La actriz publica sus memorias al cumplir 80 años: un relato descarnado sobre adicciones, fama y caída a los infiernos: «Tras el éxito de Cabaret me entregué al alcohol y las drogas. Me convertí en una réplica de mi madre. Ahora llevo 11 años sobria» Leer La actriz publica sus memorias al cumplir 80 años: un relato descarnado sobre adicciones, fama y caída a los infiernos: «Tras el éxito de Cabaret me entregué al alcohol y las drogas. Me convertí en una réplica de mi madre. Ahora llevo 11 años sobria» Leer
¿Qué se oculta realmente tras un éxito descomunal? En el caso de Liza Minnelli, una vida de cumbres vertiginosas y de abismos profundos. En Kids, Wait Till You Hear This!, unas memorias que han visto la luz coincidiendo con su 80 cumpleaños y que aún no están traducidas al español, la artista recorre sin filtros su biografía: la enfermedad, las adicciones y la herencia emocional de crecer como hija de dos mitos de Hollywood, Vincente Minnelli y Judy Garland. «La vida, para mamá, no siempre fue divertida», resume. Tampoco para ella.
El libro es un relato sin concesiones de las vicisitudes de una vida entregada al cine. Minnelli describe con una franqueza brutal sobre su lucha contra «los demonios» que le hicieron refugiarse en el alcohol: «Ahora llevo 11 años sobria».
- ¿Cómo recuerda su infancia?
- Mi familia vivió en varias casas en las colinas de Hollywood, así que mis compañeros de juego cuando era niña eran todos hijos de estrellas de cine: Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Lana Turner, Fred Astaire. Por la mañana, mis padres se subían al coche para ir a trabajar a la Metro-Goldwyn-Mayer. Recuerdo las tardes en el parque, cuando jugaba a disfrazarme con mis amigas Mia Farrow y Candice Bergen. Nuestro entorno tuvo sus buenas dosis de muertes trágicas, traiciones, matrimonios rotos y suicidios. Pero algunos de mis recuerdos parecen magníficos sueños en Technicolor. En casa se escuchaba música todo el tiempo.
- ¿Cómo fueron Vincente Minnelli y Judy Garland como padres?
- Papá fue mi gran consejero de interpretación cuando entré en este mundo. Mamá entendía mis puntos débiles. Yo era una niña, tenía cinco años, y ella, por absurdo que parezca, me confiaba sus miedos y su rabia, se desahogaba, me trataba como a una psicoanalista. Pero le encantaba reír. La vida con ella era un teatro del absurdo. Esperaba volver a brillar con Ha nacido una estrella, en 1954, pero la película fue un desastre en taquilla. Y ya nunca se recuperó. Estábamos arruinadas. Tras sus conciertos no sé cuántas veces salimos corriendo del hotel para no pagar la habitación. Mamá decía: «Al diablo, de todas formas tenía que renovar el vestuario». Me habría gustado salvarla del abuso de fármacos y alcohol. Murió a los 47 años, demasiado joven.
- El corte bob negro con esos mechones sobre las mejillas, las pestañas postizas, los labios rojos, los ojos grandes. Entonces llegó Sally Bowles.
- El éxito de Cabaret, que en 1973 me dio el Oscar, me arrolló. Bob Fosse utilizó cada centímetro de mi piel en las coreografías para contar la historia de esa cantante de un sórdido club nocturno de Berlín, en una atmósfera hipnótica y cargada de humo, durante el ascenso de Hitler. Tengo una pierna más larga que la otra, nací así. Bob lo convirtió en un elemento que podía aprovecharse.
- Y tras la gloria, conoció el infierno.
- Mi pesadilla comenzó justo al estrenarse la película. Las drogas, las pastillas y el alcohol me destruyeron. En la vida real me estaba transformando en Sally Bowles, decadente y provocadora, una auténtica réplica de mi madre. Después de esa película gané poder de negociación, pero solo para tener más acceso a gente poderosa y proponer alguna idea, nada más. Buscaba desesperadamente papeles fuertes, explícitos o vulnerables. Esperé y esperé algún guion. Pero el teléfono nunca sonó.
