Tras arruinarse por culpa de un marido patoso, se divorció, rehizo su fortuna y vivió con tanta austeridad que asustaba a los espíritus Leer Tras arruinarse por culpa de un marido patoso, se divorció, rehizo su fortuna y vivió con tanta austeridad que asustaba a los espíritus Leer
Cuando Henrietta Howland Robinson llegó a este perro mundo, el 21 de noviembre de 1834 en New Bedford, Massachusetts, en su casa ya había fortuna. Fue la mujer más rica de EEUU, pero no emergió desde abajo ni era una recién llegada al dinero. Desde niña le decían Hetty. Pasó parte de la infancia junto a su padre y otra parte con los abuelos. La fortuna de casa venía del negocio con barcos balleneros y del comercio con China. A los 15 años ya funcionaba como asistente contable de la familia y empezó a ganar dinero con fuerza. La bolsa era uno de sus bingos. Aprendió las mañas de la inversión y su fortuna comenzó a crecer para asombro de los mayores. La voluptuosidad del dinero hizo nido en ella. Tenía un talento sagacísimo para mover los billetes y multiplicarlos con un ánimo multiplicador y milagroso. Hetty comenzó a hacerse sitio en un mundo de hombres. Si había una operación sustanciosa pasaba por encima con los modales combinados entre la centella y el ave carroñera.
Un día se casó con un rico de Vermont, Edward Green. Era 1967. Hetty tenía 33 años. Cambiaron la residencia a Manhattan y Wall Street pasó a ser su salón de baile. Bien cargados de caudales cambiaron el rumbo y en Londres se instalaron en el Hotel Langham, el más grande y moderno de la ciudad. Por ahí hacían también parada y fonda Mark Twain, Napoleón III, Oscar Wilde antes de caer en desgracia, los músicos Antonín Dvoák y Arturo Toscanini. Fue uno de los últimos excesos de rica que hizo Hetty. El lujo le sentaba muy mal porque exigía gastar a la altura de la circunstancia. En 1883 regresaron a Vermont y en 1885 Edward Green se arruinó. Hetty, que no soportaba el fracaso, se divorció y regresó a Nueva York con los dos hijos nacidos en Londres. Empezó a ser ella misma por encima de todas las cosas. Y ser ella misma supuso abrazar la austeridad como único dios verdadero, la tacañería como oficio de fe, la cicatería como horizonte.
En Manhattan volvió a involucrarse en la mecánica de Wall Street. A la bolsa entregó el alma. Ganó más que nadie y gastó menos que ninguno. Aparcó los privilegios de clase. Escogió para vivir habitaciones en hoteles míseros. Tuvo dos vestidos, quita y pon, a los que sólo repasó los bajos con jabón para evitar gastos superfluos. El carácter de Hetty fue a compás de su éxito, pero en dirección opuesta. Agria, altiva, desconfiada por vocación y por destino. Ella misma hacía la compra del día escogiendo para la cazuela los productos más económicos y deteriorados del mercado.
La conocía todo Nueva York, sabían de su fortuna formidable y se movía sin servicio, sin escolta, sin nadie que le pudiese costar una nómina. Había alcanzado el podio de los miserables. Tenía por costumbre desayunar leche con avena templada sobre un radiador en las oficinas del banco desde el que gestionaba sus inversiones: Chemical Bank.
El día que su hijo Edward tuvo un accidente y se destrozó la rodilla, Hetty lo llevó a una clínica de caridad donde el médico la reconoció y le exigió que abonase los gastos de consulta. Entonces decidió llevarse al muchacho con la pierna colgando y hacer ella misma los cuidados necesarios para no tener un gasto extra. Dos años después, el hijo iba con unas muletas por Nueva York: la herida se había infectado y le amputaron la pierna. La mujer más rica de la ciudad, Henrietta Howland Robinson, lo consideró un mal necesario.
Le gustaba comportarse como los pobres que forman un mar tempestuoso y baten contra el acantilado de las casas de beneficencia. Entre los múltiples cerros de su fortuna jamás nadie le vio gastar un penique en algo que no fuese absolutamente irremediable. Le pusieron un sobrenombre exacto: la bruja de Wall Street. Ocupa un espacio destacado en el Libro Guiness de los Records como una de las ricas más miserables del siglo XIX y principios del XX. Quizá sabía que comportarse como dueña de todas las mezquindades es la última de las maneras de vivir peligrosamente. Rechazaba fieramente la pobreza, pero había alcanzado la más exigente de las miserias. En una de las escasas entrevistas que concedió se defendía: «No soy una mujer dura, pero como no tengo una secretaria que anuncie cada acto amable que realizo me llaman mala y tacaña».
En 1905 el salto cualitativo de su fortuna fue noticia en la revista National Magazine de Massachusett. Allí la señalaban como «la mujer más rica del país». Tenía el respeto de otros millonarios siderales como el banquero John P. Morgan -quien costeó la costrucción del Titanic-, quien acudía a ella en busca de consejos para sus inversiones. Algunas de su teorías de inversión continúan vigentes entre los lobos de Wall Street. Ser mujer tampoco le favorecía en medio de ese foso de caimanes.
Hetty aprendió pronto a asaltar los bancos por dentro, desde los despachos. No le hizo falta entrar por la puerta con un pasamontañas y una pistola porque conocía dónde manaba la fuente del dinero del que ellos también se alimentan. En aquella primera década del siglo XX, en Nueva York, todo el mundo conocía a esta mujer vestida de negro desde el calcañar al tocado raído con que se remataba. Su excentricidad mayor fue no perder un duro por el camino de la vida. Murió a los 81 años por un golpe de apoplejia mientras discutía con una criada, pues al final de sus días aceptó tener ayuda en su casa escuálida. El hijo cojo heredó la fortuna y se dedicó con frenesí al despilfarro como la última venganza posible. Henrietta Howland Robinson luchó denodadamente por alcanzar el único éxito irremediable en su vida: fracasar humanamente.
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