Los Knicks ganan de nuevo en Texas a los Spurs y Wembanyama lamenta el error que los derrotó

Jalen Brunson es como dios en Nueva York. Está en todas partes. Allá donde vayas. Es blanco, negro marrón, niño o niña, hombre o mujer. No importa el sexo, el género, la raza o la religión: ahí está Brunson. Su camiseta con el 11 de los Knicks es la prenda de moda en estos días de playoff en la ciudad sedienta de éxitos y la NBA es la gran excusa para ganar en autoestima.

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 En un partido épico y memorable, los texanos remontaron 14 puntos en los últimos minutos, pero con empate a 104, y a falta de 12 segundos, el crack francés regaló la pelota a los neoyorquinos y Bruson convirtió el tiro libre definitivo para ponerse a dos victorias del título  

Jalen Brunson es como dios en Nueva York. Está en todas partes. Allá donde vayas. Es blanco, negro marrón, niño o niña, hombre o mujer. No importa el sexo, el género, la raza o la religión: ahí está Brunson. Su camiseta con el 11 de los Knicks es la prenda de moda en estos días de playoff en la ciudad sedienta de éxitos y la NBA es la gran excusa para ganar en autoestima.

El aura de Brunson protege a los Knicks. Obra milagros. En un partido de infarto, emocionante, épico si se quiere, un verdadero thriller, en el que los Spurs remontaron 14 puntos (83-97) con escasos cuatro minutos gracias a las genialidades su gran líder, Victor Wembanyama, el destino quiso que fuera el propio Wemby el que se equivocara. Los Spurs tuvieron la posesión con empate a 104 a falta doce segundos.

Pero Wembanya se equivocó y regaló la pelota a Brunson. Le hicieron personal. Solo acertó un tiro libre, pero suficiente para poner el 104-105 definitivo. El crack francés aún tuvo tiempo de tirar a toda prisa para ganar. Sin éxito. Nadie es perfecto, que dijo Billy Wilder

Los aficionados neoyorquinos ya sueñan y palpan la gloria. Tras poner el 2-0 en la eliminatoria, con 13 partidos ganados consecutivamente (ocho a domiclio) a los Knicks solo les separa otro par de victorias, que se jugarán en su casa, para acabar con el maleficio de 1999, cuando salieron derrotados de su última final, precisamente contra los Spurs, y recuperar el tiempo perdido desde 1973, año en que ganaron su segunda corona. La tercera está en camino y los que creían que los texanos eran favoritos, ya no lo creen,

Los playoff viajan a Nuevar York. El Madison Square Garden, acostumbrado a los conciertos de las grandes estrellas de la música, recuperará el lunes su principal objetivo: ser un pabellón de baloncesto y testigo de un partido del equipo local en la gran final. El presidente Donald Trump, neoyorquino, y el alcalde Zohran Mamdani estarán en la tribuna, con unas gradas repletas de celebridades y ricos que pueden pagar precios astronómicos para ser testigos de este hecho extraordinario, por inusual.

Tanto el miércoles, día del primer partido de la final que los neoyorquinos ganaron en San Antonio, como este viernes, segundo choque contra los Spurs, también en Texas, la meteorología de esta ciudad se conjugó con los colores del equipo del Madison Square Garden, por el azul de un cielo despejado y unos atardeceres naranja al ponerse el sol por el Hudson. El Empire se ilumina con esos colores.

El azul y el naranja mandaron en el 95-105 inaugural y también un predominio en el segundo, donde protagonizaron una nueva remontada. Perdían de 12 puntos al inicio del segundo cuarto, no se pusieron por delante hasta que faltaban tres minutos y medio, se pudieron por detrás otra vez pero llegaron al descanso liderando por cuatro (52-56).

Si el partido del miércoles fue espectacular, el de este viernes resultó memorable.

Arrancó al revés que el anterior. Esta vez Wembanyama ganó el salto y los Spurs se anotaron de inmediato un triple. Los locales lideraron en todo momento (distancia máxima de diez), pero los Knnicks son de acero, jamás tiran la toalla, y defienden como unos héroes. Jamás se puede cantar victoria ante el equipo que dirige Mick Brown.

El de Mitch Johnson, su contrincante, es un equipo joven y en ocasiones eso les pierde por su aceleración y eso se nota más cuando Wembanyama no tiene el día. En la primera derrota asumió que no había estado bien, pese a ser el máximo anotador de los texanos (26 puntos).

Pero arrancó el segundo aún peor. Acabo el primer cuarto con 5 puntos. Su equipo logró meter 12 puntos de ventaja al arranque del segundo. Pero los neoyorquinos son muy tercos. En un encuentro eléctrico, muy físico, de juego rápido, con aciertos espectaculares (pedazo de mate que hizo Wemby) y errores de bochorno (incluido Wemby, incluso antes regalo final), el dios Bruson, el auténtico, siempre dio con una brecha.

Eso es lo que les permitió ir al vestuario con ventaja. Wembanyama marchó con solo siete puntos cuando su némesis, el “pequeño” cracck de los Nicks, alcanzaba el doble dígito 10, aunque el máximo anotador hasta ese momento era el visitante Karl-Anthony Tows.

Ampliaron la brecha a once puntos en los primeros minutos del tercer periodo (59-70). Los Spurs lograron rebajar ese margen a cuatro, con Wemby más entonado. Pero el tercer cuarto acabó con nueve de ventaja para los neoyorquinos (75-84), a pesar del despertar del francés (19 puntos, por 13 de Brunson). Tows 21 y Mikal Bridges 20 solidificaron esa ventaja.

Los once puntos de diferencia volvieron de inmediato al inició del periodo definitivo. Y se llegó a ese punto crucial de los 14 puntos de ventaja para los visitantes y la remontada épica de los locales.

Wembanyama acabó como máximo anotador (29 puntos), pero ese error final al regalar la pelota, propio de la precipitación y la falta de experiencia (22 años), le perseguirá.

Nueva York vive feliz por obra y gracia de Brunson y sus apóstoles. Las estadísticas indican que ningún equipo que se ha puesto dos a cero acabó derrotado. Así que parece inimaginable pensar en la remontada de los Spurs. En ese caso, sería una tragedia épica. La frustración en la Gran Manzana, tan necesitada de alegría, sería mucho más que inversamente proporcional a la felicidad de esta noche.

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