Es primavera en Teherán. Las horas de sol y despejadas desaparecen de repente para dar paso a las nubes negras que traen la lluvia que tanto necesita este país. Hay momentos en los que truena tan duro que parece que los cazas enemigos están de regreso y el miedo brota antes de entender que es una broma del tiempo. Horas después el cielo vuelve a estar claro, el sol brilla y el verde de los árboles parece aún más limpio. El clima es tan confuso como los mensajes que mandan Donald Trump al “sistema” iraní -como se conoce aquí a los aparatos del poder- que hasta entrada la noche seguía sin confirmar su participación en las conversaciones de Islamabad.
La guerra y los altibajos de las negociaciones incrementan los desórdenes mentales entre la población iraní
Es primavera en Teherán. Las horas de sol y despejadas desaparecen de repente para dar paso a las nubes negras que traen la lluvia que tanto necesita este país. Hay momentos en los que truena tan duro que parece que los cazas enemigos están de regreso y el miedo brota antes de entender que es una broma del tiempo. Horas después el cielo vuelve a estar claro, el sol brilla y el verde de los árboles parece aún más limpio. El clima es tan confuso como los mensajes que mandan Donald Trump al “sistema” iraní -como se conoce aquí a los aparatos del poder- que hasta entrada la noche seguía sin confirmar su participación en las conversaciones de Islamabad.
“No atenderemos bajo amenaza”, aseguraba Mohammad Baqer Ghalibaf, portavoz del Parlamento, quien ha encabezado el equipo negociador de Irán. Y mientras que acerca el fin del alto el fuego, las autoridades iraníes hablan con mayor de insistencia de que están listas para una nueva etapa de la guerra. “Estamos preparados para revelar nuevas cartas en el campo de batalla”, sentenciaba Ghalibaf. Su discurso era reforzado desde el estamento militar.
El primer paso para que Irán decida mandar su delegación, aseguran, es que Washington acepte desbloquear el acceso a los puertos iraníes, pero ese solo sería el principio, las diferencias siguen siendo abismales al igual que la desconfianza de los iraníes hacia Washington. Tienen sus razones. Dos veces en el pasado los han atacado mientras negociaban. “Tienen que aceptar que estamos en posición de obtener la victoria”, aseguró ayer el representante del líder ante el Consejo Supremo de Seguridad Nacional.
La incertidumbre tiene un efecto directo en los ánimos de la población
Esta incertidumbre, mayor en las últimas horas, tiene un efecto directo en el ánimo de la población, que parece estar aún más confundida y nerviosa que durante la guerra. ¿Habrá acuerdo o volverán los ataques?, se escucha una y otra vez, a pesar de que todos saben que es una pregunta retórica a la que nadie, al menos nadie que no sea el impredecible Trump y el invisible Mujtaba Jamenei, parece tener respuesta.
“Estoy viendo un aumento de los trastornos de ansiedad y depresión”, explica Faezeh, que junto con otras psicólogas han creado un grupo de apoyo a las personas afectadas mentalmente por la guerra. “Hay una gran ambigüedad sobre lo que puede suceder en el futuro; temen la muerte de los suyos, la pérdida de relaciones y del trabajo”, explica esta mujer que pide no dar su apellido.
La ansiedad, confiesa la psicóloga, se agudiza con cada mensaje que Donald Trump escribe en sus redes sociales o cada vez que da una entrevista. En la misma frase puede decir que firmará un acuerdo “increíble” y que está listo para dejar al país sin electricidad o sin infraestructuras. “Yo siento que el estrés que existía hace un mes se ha intensificado, especialmente entre nuestros clientes en Isfahán y Teherán”, dice la mujer.
La angustia es mayor en Teherán e Isfahán, las dos ciudades más castigadas
Estas dos ciudades han sido las más atacadas y el impacto en la sociedad civil fue enorme. Mientras que en muchas otras poblaciones los bombardeos estuvieron alejados de los centros urbanos, no sucedió lo mismo en Teherán e Isfahán, donde muchos de los objetivos estaban ubicados en sectores residenciales. Esto trajo gran destrucción, daños, cientos de civiles muertos y heridos.
Todo ello se suma a los asesinatos selectivos a militares y autoridades que fueron alcanzados en viviendas residenciales. Esto ha aumentado el miedo de la población, que vive con la incertidumbre de no saber quién es el vecino. “Para mí el estrés más grande es saber que hay una estación de policía y una sede de la guardia revolucionaria cerca de mi casa”, explica Ehsan, escritor y documentalista. Durante los ataques que comenzaron el 28 de febrero no pudo conciliar el sueño durante muchas noches. Y ahora vuelve a sentirse nervioso ante la posibilidad de que se reactiven los bombardeos.
Pero lo que más preocupa a la mayoría de la población, al menos aquella que no está en las calles apoyando a la República Islámica y que clama que está lista para volver a la guerra, es el futuro. “No podemos planear nada, y en mi caso temo perder todo lo que tengo”, confiesa Reza, un comerciante. La mayoría parecen ser conscientes de que, pase lo que pase con el alto el fuego, los próximos meses no serán fáciles para nadie. Temen un empeoramiento de la economía, un aumento del desempleo, de la criminalidad y de la represión del sistema.
Una mujer que pide que la identifiquemos con el nombre de Sima cuenta que días atrás recibió una llamada de número desconocido. De inmediato supo que era alguien de los servicios de inteligencia. Le dijeron que no volviera a comentar nada en Instagram, que era una advertencia. Ella accede a esta red social gracias a un VPN cuyo precio es bastante elevado. El internet que da acceso al mundo está bloqueado desde el comienzo de la guerra.
“Yo no he puesto nada sensible”, advierte con los ojos aguados. Quisiera pensar, dice, que algo bueno llegará, pero cada vez tengo más dudas. Le temo a la guerra tanto como a la posibilidad de que se acabe”, confiesa.
No es la única según explica Maryam, otra psicóloga especializada en adolescentes. “Cada vez que se menciona la posibilidad de negociaciones, el miedo, la ansiedad y la desesperación aumentan”, dice esta mujer que reconoce que muchos de sus clientes sienten temor ante la supervivencia del sistema. Las psicólogas coinciden en que la ansiedad ha hecho que aumenten las agresiones familiares y que muchas parejas hayan dejado de hablarse. La relación con los hijos también se ha deteriorado.
Sonbol administra una pequeña tienda especializada en té en el centro de Teherán. Cuenta que sufrió mucho durante la guerra porque temía por su vida y la de los suyos. Además sentía mucha impotencia y rabia por estar desconectada del mundo, por no tener internet. Pero cree que su ansiedad ha aumentado en los últimos días. Dice que siente que va camino del abismo. Teme a la guerra, pero también le preocupa lo que pueda venir después.
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