La verdadera crisis no es a los 40

Como todos los hitos vitales, también la crisis de la mediana edad se ha retrasado. Ahora tocamos fondo a los 47,2 años Leer Como todos los hitos vitales, también la crisis de la mediana edad se ha retrasado. Ahora tocamos fondo a los 47,2 años Leer  

La piel estaba áspera, cuarteada, caía ligeramente sobre el ojo. «Otra señal de que me estoy haciendo vieja», pensé. «¿Pero cómo se ha descolgado esto tan rápido?». La respuesta la tuvo la farmacéutica: no era vejez, era un eczema en los párpados.

La evidente frivolidad esconde una preocupación real. Desde hace meses, registro con pánico cualquier indicio del paso del tiempo, ya sea un achaque auténtico o pura vanidad. «Hace un año, no pensaba en esas cosas. Yo creo que la crisis, en vez de a los 40, sucede a los 45», me decía hace poco una amiga anunciando que -como muchas, como yo misma- se había apuntado a pilates. «Dicen mis hijos que a eso solo van las viejas». Como nosotras.

No hay duda: la crisis de la mediana edad se ha retrasado. Imita lo que ha sucedido con todos nuestros hitos vitales: si aplazamos la formación de la familia, la casa propia o las aspiraciones laborales, cómo no se va a demorar ese momento en que te lo replanteas todo.

Ahora, cuando los 50 asoman al fondo del callejón, empiezo a observarla a mi alrededor. Dolores de espalda que no remiten, mamografías que asustan, anemias que acaban en quirófano… Todo nos recuerda nuestra mortalidad. Es uno de los signos que identificó el psicólogo Daniel Levinson cuando, en 1978, definió la «crisis de los 40» que sufrían muchos hombres (años después, se comprobaría que también la padecen las mujeres, empujada además por la perimenopausia).

Casi al tiempo, aparecen los otros síntomas: de reconsiderar metas vitales -qué vértigo compararnos con nuestros padres a nuestros años…- a una especie de segunda juventud, recuperando los affaires adolescentes o las salidas nocturnas sin fin. «No me lo había visto venir y no había vivido en consecuencia», lamenta la protagonista de A cuatro patas, la novela de Miranda July, antes de emprender su particular revolución sexual a los 45. Una nueva edad del pavo, «la adolescencia de la vejez», bromea otra amiga.

Y, entonces, llega el momento en que tocamos fondo. El punto de mayor infelicidad son los 47,2 años. Eso concluyó en 2020 un estudio en 132 países que trató de poner cifras a la famosa curva de la felicidad, la que dice que nuestra satisfacción desciende a mitad de la vida y después retoma el ascenso.

Esa es la ilusión a la que me aferro: la remontada. Esa arruga irritante puede convertirse en la oportunidad para resetear, para cambiar lo que no te gusta de tu vida. Como dice uno de los personajes de July, «es muy importante saber de qué manera bajamos por el precipicio. Eso determina la segunda mitad de la vida que nos toca».

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