Escribo esta columna entristecida, porque me parece que un movimiento que no se puede poner de acuerdo en despedir a sus iconos es un movimiento peligrosamente herido Leer Escribo esta columna entristecida, porque me parece que un movimiento que no se puede poner de acuerdo en despedir a sus iconos es un movimiento peligrosamente herido Leer
El miércoles murió Gloria Steinem. Y estos días, junto a mensajes llenos de agradecimiento y admiración a una de las más grandes feministas de la historia, también ha habido un montón de mensajes durísimos desde los activismos contra ella. Escribo esta columna entristecida, porque me parece que un movimiento que no se puede poner de acuerdo en despedir a sus iconos es un movimiento peligrosamente herido. También porque es de justicia poética recordar que todas estamos aquí por ella.
Ha corrido como la pólvora que con 23 años, Steinem participó en un festival para jóvenes financiado con dinero de la CIA. A partir de ese dato de juventud y aunque nunca se encontró nada más (y mira que buscaron), se creó el bulo de que Steinem era una infiltrada de la CIA en los movimientos feministas para desarticularlos desde dentro.
Ya sabemos todos que una mentira, por más que se repita, no se convierte en verdad. Si hubiera sido una agente infiltrada de la CIA, entonces estaríamos hablando de la mayor estafadora de la CIA de la historia. No solo no dinamitó el movimiento feminista, sino que lo impulsó hasta límites insospechados, haciendo comunidad y despertando a millones de mujeres en todo el mundo.
También se le ha echado en cara la supuesta falta de interseccionalidad entre clase y raza en su discurso. Pero hasta bell hooks acabó reconociendo que Steinem apoyaba a las mujeres racializadas en lugar de imponer su mirada única.
A mí me parece que lo que ha pasado esta semana es algo que le gusta mucho hacer al sistema: cuando una mujer llega arriba, el sistema nos advierte de que es peligrosa, estafadora o un producto que alguien puso ahí, para desactivar su activismo.
Gloria, se lanzó a la carretera cuando las mujeres no podían abrir una cuenta corriente sin el permiso de sus maridos o de sus padres, cuando la brecha salarial era descomunal, cuando solo había un 7% de alumnas en las universidades, cuando las mujeres solo podían escribir en las secciones de moda. Cuando no existían las palabras «acoso sexual» ni «violencia doméstica». Cuando no existía un derecho al aborto ni al matrimonio igualitario. Y se va 92 años después, habiendo visto cumplirse parte de las revoluciones que inició.
Hacer genealogía es feminista. Dar las gracias a todas las que se lanzaron a las carreteras para que otras podamos pasar por la vida sin peajes, también.
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