de las medidas policiales. Mientras el Ejecutivo apuesta por una respuesta más dura frente a los disturbios, en distintas partes del país crecen protestas relacionadas con el coste de la vida, la vivienda y los salarios.
La investigación
Los servicios secretos investigan posibles infiltraciones extranjeras en los disturbios
Las televisiones emiten sin descanso las imágenes de los destrozos en el centro de Milán del pasado sábado y domingo, cuando alrededor de un millar de jóvenes encapuchados destrozaron escaparates, saquearon comercios y se enfrentaron a la policía. En la segunda ciudad italiana se respira un ambiente que recuerda a Francia. Los comercios han decidido adelantar la hora de cierre, tanto las tiendas de lujo del llamado cuadrilátero de la moda, hasta ahora a salvo de los actos vandálicos, como los establecimientos de las marcas más populares, que sí sufrieron los ataques durante el fin de semana.
Lo que más preocupa a las instituciones es la ausencia de una motivación política reconocible. El propio presidente de la República, Sergio Mattarella, se ha referido a ellos como “sujetos atípicos. La derecha, por su parte, pone el acento en el origen de muchos de estos jóvenes, italianos de segunda generación, hijos de familias inmigrantes a los que se suele identificar con el término “maranza”.
Los jóvenes se autoconvocan a través de TikTok o Instagram, sin una coordinación precisa, y resulta complicado seguir sus movimientos y todavía más intentar abrir algún tipo de diálogo con ellos. El dato que más llama la atención es la edad de los detenidos: alrededor del 80% son menores y entre ellos hay incluso chavales de apenas 12 años. Las autoridades estudian con atención estas nuevas formas de movilización. En la prefectura de Milán observan que pequeños grupos se infiltran en manifestaciones convocadas oficialmente, como la del pasado sábado contra el aumento de los precios, para después dispersarse y protagonizar acciones de guerrilla urbana. En Roma, un intento parecido no prosperó gracias al servicio de orden de la CGIL, el mayor sindicato italiano, que cuenta con una larga tradición de control de sus manifestaciones.
En el sur
Los camioneros bloquean carreteras protesta por el precio de los carburantes
La dificultad para identificar a los responsables y comprender sus formas de organización ha movilizado también a los servicios de inteligencia, que examinan posibles conexiones con grupos subversivos extranjeros, entre ellos redes anarquistas francesas.
Circulan además sospechas, todavía sin pruebas concluyentes, sobre una posible injerencia rusa. En Roma se ha prestado atención, por ejemplo, a una publicación en las redes sociales del ideólogo ultranacionalista ruso Aleksandr Dugin, que en el pasado tuvo una notable influencia en sectores de la derecha italiana y ha sido considerado próximo al entorno ideológico de Vladímir Putin. Dugin ha celebrado el caos en Francia e Italia, mientras que desde Moscú se observa con interés la creciente inestabilidad europea.
Los adolescentes que saquean tiendas en Milán tienen poco que ver con los camioneros que bloquean las carreteras del sur o con los trabajadores que protestan por sus empleos. Lo que une estas movilizaciones es su simultaneidad y la creciente dificultad del Gobierno para dar una respuesta a un malestar tan fragmentado. Los ejemplos empiezan a ser numerosos.
En Génova, los trabajadores de Ilva, el gigante siderúrgico italiano, han ocupado el aeropuerto de la ciudad. En Bolonia, los estudiantes que protestan por el elevado precio de los alquileres prometen una movilización permanente. A este clima se suma una nueva oleada de ocupaciones de institutos, con alumnos de secundaria que denuncian los recortes en educación. La lista podría continuar con Turín y decenas de ciudades de provincias, especialmente en el norte, donde surgen protestas de forma más o menos espontánea.
Meloni observa con preocupación esta creciente agitación social, consciente de que no bastará con sacar al Ejército a las calles para ponerle fin.
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