Donald Trump se encontraba en el peor momento de su presidencia, con los peores índices de aprobación de sus dos mandatos, presionado por la publicación parcial de unos documentos judiciales que lo vinculan con el pederasta y proxeneta Jeffrey Epstein, y ordenó secuestrar al presidente de un país vecino.
El presidente, visiblemente preocupado por las encuestas, subraya ante los republicanos la necesidad de ganar las legislativas en noviembre
Donald Trump se encontraba en el peor momento de su presidencia, con los peores índices de aprobación de sus dos mandatos, presionado por la publicación parcial de unos documentos judiciales que lo vinculan con el pederasta y proxeneta Jeffrey Epstein, y ordenó secuestrar al presidente de un país vecino.
Es una estrategia repetida a lo largo de la historia, de la que en este siglo también han echado mano algunos de los aliados y referentes de Trump, incluidos Beniamin Netanyahu o Vladimir Putin: girar la atención al exterior para desviarla de los conflictos internos, para unir a la población alrededor de la bandera. Reclamar la grandeza del país, amenazado por el “terrorismo”, las fuerzas “invasoras” y la “extinción civilizatoria”.
“Hay que ganar las elecciones de mitad de mandato o los demócratas encontrarán una razón para destituirme”
En la efeméride del quinto aniversario del asalto al Capitolio, el 6 de enero del 2021, Trump se ha dirigido esta mañana a los legisladores republicanos desde el recién renombrado Trump Kennedy Center. En su largo discurso, de una hora y media, ha reconocido que el partido en el poder suele perder al menos una de las dos cámaras legislativas en las elecciones de mitad de mandato, como las que se celebrarán en noviembre.
“Desearía que pudierais explicarme qué diablos está pasando en la mente de la gente”, ha dicho, visiblemente preocupado por la posibilidad de perder las midterms, como muestran las recientes encuestas. “Hay que ganar las elecciones de mitad de mandato porque, si no ganamos, simplemente (los demócratas) encontrarán una razón para destituirme”, ha dicho, en referencia a un juicio político (impeachment) como los dos que ya sufrió en su primer mandato. Acto seguido, ha pasado a hablar de los “éxitos” de su mandato, con especial atención al secuestro de Nicolás Maduro: fue una “hazaña militar increíble”, un despliegue “extremadamente complejo” contra un líder “extremadamente violento”.
Desde que Trump bombardeó Venezuela y se llevó a su dictador, nadie habla del escándalo Epstein, aunque el Departamento de Justicia de Trump haya incumplido la ley al retener gran parte de los documentos que el Congreso obligó difundir. Los ciudadanos estadounidenses siguen sufriendo los efectos de un elevado coste de la vida, que el mandatario prometió aliviar, y la palabra “asequibilidad”, que los demócratas habían logrado introducir en la agenda mediática, ha dejado de aparecer en las portadas de los principales medios de EE.UU.
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Tampoco hay rastro de los oscuros negocios de la familia Trump con los países del Golfo Pérsico, donde sus hijos Eric y Donald Jr. han cerrado proyectos inmobiliarios valorados en cientos de miles de millones de dólares en Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, incluidos hoteles, resorts de lujo y campos de golf. O de los beneficios obtenidos en la bolsa por familiares y aliados del presidente cada vez que Trump ha anunciado nuevos aranceles o acuerdos para aliviarlos.
El secuestro de Maduro en Caracas ha dejado en un segundo plano el secuestro sistemático de venezolanos –y ciudadanos estadounidenses con origen latinoamericano– en Los Ángeles, Nueva York o Chicago a manos de agentes enmascarados. El uso del ejército, la principal partida a la que se va el dinero recaudado por las arcas públicas, en territorio estadounidense para intimidar a los inmigrantes ha sido opacado por la espectacularidad de la operación ejecutada con precisión por los soldados de élite de la Fuerza Delta.
Una y otra vez a lo largo de la historia, las políticas expansionistas de un país han ido acompañadas de una creciente represión interna. El autoritarismo de Trump, que le había pasado factura en las encuestas, ha sido puesto de relieve en la agresión a Venezuela, que se ejecutó sin autorización del Congreso y en incumplimiento flagrante del derecho internacional, según la Organización de las Naciones Unidas.
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Sin embargo, ya parece normalizado después de doce meses en los que ha forzado los límites de su poder firmando órdenes ejecutivas a un ritmo sin precedentes, ha despedido a cientos de miles de funcionarios, ha aplicado aranceles a todo el mundo saltándose la autoridad del Congreso, ha designado a sus abogados personales como fiscales para perseguir a sus enemigos políticos, ha indultado a los asaltantes del Capitolio y a multimillonarios condenados por fraude y estafa, ha retirado ayudas a las universidades que no se han plegado a su agenda conservadora, y ha presentado denuncias multimillonarias contra los principales medios del país.
El renovado expansionismo de Trump –incluidas las amenazas a Colombia, Cuba, México o Groenlandia, que nunca mencionó durante la campaña electoral– se explica por la doctrina Monroe, plasmada en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada el mes pasado, que aboga por liberar al hemisferio occidental de la influencia china. También, por la posibilidad de que las empresas estadounidenses se lucren de los recursos naturales de estos países vecinos, incluido su petróleo, su oro y sus tierras raras. Pero nunca conviene perder de vista la cuestión interna, especialmente en un año electoral.
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