Hace unas décadas, Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida para describir a una sociedad en la que sus estructuras cambiaban cada vez con mayor rapidez. Esa velocidad no ha dejado de aumentar. Los cambios se suceden de forma constante y afectan al funcionamiento de las sociedades. Esta situación, unida a la inmediatez digital, obliga a que los análisis de la actualidad respondan al mismo ritmo. En muchas ocasiones, la mayor perjudicada de esta coyuntura es la propia historia, y se acaba intentando entender los hechos, con escasa alusión al contexto histórico.
Hace unas décadas, Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida para describir a una sociedad en la que sus estructuras cambiaban cada vez con mayor rapidez. Esa velocidad no ha dejado de aumentar. Los cambios se suceden de forma constante y afectan al funcionamiento de las sociedades. Esta situación, unida a la inmediatez digital, obliga a que los análisis de la actualidad respondan al mismo ritmo. En muchas ocasiones, la mayor perjudicada de esta coyuntura es la propia historia, y se acaba intentando entender los hechos, con escasa alusión al contexto histórico.Seguir leyendo…
Hace unas décadas, Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida para describir a una sociedad en la que sus estructuras cambiaban cada vez con mayor rapidez. Esa velocidad no ha dejado de aumentar. Los cambios se suceden de forma constante y afectan al funcionamiento de las sociedades. Esta situación, unida a la inmediatez digital, obliga a que los análisis de la actualidad respondan al mismo ritmo. En muchas ocasiones, la mayor perjudicada de esta coyuntura es la propia historia, y se acaba intentando entender los hechos, con escasa alusión al contexto histórico.
La actual crisis en Ceuta es un ejemplo de todo ello. En los últimos días, se han publicado excelentes interpretaciones del contexto geopolítico del momento y del alcance de la problemática. Sin embargo, en pocos análisis se ha incorporado la variable histórica, lo que impide tener una referencia sobre el origen de los vínculos entre ambos países.
Tras la independencia de Marruecos, la vecindad se ha caracterizado por su complejidad
La relación hispano-marroquí desde la independencia de Marruecos (1956) se ha caracterizado por su complejidad, tal y como ha mostrado el historiador Miguel Hernando de Larramendi. No solo porque son países vecinos (y eso siempre genera tensión), sino porque el estrecho separa dos espacios culturales y dos realidades económicas y políticas muy distintas. Tras la independencia, la relación bilateral entró en una nueva etapa. Marruecos trató de redefinir su posición internacional, superar la situación de inferioridad heredada del periodo colonial y definir su territorio y su propia construcción identitaria nacionalista. Y España, al mismo tiempo que trataba de mantener relación con Marruecos, estrechó sus relaciones con Argelia para garantizar sus intereses energéticos. Esto conllevó un incremento de la tensión hispano-marroquí, ya que Argelia y Marruecos mantenían una relación muy conflictiva. No hay que olvidar que, para España, las relaciones con los países árabes eran muy importantes, porque sus relaciones con Europa Occidental estaban limitadas por ser una dictadura, incompatible con los valores democráticos.
En ese marco, Marruecos trató de reequilibrar sus desiguales relaciones con España. Esa estrategia comenzó con Mohamed V y se reforzó durante el reinado de Hassan II. A partir de 1973, la política de marroquinización de la economía fortaleció aún más la posición negociadora de Rabat, que empezó a exigir contrapartidas a cambio de acuerdos favorables para España. En la mayoría de las ocasiones, los intereses marroquíes pasaban por cuestiones de control territorial, de zonas como Sidi Ifni y del Sáhara Occidental. Y los españoles, por la posibilidad de mantener actividad pesquera en aguas marroquíes. Todo ello coincidió con la consolidación de las zonas económicas exclusivas de 200 millas durante la transición a la democracia (1977). España, cuya flota pesquera era una de las mayores del mundo, necesitaba acceder a nuevos caladeros. Aunque la pesca rara vez ocupaba las portadas de los periódicos, era un sector estratégico para España. Su importancia iba mucho más allá de la alimentación: generaba empleo, riqueza y condicionaba parte de su política exterior. El caso canario era especialmente importante porque una parte importante de la economía de las islas dependía de los ingresos de la venta de pescado. Por todo ello, como en algunas ocasiones sucede con la emigración en la actualidad, en aquellos momentos la pesca se convirtió en la moneda de cambio de las relaciones bilaterales. De hecho, ya en la cesión española del Ifni a Marruecos (1969), las negociaciones de pesca tuvieron un papel muy relevante.

Al mismo tiempo, España fue incrementando su relación comercial con Argelia por la compra de gas. Esto generó grandes dificultades a los diferentes gobiernos españoles para mantener el equilibrio en las relaciones con dos enemigos íntimos, como eran Marruecos y Argelia.
La situación se complicó aún más con la creación y consolidación del Frente Polisario (1973-1975) y el conflicto sobre la administración del Sáhara Occidental y de sus aguas. Desde entonces se sucedieron los apresamientos de barcos españoles, tanto por el Frente Polisario como por las autoridades marroquíes. El tema adquirió tanta importancia que, como han mostrado historiadores como Charles Powell o antiguos ministros como Jaime Lamo de Espinosa o Fernando Morán, en numerosas ocasiones tuvo que interceder el rey Juan Carlos para tratar de rebajar la tensión. En 1979, incluso se tuvieron que enviar ciervos de España para el coto de caza de Hassan II para alcanzar un acuerdo pesquero.
Con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (CEE, actual UE), los debates y tensiones se mantuvieron, pero el proceso de negociación cambió. Las competencias sobre las conversaciones diplomáticas ya no recaían sobre España, sino que debía ser la Comisión Europea quien liderara las negociaciones. Con el paso del siglo XX al siglo XXI, Rabat mantuvo ese tipo de política, midiendo la capacidad de negociación comunitaria con incidentes de baja intensidad (como la crisis de la isla de Perejil, 2002). Desde entonces, las tensiones se han intensificado por varios factores, entre los que se podrían destacar los siguientes: la cuestión migratoria, que en parte ha sustituido a los conflictos pesqueros; la persistencia del contencioso del Sáhara Occidental; el incremento de la relación energética entre España y Argelia (sobre todo tras la invasión rusa de Ucrania) y el fortalecimiento de las relaciones entre Marruecos y EE.UU.
Un breve apunte histórico sobre el origen de la crisis actual permite comprobar que la crisis de estos días no es una cuestión coyuntural, sino que se inserta en el marco de la complejidad estructural de las relaciones a ambos lados del Estrecho. Sin embargo, en la actualidad existe un riesgo adicional. El incremento de posturas xenófobas y las fracturas en el seno de la UE contaminan cualquier debate sosegado sobre el tema. En ese sentido, conviene volver a la historia de la integración europea y de la relación hispano-marroquí y comprobar que la resolución de cualquier crisis anterior se ha basado en la solidaridad intracomunitaria y en la capacidad de negociación diplomática.
*Sergio Molina García es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha
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