Historias del buen valle: Dignidad, Humanidad y Solidaridad (*****)

José Luis Guerín sumerge al espectador en un cine de huellas y ecos, de misterios y fronteras desde la voz, los deseos y las heridas de los inmigrantes y trabajadores de un barrio periférico y aislado de Barcelona. Cine esencialmente bello Leer José Luis Guerín sumerge al espectador en un cine de huellas y ecos, de misterios y fronteras desde la voz, los deseos y las heridas de los inmigrantes y trabajadores de un barrio periférico y aislado de Barcelona. Cine esencialmente bello Leer  

En un momento de Historias del buen valle, uno de sus protagonistas, que a su modo también es un realizador más de la película, comenta que el género más apropiado para contar su barrio es un western, una película de vaqueros. Estamos en Vallbona, el distrito de Barcelona entre el río Besós y la autopista. No es el Oeste, puesto que está más bien al norte de la ciudad, pero lo tiene todo para, en el imaginario menos azaroso, serlo: la línea del tren compitiendo con el horizonte, el mito fundacional de los primeros pobladores que llegaron tras la posguerra, las infinitas tribus nómadas de una emigración global y hasta el gesto ligeramente turbio de los forajidos, de los forajidos de leyenda. Lo que sigue es sencillamente una cabalgada contra el horizonte. Es cine que sin renunciar ni a alegría ni al dolor, no se permite acercarse siquiera al cruel espectáculo de la desolación. Es cine digno, humano, solidario.

En realidad, se trata de la frontera, de la frontera como espacio mítico y casi sagrado, de ese espacio promesa de aventura donde las cosas aún no han recibido nombre y que tan bien encarna la idea de límite para bien y para mal. En general, el límite como el principio mismo de identidad (y ahora más que nunca con ese gusto agrio y renovado por los nacionalismos excluyentes) siempre han estado ahí para negar, para abolir al otro su derecho de ser. La idea siempre es discernir lo propio de lo ajeno, al nativo del extranjero, al igual del diferente, a lo cognoscible de lo meramente opinable. La razón coercitiva quiere tener siempre plena conciencia de sí, de su frontera, de las condiciones de validez que hacen que una sentencia sea reconocida como fiable. Y, sin embargo, otra lectura es posible, otro cine (y otro western claro) es necesario, y ése es el que propone de manera entusiasta, clara y cabal la nueva película de José Luis Guerín. En su ideario, el límite, la frontera o la identidad no son muros de demarcación sino puertas de entrada o ventanas al mundo; no es salida hacia lo desconocido sino acceso a lo digno, a lo humano, a lo solidario. Todos juntos: Dignidad, Humanidad, Solidaridad. Y así.

El director de En construcción, que firma ahora Historias del buen valle como «Work in progress» (trabajo en proceso), cuenta la historia de ese barrio que quiere ser a la vez mito y la perfecta metáfora de nuestro tiempo. Vallbona, ya se ha dicho, es una zona del extrarradio aislada por el río, las vías férreas y el asfalto. Ahí, el mundo rural, cada vez más cerca de la desaparición, se da la mano con el urbano, más insaciable cada día. Ahí, las casas de los primeros migrantes de la posguerra levantadas por la noche por ellos mismos a escondidas de la Guardia Civil conviven con los nuevos bloques de la ciudad dormitorio que acoge por igual a desahuciados de otros barrios más altos que a la nueva migración de más allá de los propios mapas. Ahí, reconoce Guerín, se hablan hasta 14 idiomas. Ahí, los conflictos sociales y generacionales rompen en el mismo dique que los imaginarios de otros mundos, los deseos de nuevas vidas y las memorias pasadas. Y es ahí donde Historias del buen valle se hace fuerte con una mirada no solo humanista, que también, sino esencialmente moral, urgente, plena, poética y política. Es cine que mira a la sociedad, que no necesariamente social. Es cine consciente, que no aleccionador. Es cine digno, humano, solidario.

La cámara no busca dar voz a nadie sino que son los protagonistas los que toman la palabra. Decía Godard, siempre él, que el cine es un signo y los signos están entre nosotros. Y un paso más allá, pero siempre igual de críptico, añadía: «El cine es lo único que nos ha dado un signo. Los demás nos han dado órdenes». En lo que tenga de comprensible la afirmación, Guerín se la toma al pie de la letra y ni siquiera, decíamos al principio, se permite la arrogancia de ser el director. Cada uno de los que aparece declara al principio ante la cámara lo que querría que fuera la película y lo que sigue se dedica de forma tan minuciosa como libre, tan profunda como alerta, a confirmar (en algunos casos refutar) las expectativas de lo declarado y deseado. Uno de ellos, eso sí, quiere que sea western y hasta se escucha la armónica en el funeral de uno de los fundadores del barrio como si de una película de John Ford se tratara. Si alguna vez una película se ha atrevido a ser bella, bella de doler, es en este momento.

Historias del buen valle navega por la pantalla buscando en cada rincón de la retina del espectador las imágenes de los otros mundos que convocan sus habitantes de fuera y, sin embargo, tan de dentro. Y así, a las orillas del canal Rec (que también está ahí), los niños sueñan con las playas de Puerto Rico, las mujeres recuerdan los sonidos del agua en África, las familias traen a sus jardines los frutos exóticos de la lejana India. Y, por momentos, la película, sin moverse de Vallbona, muta y convoca el cine de Satyajit Ray sin renunciar a la aventura exótica, a la placidez de Renoir o a la gravedad triste de la mayor de las mayores tragedias. Es un cine de ecos y huellas, de misterios y pieles. Es un cine esencialmente bello.

El resultado es una película vibrante, cálida, dura y tan entretenida al menos como el mejor de los western. Toda una oda a lo digno, a lo humano, a lo de todos. Toda una belleza.

Dirección: José Luis Guerín. Música: Anahit Simonian. Fotografía: Alicia Almiñana. Duración: 122 minutos. Nacionalidad: España.

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