Dar una oportunidad a la guerra

La guerra es el reflejo de la paradoja más sorprendente de la existencia humana. Elemento intrínseco de nuestra evolución, ha sido fuente de inmensas destrucciones e incontables tragedias, pero también catalizadora del cambio, la innovación y la evolución de la sociedad humana. Algunos de los inventos más importantes (como el radar, la penicilina y todo el universo digital, desde los ordenadores hasta internet y ahora la computación cuántica) se han desarrollado de modo interconectado o en respuesta a necesidades militares. Silicon Valley no habría sido posible sin la inversión del gobierno federal estadounidense en tecnologías militares y en la NASA.

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 La guerra es el reflejo de la paradoja más sorprendente de la existencia humana. Elemento intrínseco de nuestra evolución, ha sido fuente de inmensas destrucciones e incontables tragedias, pero también catalizadora del cambio, la innovación y la evolución de la sociedad humana. Algunos de los inventos más importantes (como el radar, la penicilina y todo el universo digital, desde los ordenadores hasta internet y ahora la computación cuántica) se han desarrollado de modo interconectado o en respuesta a necesidades militares. Silicon Valley no habría sido posible sin la inversión del gobierno federal estadounidense en tecnologías militares y en la NASA.Seguir leyendo…  

La guerra es el reflejo de la paradoja más sorprendente de la existencia humana. Elemento intrínseco de nuestra evolución, ha sido fuente de inmensas destrucciones e incontables tragedias, pero también catalizadora del cambio, la innovación y la evolución de la sociedad humana. Algunos de los inventos más importantes (como el radar, la penicilina y todo el universo digital, desde los ordenadores hasta internet y ahora la computación cuántica) se han desarrollado de modo interconectado o en respuesta a necesidades militares. Silicon Valley no habría sido posible sin la inversión del gobierno federal estadounidense en tecnologías militares y en la NASA.

Pese a ser un gran mal, la guerra tiene la virtud de allanar el camino hacia la resolución de los conflictos políticos y conducir a la paz. La afirmación de Winston Churchill según la cual “Nada se ha resuelto nunca en la historia, salvo mediante guerras” constituye una triste verdad corroborada por la experiencia de los conflictos internacionales. Los conflictos llegan al punto de madurez que permite alcanzar una solución diplomática cuando las partes quedan atrapadas en un punto muerto militar causante de un dolor insoportable. Sin un punto muerto así, difícilmente habría llevado la guerra de Yom Kippur de 1973 a la paz entre Israel y Egipto. Fueron la primera guerra del Golfo y la primera intifada palestina las que crearon las condiciones para la Conferencia de Paz de Madrid de 1991 y los posteriores acuerdos de Oslo.

La historia nos enseña que, sin esos puntos muertos mutuamente perjudiciales, ni las resoluciones de las Naciones Unidas ni las iniciativas de paz prematuras son capaces de poner coto a la dinámica bélica. En la guerra civil de El Salvador, el conflicto maduró lo suficiente para que fuera posible una solución gracias al final de la guerra fría que había sostenido a los grupos guerrilleros de izquierda y después de que el fracaso de la ofensiva de 1989 del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) demostrara a los insurgentes que no podían desencadenar un levantamiento popular y al ejército que ya no podía proteger el establishment de derecha.

En Ucrania, un punto muerto es la mejor receta para alcanzar un acuerdo. La victoria de cualquiera de los dos bandos tendría consecuencias nefastas: o bien la desaparición de Ucrania como Estado soberano; o bien el colapso de la autoridad central con la consiguiente desintegración de una Rusia derrotada y la aparición de estados independientes dotados de armas nucleares, una repetición del colapso de la Unión Soviética tras su derrota en la guerra fría.

Guardia de honor de la marina de Rusia en San Petersburgo el 10 de junio
Guardia de honor de la marina de Rusia en San Petersburgo el 10 de junioDmitri Lovetsky / Ap-LaPresse

La historia nos ha enseñado con demasiada frecuencia que la diplomacia solo da resultados cuando está respaldada por la fuerza. La diplomacia pacífica no ha tenido casi nunca éxito si a los contendientes no los ha obligado antes la guerra a sentarse a la mesa de negociaciones. La contundente intervención militar de la OTAN creó las condiciones para el fin del genocidio y la limpieza étnica en la antigua Yugoslavia. El éxito de Martti Ahtisaari en la resolución del conflicto de Kosovo no se habría materializado sin la previa humillación militar de Serbia.

