La brújula y la empatía de Mourinho rearman al Real Madrid

El José Mourinho del 2010 habría entrado en el vestuario fallido y controvertido de Valdebebas, que ya había devorado a Ancelotti, Xabi Alonso y Arbeloa, como un elefante en una cristalería. No se habría andado con chiquitas con los problemas entre Tchouaméni y Valverde, y Vinícius o Mbappé deberían haberse puesto las pilas desde el primer día en tareas defensivas. Se habría acabado aquella cabezonería de jugar donde uno quiere, todo al servicio del equipo. Pero el del 2026 ha ido siguiendo un proceso de empatía y autoconocimiento con sus futbolistas, sellado por el respeto que le tienen a un hombre de 62 años que las ha vivido de todos los colores en el fútbol y que cuando se pone ante un micrófono no tiene rival.

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 La victoria en el Camp Nou premia al portugués, quien se ha ido ganando a los jugadores con decisiones que han ido cayendo por su propio peso  

El José Mourinho del 2010 habría entrado en el vestuario fallido y controvertido de Valdebebas, que ya había devorado a Ancelotti, Xabi Alonso y Arbeloa, como un elefante en una cristalería. No se habría andado con chiquitas con los problemas entre Tchouaméni y Valverde, y Vinícius o Mbappé deberían haberse puesto las pilas desde el primer día en tareas defensivas. Se habría acabado aquella cabezonería de jugar donde uno quiere, todo al servicio del equipo. Pero el del 2026 ha ido siguiendo un proceso de empatía y autoconocimiento con sus futbolistas, sellado por el respeto que le tienen a un hombre de 62 años que las ha vivido de todos los colores en el fútbol y que cuando se pone ante un micrófono no tiene rival.

Así, la metamorfosis del Madrid se empieza a explicar desde esa empatía de Mourinho. Cuando llegó, no tocó nada. Pero sabía que debía contar con cada uno de una plantilla de “22 o 23 jugadores”. Vinícius era el extremo titular aunque su estado de forma estaba lejos de lo óptimo. Tchouaméni y Valverde seguían en el mediocampo, aunque faltara creatividad, y los cambios nunca iban en la dirección de generar conflictos, hasta que fueron llegando una serie de acontecimientos que le llevaron a tomar decisiones. Y todo fue a mejor.

Tras perder ante el Betis (1-0) y el Atlético (2-1) y devolver a las portadas a los árbitros, coartada que siempre protege a los futbolistas, hace dos semanas llegó el primer cambio. La expulsión de Vinícius de cuatro partidos le daba una oportunidad a Diomande, quien en el Camp Nou demostró sus virtudes. “Mi lobo”, dijo de él Mbappé. “Mi hermano mayor”, le respondió el marfileño.

Tras la roja a Vinícius llegó el 3-4 de Roma donde Bernardo Silva y Arda Güler fueron clave. Y Valverde de lateral. Como también ante el Leipzig (4-1). “Si juego con ambos de mediocentros nos meten cinco”, dijo Mourinho. Pero ya sabía que, con Tchouaméni, y la voluntad del equipo de implicarse defensivamente, era factible y el juego podía potenciarse. Mourinho, quien reconoció que no es cabezón y que sus ayudantes le hacen cambiar de ideas, ha ido adaptándose durante su carrera a cada plantilla y ha alternado sistemas de juego y propuestas: en Roma ganó una Conference League con un 3-5-2 y en el Benfica, en su última etapa, le añadió dosis de juego combinativo.

Mourinho, parece, que ha encontrado un rumbo y el clásico es un manual de instrucciones para su equipo. Hasta los cambios, como Dumfries o Camavinga, fueron diferenciales, ni que decir tiene Lunin, portero que ya elogió en sala de prensa Mourinho con anterioridad.

El técnico tiene al equipo ganado a su causa. Pero le faltaba lo más importante, una brújula. Parece que la ha encontrado, y si los jugadores creen en ella el Madrid puede volver a ser el que fue. O, al menos, eso es lo que se desprende de Valdebebas.

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