- ¿Y qué ocurrió?
- Acepté un guion pésimo, Los aventureros del Lucky Lady, con Burt Reynolds y Gene Hackman. Fue un fracaso. No podía dejar de ver las analogías con mis padres, masticados y escupidos por Hollywood. Mientras tanto, la gente pagaba grandes sumas para venir a mis espectáculos. Estuve tres semanas en el Carnegie Hall, la residencia más larga en la historia de ese teatro, pero esa era solo una parte de la historia. Aznavour decía que yo era una actriz que cantaba, pero que podía interpretar bien una canción. Mis altibajos me han atormentado toda la vida. En mis fases buenas, cada sábado organizaba una cena en Los Ángeles: venían Madonna, Tarantino, Shirley MacLaine. Todos cantaban y la mesa estaba llena de Kentucky Fried Chicken, mi debilidad secreta.
«Tras el éxito de Cabaret me entregué al alcohol y las drogas. Me convertí en una réplica de mi madre»
- ¿Cómo es vivir con una adicción?
- Siempre estás o en vías de recuperación o al borde de la muerte. Puedes liberarte del hábito pero nunca lo derrotas para siempre. He sido una gran superviviente, he vivido muchas recaídas a lo largo de mi carrera.
- Es usted una mujer vulnerable, generosa, valiente.
- Lo que me hice a mí misma en 2003 fue realmente brutal. Me emborraché en un bar de Nueva York. Salí tambaleándome. Me desplomé en la calle. Estaba inconsciente. La gente pasaba deprisa, me evitaba o me saltaba por encima. Pensaron que era una persona sin hogar o, quizá, mirándome mejor, reconocieron a Liza Minnelli. Nunca lo sabré. Mi equipo me encontró y me llevó a casa. Nunca me había avergonzado tanto de mí misma.
- ¿Cómo fue su audiencia con el Papa Juan Pablo II?
- Estaba entusiasmada hasta que pasé por una entrevista inquisitorial con sus asistentes: «¿Es cierto que tiene dos divorcios a sus espaldas?», me preguntaron. Yo temía que cancelaran el encuentro. «Es solo una comprobación», me dijeron. Al Papa le dije que me encantaría cantar para él y me lanzó una mirada enigmática, como diciendo: «¿Por qué iba a desear algo así?».
«En 2003 me desplomé en la calle, borracha. La gente me esquivaba como si fuera una sintecho. Nunca había pasado tanta vergüenza»
- La gala de los premios Oscar 2022 fue una mala noche.
- La Academia organizó un homenaje por los 50 años de Cabaret. En medio del caos habitual me ordenaron, inexplicablemente, usar una silla de ruedas. O eso o nada. Dijeron que era por la edad. Lady Gaga era mi copresentadora y dijo que si no obedecía, ella no subiría al escenario conmigo. Acepté. Antes, me preguntó el nombre de la película homenajeada, como queriendo comprobar mi memoria. Como si fuera idiota. Me trataron fatal en una de las noches más importantes de mi vida. Puedo perdonarlo, pero no lo olvidaré nunca. De camino a casa pensé: tengo que contar mi verdad, toda mi historia.
- Pasó por cuatro matrimonios. ¿Qué recuerdos le traen?
- Descubrí que uno era gay, pero seguimos siendo amigos. El último era un ladrón estafador. Luego anuncié mi boda con Peter Sellers. Me hacía reír, bebíamos champán y ensayábamos escenas de sus películas. Me gustaba gastar bromas y pensé que Peter se reiría conmigo cuando le quité el peluquín. En cambio… Su habilidad para interpretar tantos personajes imaginarios se convirtió en el problema que nos separó: me acosaba hablando como ellos, perdía el control, se desquiciaba a gritos poniendo voces distintas. Sufría esquizofrenia.
- ¿En qué momento de su vida se encuentra ahora?
- Este libro me ha servido de inspiración para mis proyectos como productora. Espero, además, resultar útil para quienes sufren adicciones. Mi consejo: pedid ayuda. No he envejecido. ¡Soy vieja, sí! Pero me sigo sintiendo la misma Liza.
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