Y, casi sin excepción, los héroes de la paz han sido siempre antiguos halcones, no precisamente pacifistas comprometidos. La lista de galardonados con el premio Nobel y de otros que lograron la paz sin recibir ese premio está repleta de hombres de guerra que llegaron a aceptar los límites de aquello que se puede lograr con la fuerza. Pienso en Theodore Roosevelt, el acérrimo paladín del expansionismo estadounidense, que negoció la paz entre Rusia y Japón (1904); en el belicista Menachem Begin, arquitecto de la guerra de Yom Kippur; en Anuar el Sadat; en Henry Kissinger, quien extendió irresponsablemente la guerra de Vietnam con una estrategia de bombardeos y caos en Camboya; en Juan Manuel Santos, el inflexible ministro de Defensa que logró una paz histórica con la guerrilla colombiana; en Yitzhak Rabin, el opresor de Palestina que se convirtió en el máximo mártir de la paz; en Charles de Gaulle, quien llegó al cargo con el objetivo de mantener el dominio francés en Argelia, pero acabó concediendo la independencia a esa provincia, y en Richard Nixon, el republicano partidario de la mano dura que abrió las puertas a China. Todos ellos siguieron la regla de Clausewitz de que la guerra debe ser la continuación de la política y la diplomacia por otros medios.

De forma indeseada, la guerra ha transformado Irán en una dictadura militar nacionalista

La tragedia de la paz entre Israel y Palestina no es el asesinato de Rabin, sino la hemorragia cerebral que dejó en coma permanente a Ariel Sharon, uno de los políticos más brutales de la historia de Israel. Rabin sentía pánico ante la idea de desmantelar los asentamientos israelíes de la Palestina ocupada; es más, cuando surgió una oportunidad de oro para desmantelar el asentamiento judío de Hebrón, el semillero más fanático del mesianismo religioso judío, Rabin retrocedió por miedo a una guerra civil. Sharon, en cambio, evacuó a casi diez mil colonos de Gaza e inició en serio un desmantelamiento de la presencia judía en la Cisjordania palestina. “No podemos vivir gracias a la espada para siempre”, dijo a su electorado nacionalista.

¿Puede la guerra con Irán responder a esa prometedora lógica según la cual un empate mutuamente perjudicial conduce a la paz? La guerra asimétrica complica los modelos tradicionales. Proporciona ventaja a las tácticas no convencionales del bando más débil (ataques de guerrilla, enjambres de drones, fuerzas proxys, control de zonas geográficas críticas, como en este caso el estrecho de Ormuz, y desprecio absoluto por el coste económico de la guerra) que anulan la ventaja tecnológica del bando más fuerte.

En realidad, la guerra ha producido justo lo contrario de lo que pretendían sus iniciadores. Ha revitalizado lo que parecía una república islámica moribunda; ha debilitado la posición global de Estados Unidos; ha abierto la puerta a la penetración de China en la política de Oriente Medio; ha acentuado la necesidad de que las superpotencias financieras del Golfo diversifiquen sus alianzas alejándose de las poco fiables garantías de Estados Unidos; ha destrozado la pretensión de Israel de resolver su difícil situación existencial mediante la superioridad militar y tecnológica; ha distanciado aún más a EE.UU. de sus aliados europeos; ha aumentado la determinación de Irán de convertirse en una potencia nuclear, y ha vuelto a hacer aparecer en primer plano el espectro de las crisis energéticas mundiales, con su concurrente amenaza de inflación y recesión, en tanto que nueva normalidad en la geopolítica moderna.

Los héroes de la paz han sido siempre antiguos halcones, no precisamente pacifistas comprometidos

Con todo, una de las consecuencias no deseadas de la guerra ha sido la transformación del régimen iraní que, de ser una República Islámica ideológica gobernada por la carismática autoridad del dirigente supremo convencido de estar aplicando la voluntad de Dios, ha pasado a ser una dictadura militar nacionalista. La república nacida de esta guerra no se define tanto por la ideología como por el nacionalismo, no tanto por la revolución como por la habilidad política, no tanto por el carisma clerical como por la seguridad y el espíritu tecnocrático de una nueva clase de oficiales. En términos comparativos, se asemeja a los estados nacionalistas del siglo XX dirigidos por militares (Turquía bajo los últimos kemalistas, Egipto bajo Gamal Abdel Naser) en los que la ideología persistía, pero estaba subordinada al interés nacional y a los imperativos pragmáticos del poder estatal.

Por desgracia, la falta de un liderazgo carismático en el nuevo Irán y el sentimiento de arrogancia del que está imbuida su clase de oficiales (que cree haber ganado la guerra), junto con la evidente desesperación de Donald Trump por alcanzar un acuerdo, son factores que impiden un gran avance hacia la paz. El acuerdo nuclear del 2015 entre Irán y Occidente fue posible cuando el máximo dirigente de Irán Ali Jamenei adoptó lo que él denominó “flexibilidad heroica”. A menos que los nuevos gobernantes de Teherán asuman que están tan atrapados como sus enemigos en un punto muerto estratégico que podría llevar a la desaparición de sus logros y acelerar el colapso de su insolvente república (situada como está sobre un volcán de descontento popular), un acuerdo de paz seguirá eludiéndolos, a ellos y al mundo.

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