Esa pobretería de la que ustedes me hablan

Es legítimo preguntarse para qué dar un premio millonario con partidas públicas a las élites literarias pudiendo crear cuatro veces más de ayudas a la creación literaria Leer Es legítimo preguntarse para qué dar un premio millonario con partidas públicas a las élites literarias pudiendo crear cuatro veces más de ayudas a la creación literaria Leer  

Ha pasado ya el premio literario más polémico de los últimos tiempos. Tengo que decir que soy fan de la literatura de Samanta Schweblin y que se merece todos los reconocimientos del mundo. Pero esta columna no va de méritos ni de meritocracia. Va de esa extraña moda que están cogiendo los autores de usar la precariedad como arma arrojadiza cuando ni de lejos es la realidad en la que viven.

Por ahí estaban todos los nominados del Premio Aena, escritores bien, escritores fetén, hablando de pobretería, de que se iban a comprar un móvil o un lavavajillas, jugando a los juegos del hambre para ver quién decía las palabras mágicas que hicieran inclinar la balanza. La palabra pobretería la saco de una columna de Sergio del Molino, al que supongo que le habrán sabido a poco los 175.000 euros que se llevó hace un par de años por su Premio Alfaguara.

La precariedad en el mundo editorial es terrible, pero como en todos los mundos artísticos existe una élite de autores que se llevan adelantos editoriales gigantescos, a los que pasean por ferias internacionales como estrellas y a los que dan becas en parajes de lujo. Al menos cuatro de los cinco autores propuestos para el Premio Aena pertenece a esa élite.

Y claro que es legítimo preguntarse para qué dar un premio millonario con partidas públicas a las élites literarias pudiendo crear, como proponían Jacobo Bergareche, Carmen Torreblanca o Elvira Lindo, cuatro veces más de ayudas a la creación literaria. Hay toda una generación de autores y de autoras escribiendo sin sus cuartos propios y a los que una subvención estatal puede cambiarles la vida. También porque muchas de esas autoras precarizadas han dominado las listas de los mejores libros del 2025, aunque el jurado del Aena las haya pasado casualmente por alto.

En la rueda de prensa, Samanta Schweblin dijo que siempre había soñado con tener una mensualidad literaria. Y a mí me tiembla el ojo, quizá porque sé la cantidad desorbitada en la compra de derechos que ha habido tras El buen mal, un libro que ha hecho traspasar toda su obra del Grupo Penguin Random House al Grupo Planeta, dos de los mastodontes editoriales. Dudo que Samanta necesitase ninguna mensualidad extra en la próxima década.

Si algo podía ser peor que un premio obsceno es la obscenidad con la que los autores se han enfrentado a él, alegando una realidad que, si alguna vez fue la suya, ya no lo es. Hasta yo echo de menos esa honestidad de Javier Marías que, consciente de su absoluto privilegio, rechazaba todos los premios literarios.

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