No jugaba de farol. Donald Trump empieza a colocar los fundamentos para imponer su nuevo orden mundial de forma institucional. Su proyecto de Junta de Paz trasciende Gaza y emerge como una alternativa personal y personalista que rivalice con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a la que considera totalmente obsoleta e ineficaz. Según su planteamiento, él manda de manera vitalicia (él, no el presidente de Estados Unidos), dispone y decide quién forma parte, a cambio de 1.000 millones de dólares. También se arroga el derecho a nombrar sucesor y a ejercer el veto sobre cualquier decisión.
Trump proyecta una organización de carácter global dirigida por él de forma vitalicia
No jugaba de farol. Donald Trump empieza a colocar los fundamentos para imponer su nuevo orden mundial de forma institucional. Su proyecto de Junta de Paz trasciende Gaza y emerge como una alternativa personal y personalista que rivalice con la Organización de las Naciones Unidas (ONU), a la que considera totalmente obsoleta e ineficaz. Según su planteamiento, él manda de manera vitalicia (él, no el presidente de Estados Unidos), dispone y decide quién forma parte, a cambio de 1.000 millones de dólares. También se arroga el derecho a nombrar sucesor y a ejercer el veto sobre cualquier decisión.
Hace 80 años que se fundó la ONU sobre los cascotes de la guerra contra el nazismo. Ha sido una larga travesía del desierto en un mapa geopolítico lastrado por la división en bloques durante la guerra fría y más allá. Cada uno de los bandos dispone de veto, lo que en la mayoría de las ocasiones ha impedido llegar a resoluciones que pongan fin a conflictos.
“Algunos están dando el toque de difuntos a la cooperación internacional”, dice António Guterres
Ahí está su gran escollo, un defecto de nacimiento, del que se concluye la inoperancia de su Consejo de Seguridad, su órgano decisorio, al que ni Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido han querido poner remedio en beneficio propio renunciando al veto.
En Estados Unidos, el principal donante para mantener la estructura económica de la organización, surgió además un claro rechazó entre los conservadores a la institución internacional. Ese disgusto estaba en los márgenes hasta que la extrema derecha lo empezó a capitalizar en las redes sociales, sobre todo en la etapa final del gobierno de Barack Obama, al que se acusó de ser uno de los instigadores de las oscuros poderes globales para imponer en Estados Unidos un gobierno mundial a partir de la ONU y así robarle la soberanía a EE.UU.
Esta idea, una de las exitosas teorías de la conspiración, entró a formar parte desde el inicio del movimiento MAGA (Hacer Estados Unidos grande de nuevo) que fundó Donald Trump y que impulsó su agenda del “América primero”. Durante su mandado inicial, no cesó en sus amenazas al multilateralismo que, para su criterio, solo defiende causas woke , llámese cambio climático o derechos humanos.
Su segunda etapa en la Casa Blanca resulta menos timorata, como quedó claro en su discurso ante la Asamblea General, el pasado septiembre, en el que hizo un ejercicio de demolición de la casa que le había invitado.
Ya no solo trata de diezmar a la ONU, como hace reteniendo pagos, o de ir contra determinadas agencias, sino que parece apuntar a la ONU en sí misma al impulsar su variante, sustentada por su discurso de que ha acabado con ocho guerras o más. El borrador que ha circulado sobre su consejo para reconstruir Gaza no hace una mención directa a la región, cuestión que despierta la especulación al considerarse en medio diplomáticos que se ha propuesto sustituir a las Naciones Unidas.
La aparición de este documento se produjo solo un par de días después de que António Guterres, secretario general de la ONU, hiciera un discurso en el que alertó que la organización se asoma al abismo por el ahogamiento financiero ante el incumplimiento de los estados miembro. Sobre todo del más rico de todos. “La situación hoy es totalmente insostenible”, dijo. “Algunos están dando el toque de difuntos a la cooperación internacional”, lamentó. No dio nombres . Tampoco era preciso.
El proyecto de la Casa Blanca señala que la misión de esa junta consiste en “promover la estabilidad y restablecer una gobernanza fiable y legítima, y garantizar una paz duradera en las zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, propósito que se asemeja a un corta y pega de la Carta de las Naciones Unidas, su texto fundacional. Añade, en un disparo a la yugular de la ONU, que se necesita “una consolidación de la paz internacional más ágil y eficaz”. Entonces reclama una “coalición de estados dispuestos a cooperar y a tomar medidas efectivas”, cosa que en la mayoría de ocasiones ha sido imposible por el veto de EE.UU., incluso bajo su presidencia.
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