Los socialistas llegan a las elecciones del 17-M con todas las encuestas en contra, una candidata —María Jesús Montero— que en el último año ha pisado Andalucía menos veces de lo que hubiera hecho cualquier otro cabeza de lista, una notable oposición social —que además es transversal— al modelo de financiación autonómica acordado por la exvicepresidenta con ERC y PSC, y el recuerdo, que no es siempre piadoso, de sus años como consejera de la Junta en las consejerías de Salud y Hacienda.
Los socialistas llegan a las elecciones del 17-M con todas las encuestas en contra, una candidata —María Jesús Montero— que en el último año ha pisado Andalucía menos veces de lo que hubiera hecho cualquier otro cabeza de lista, una notable oposición social —que además es transversal— al modelo de financiación autonómica acordado por la exvicepresidenta con ERC y PSC, y el recuerdo, que no es siempre piadoso, de sus años como consejera de la Junta en las consejerías de Salud y Hacienda.Seguir leyendo…
Los socialistas llegan a las elecciones del 17-M con todas las encuestas en contra, una candidata —María Jesús Montero— que en el último año ha pisado Andalucía menos veces de lo que hubiera hecho cualquier otro cabeza de lista, una notable oposición social —que además es transversal— al modelo de financiación autonómica acordado por la exvicepresidenta con ERC y PSC, y el recuerdo, que no es siempre piadoso, de sus años como consejera de la Junta en las consejerías de Salud y Hacienda.
Para ella, la batalla de Andalucía se asemeja a un viacrucis, con la diferencia de que en Ferraz —en Andalucía no se hacen ilusiones— creen que este itinerario doloroso, donde la resurrección es una quimera, prescindirá de las últimas estaciones (crucifixión, muerte, descendimiento y entierro).
Montero se hizo cargo del PSOE meridional hace ahora un año y dos meses. A comienzos del pasado verano fue designada candidata (única) a la Junta. Sin rivales. Y sin muchas ganas. Vuelve a Andalucía por lo mismo que se fue y ha sido ministra: por una decisión personal de Pedro Sánchez.

En la campaña electoral de la gran autonomía del Sur, representa, tanto para los dirigentes socialistas como para sus posibles votantes, la encarnación en segunda persona del sanchismo. Hay quien lo cree una fortaleza.
El vínculo tiene, no obstante, inconvenientes. El más importante: no puede articular un mensaje propio y diferencial en clave andaluza. Además de tiempo —el súbito adelanto electoral, casi un mes, ha frustrado su intención de aprovechar el ascendente de sus altos cargos institucionales para hacer campaña—, le faltan los argumentos y un equipo de su estricta confianza.
Montero tendrá que cerrar las listas electorales en una semana. Lo más probable es que lo haga asignando los puestos de salida de las candidaturas a las familias socialistas, pero sin perder el control de la organización.
No puede permitirse acudir a las urnas con una minoría crítica, que de momento se limita a algunos jerarcas socialistas del Antiguo Régimen. La nomenclatura del PSOE meridional está con ella. No existe otra opción.

Pero le faltan votos, tranquilidad ambiental y, sobre todo, muchísima calle. En los últimos seis meses, la exministra ha estado en Andalucía como vicepresidenta más que como candidata a la Junta. Y, en general, a rebufo de la agenda institucional (que es también electoral) de Moreno Bonilla.
Con una diferencia: mientras el presidente de la Junta no ha tenido que abandonar los atrios institucionales para ejercer como candidato y ha decidido la fecha de los comicios, lo que le ha permitido inaugurar proyectos y hacer actos de partido, Montero no ha salido a campo abierto.
Sus actos políticos son más numerosos en Sevilla o en Jaén, donde el PSOE todavía conserva el control de las diputaciones provinciales, que en Almería o en Huelva, dos plazas críticas en las que los socialistas podrían bajar, en beneficio de Vox, a la tercera posición en intención de voto.
Montero acude sobre todo a los feudos socialistas tradicionales —aquellos municipios donde todavía rigen las leyes del vasallaje político del PSOE— y, hasta el momento, evita las circunscripciones más tormentosas.
Su campaña, que además coincide con el periodo de recaudación del IRPF por parte de la Agencia Tributaria, no va a ser ofensiva, sino defensiva y limitada. Las circunstancias y la realidad, que no es favorable, mandan.
Más que movilizar a los votantes durmientes o críticos —que los socialistas sitúan de forma mecánica en la abstención, pero que perfectamente pueden, como sucedió en el 2022, optar por otras candidaturas alternativas tanto a derecha como a izquierda—, la candidata del PSOE tiene que retener votos.

La mayoría de ellos no están ya en la Andalucía interior ni en los pequeños pueblos, sino en las grandes capitales, como Sevilla, Málaga, Granada o Córdoba, que en términos generales votan mayoritariamente a la derecha, además de en urbes medianas e intermedias, como Jerez de la Frontera, Cádiz, Almería, Dos Hermanas, Marbella y Algeciras.
En la medida en que los socialistas sean capaces de aguantar su posición en las grandes zonas metropolitanas de Sevilla, Málaga, Cádiz o Granada —las circunscripciones donde el censo es mayor—, más posibilidades tendrá Montero de que los restos —el número de votos necesarios que inclina la asignación de los últimos diputados a un partido u a otro— no sean del PP.
Montero sabe que no va a reconquistar el Quirinale. Su guerra consiste en que Sánchez no pierda el control del PSOE meridional. Y en que Moreno Bonilla no revalide su mayoría absoluta y vuelva a caer en manos de Vox.
Política
