Un hombre, sin duda el más peligroso del mundo en mucho, mucho tiempo, desencadena una guerra tras otra y crea tanto caos a su alrededor que parece que todos estemos obligados a vivir en la violencia, la precariedad y la inmoralidad.
Un hombre, sin duda el más peligroso del mundo en mucho, mucho tiempo, desencadena una guerra tras otra y crea tanto caos a su alrededor que parece que todos estemos obligados a vivir en la violencia, la precariedad y la inmoralidad.Seguir leyendo…
Trump desdeñó el acuerdo nuclear del 2015 con Irán porque tenía envidia de Obama y, al hacerlo, cortó las alas al reformismo en la República Islámica. El mundo acusa hoy su desenfreno militar y su paranoia política
Un hombre, sin duda el más peligroso del mundo en mucho, mucho tiempo, desencadena una guerra tras otra y crea tanto caos a su alrededor que parece que todos estemos obligados a vivir en la violencia, la precariedad y la inmoralidad.
Un solo hombre, presidente de la nación más poderosa del mundo, mueve ejércitos que bombardean un país lejano y estrangulan la arteria que riega de petróleo el cuerpo de la economía mundial. Mientras nos ahogamos, él lanza mensajes amenazantes a los cuatro vientos. Sus aliados le han dado la espalda y él está más solo que nunca, pero nadie le para los pies. Aunque haya perdido casi toda credibilidad y nadie se crea lo que anuncia, no hay manera de frenarlo.
Donald Trump, lo hemos dicho muchas veces, no es una anomalía, es un síntoma de la decadencia de las democracias capitalistas, el ejemplo más claro en 80 años de cómo el fascismo pervive en el núcleo duro del sistema político y económico. Ni el derecho internacional, ni el sufragio universal, ni el comercio mundial han logrado extirparlo. Vive del voto de los fanáticos y los engañados, de las manipulaciones corporativas y la influencia de naciones hostiles.
Trump ganó las elecciones del 2016 con el apoyo de Putin y de un sistema electoral tan arcaico que le dio la victoria a pesar de haber obtenido tres millones de votos menos que su rival, Hillary Clinton. Una vez en la Casa Blanca, se encontró con un gran regalo. Mitch McConnell, líder de la mayoría republicana en el Congreso, había impedido que Barack Obama renovara el Tribunal Supremo. Trump llenó las vacantes con magistrados que, años después, le dieron poderes de rey absolutista.

En octubre del 2015, después de 20 meses de negociaciones, Obama había alcanzado un acuerdo con los ayatolás para limitar su programa nuclear a fines civiles.
Al llegar a la Casa Blanca en enero del 2017, Trump quiso desmontar las políticas de su antecesor, así que en mayo del 2018 sacó a EE.UU. del tratado nuclear con Irán. Los ayatolás empezaron a enriquecer uranio, pero no se retiraron
del pacto. De hecho, en abril del 2025 volvieron a negociar, aunque no sirvió de nada. Dos meses después, las bombas israelíes y estadounidenses cayeron sobre las instalaciones nucleares iraníes. La guerra duró 12 días. Trump y Netanyahu cantaron victoria.
Asfixiado por las sanciones económicas, el gobierno iraní buscó un nuevo pacto diplomático. Omán hizo de árbitro. Las conversaciones se retomaron en febrero y menos de un mes después Israel y EE.UU. volvieron a la guerra.
Han pasado cinco semanas desde que se inició la campaña militar y no parece que la fuerza permita alcanzar ninguno de los objetivos políticos marcados.
El Sur Global ve a Irán como un David que lucha contra el Goliat del imperialismo
El régimen iraní se ha fortalecido. Muchos países, sobre todo en el Sur Global, esperan que resista la agresión. Lo ven como un David luchando contra el Goliat del imperialismo.
Si en mayo del 2018 Trump hubiera mantenido el acuerdo, habría reforzado a Hasan Rohani, que, junto a Mohamed Jatamí, ha sido el presidente más reformista de Irán. Es posible que Rohani, Jatamí y otros reformistas hubieran apartado al líder supremo Ali Jamenei y hoy Irán sería una república más moderada y el mundo tendría acceso a energía más barata.
A Trump parece que no le importa el futuro de Irán. Dice que no le importan los 400 kilos de uranio enriquecido que los ayatolás tienen a buen recaudo y dice que tampoco le importa que Ormuz siga cerrado. Cree que, al ser EE.UU. exportador neto de petróleo, es inmune a la presión inflacionaria que afecta ya a medio mundo. Parece no saber que en un mercado energético globalizado, la falta de oferta –como es ahora el caso– encarece los precios en todas partes, también en las gasolineras norteamericanas, donde el galón de súper ya ha subido un 36% y se vende a cuatro dólares.
El coste humano y económico de esta guerra nunca justificará los fines. Trump ha dilapidado el capital moral que le que quedaba a Estados Unidos. Vive en los márgenes de la verdad. Nadie se atreve a mostrársela. La fiscal general, Pam Bondi, lo ha intentado y ha sido despedida.
“En tiempos de guerra mandan los criminales”, dijo Erasmo en el siglo XVI
Las naciones más poderosas se definen por sus alianzas, no por sus enemigos. A Trump no le gusta Europa, ni Canadá, ni la OTAN. Desdeña a los países africanos y asiáticos, así como a la mayoría de los latinoamericanos. Se entiende con Putin y Netanyahu.
“En tiempos de guerra mandan los criminales”, dijo Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI.
La guerra pasará y los criminales se esconderán durante una temporada. Nadie sabe cuándo, pero llegará ese día. Así ha sido siempre. Llega un día en que recuperamos la fe en nosotros mismos y nos damos cuenta de que no se nos ha permitido vivir en paz. La misma democracia que no puede extirpar el fascismo de sus entrañas es el único sistema político que tiene fe en la gente, el único que te pide que tengas fe en los desconocidos. Y alguien, algún día, en Estados Unidos, Hungría y otras democracias en peligro, dirá basta. Siempre hay alguien que dice basta al monstruo que nos amarga la vida.
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