El dilema de las monarquías del Golfo

Aeropuertos cerrados. Rascacielos en llamas. Hoteles destrozados. La ofensiva militar iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero está dejando estampas inéditas en el golfo Pérsico. Lugares que presumían de ser un oasis de estabilidad, como Doha y Dubái, son ahora escenario de una guerra de consecuencias imprevisibles.

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 El conflicto pone a prueba la alianza entre EE.UU. y los países árabes, convertidos en blanco de los ataques de Irán  

Aeropuertos cerrados. Rascacielos en llamas. Hoteles destrozados. La ofensiva militar iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero está dejando estampas inéditas en el golfo Pérsico. Lugares que presumían de ser un oasis de estabilidad, como Doha y Dubái, son ahora escenario de una guerra de consecuencias imprevisibles.

Enfrentado a un conflicto que amenaza su supervivencia, el régimen de los ayatolás ha respondido a la operación Furia Épica con ataques contra las monarquías árabes aliadas de Washington. Ninguno de los seis miembros del Consejo de Cooperación del Golfo –la organización fundada en 1981 por Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos para estrechar lazos económicos y de seguridad– se ha librado de las represalias de Teherán.

Las autoridades iraníes aseguran que su único objetivo son las instalaciones estadounidenses en la región, como las bases aéreas y navales, pero esa afirmación no se sostiene: desde que estalló la guerra, el país persa ha lanzado misiles y drones contra todo tipo de infraestructuras civiles.

Las motivaciones de Irán no están del todo claras –de hecho, el presidente del país, Masud Pezeshkian, pidió el sábado disculpas por los ataques, dejando entrever las divisiones internas del régimen–, pero parece que la idea es llevar a sus vecinos del Golfo a una situación límite, dañando su economía e imagen internacional, con el fin de que intensifiquen la presión sobre la Casa Blanca para poner fin a las hostilidades.

Las petromonarquías están en shock. En los últimos años, se habían esforzado por mejorar sus relaciones con Irán. Incluso Arabia Saudí, rival histórico de la República Islámica, había buscado el acercamiento con el acuerdo de reconciliación suscrito en el 2023 bajo la mediación de China. Pero todo ese trabajo diplomático ha quedado arruinado por la aventura bélica de EE.UU. e Israel.

Nunca antes Irán había golpeado con tanta fiereza a los estados del Golfo. Ni siquiera en la guerra de los doce días del pasado junio: entonces Teherán solo bombardeó una base en Qatar, y avisó con antelación para minimizar los daños.

“Aquí hay un antes y un después para los países del Golfo”, dice a La Vanguardia Haizam Amirah Fernández, director del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC), con sede en Madrid. “Las monarquías no eran favorables a un ataque contra Teherán, porque conocen a Irán y sabían que habría consecuencias. Que haya prevalecido la voluntad de Beniamin Netanyahu de arrastrar a EE.UU. y a toda la región hacia esta guerra supone un trauma”, agrega este analista.

Víctimas de un conflicto que querían evitar –si bien, según informaciones de The Washington Post , el príncipe saudí Mohamed bin Salman apoyó en privado el ataque contra Teherán–, los países del Golfo se encuentran ahora ante una dilema: ¿qué es mejor para sus intereses? ¿Seguir apostando por la contención y el diálogo, con la esperanza de reconducir la crisis y recuperar la normalidad cuanto antes? ¿O alinearse abiertamente con Israel y EE.UU. en su operación militar, para erradicar de una vez para siempre la amenaza iraní?

El escenario es endiablado. “La escalada obliga a los países del Golfo a elegir entre imperativos contrapuestos”, explica vía correo electrónico la investigadora Sara Bazoobandi, colaboradora del Instituto de Políticas de Seguridad de la Universidad de Kiel. “Las monarquías deben gestionar simultáneamente amenazas de seguridad, preservar su estabilidad y proteger las agendas de diversificación económica a largo plazo”, desgrana esta experta en Oriente Medio, quien subraya que esta guerra supone una “prueba existencial” para el modelo de modernización que estos gobiernos han estado construyendo en los últimos años.

Rascacielos humeando en Kuwait tras un ataque iraní, ayer
Rascacielos humeando en Kuwait tras un ataque iraní, ayer- / AFP

Ninguna de las opciones que se les presenta a los estados golpeados por Irán está exenta de riesgos.

Si apuestan por la neutralidad, evitando involucrarse en las maniobras ofensivas contra el régimen de los ayatolás, pueden acabar chocando con EE.UU., el principal garante de su defensa. “Históricamente, Washington ha esperado un apoyo concreto de los socios del Consejo de Cooperación del Golfo –dice Bazoobandi–. Una monarquía que se niegue a cooperar durante una gran operación militar estadounidense corre el riesgo de erosionar la garantía de seguridad implícita que sustenta su existencia”.

Sumarse a la escalada todavía puede resultar más contraproducente. Para empezar, eso seguramente conduciría a una intensificación de las represalias iraníes. Teherán ya ha bloqueado Ormuz y está bombardeando refinerías y plantas de gas, pero, si se ve agredida por sus vecinos, podría cebarse en infraestructuras críticas. Por ejemplo, las desalinizadoras, vitales para todos los países del Golfo. En lugares como Kuwait, proporcionan hasta el 90% del agua potable. Ayer ya hubo un aviso en ese sentido: un dron dañó una planta en Bahréin, como respuesta a un ataque similar por parte de EE.UU.

Por otro lado, a las petromonarquías tampoco les interesa presentarse en la región como lacayos de Washington y Tel Aviv, y más teniendo en cuenta que el objetivo de esta guerra no está definido. Nadie sabe qué quiere Donald Trump, quien además ha impregnado esta operación de un aire de cruzada religiosa: basta recordar su icónica imagen del pasado jueves, rezando en el despacho oval junto con un grupo de pastores evangélicos.

Asimismo, pese a que los países árabes siempre han visto con suspicacia al régimen iraní, tampoco están interesados del todo en su colapso. “Existe el miedo a que su caída traiga el caos a la región”, explica Rob Geist Pinfold, investigador del King’s College de Londres. “Un cambio de régimen descontrolado supondría más violencia”, añade. Y no solo eso: un Irán en llamas rompería el actual equilibrio de fuerzas en Oriente Medio. Liberado de la amenaza de Teherán, Israel se consolidaría como el actor hegemónico en la región, algo que ninguna monarquía del Golfo desea.

Adiós a la paz del oasis.

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