Cuando recibir una carta vuelve a emocionar: el resurgir de la nostalgia epistolar y los clubs de correspondencia

Cada vez usamos más las redes sociales, pero esa dependencia digital tiene su reverso en el hartazgo que para muchos supone el hábito de vivir con el móvil en la mano. El fenómeno se lleva fraguando tiempo y una de sus manifestaciones más evidentes es el interés creciente por todo lo analógico. Las ventas de vinilos y cámaras con carrete aumentan, los libros para colorear se han convertido en un pasatiempo recurrente e incluso hay quien directamente rechaza los teléfonos con acceso a internet. A ese resurgir de objetos casi olvidados con la llegada de la tecnología se suma ahora la moda de los clubs de correspondencia que reivindican el poder de las cartas para alejarnos de las pantallas, aunque sea por unos minutos.

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 Nunca se habían mandado tan pocas misivas en nuestro país, pero en redes sociales se han popularizado las iniciativas que abogan por recuperar el envío para, paradójicamente, disfrutar de un tiempo alejados de las pantallas y la cultura de la inmediatez  

Cada vez usamos más las redes sociales, pero esa dependencia digital tiene su reverso en el hartazgo que para muchos supone el hábito de vivir con el móvil en la mano. El fenómeno se lleva fraguando tiempo y una de sus manifestaciones más evidentes es el interés creciente por todo lo analógico. Las ventas de vinilos y cámaras con carrete aumentan, los libros para colorear se han convertido en un pasatiempo recurrente e incluso hay quien directamente rechaza los teléfonos con acceso a internet. A ese resurgir de objetos casi olvidados con la llegada de la tecnología se suma ahora la moda de los clubs de correspondencia que reivindican el poder de las cartas para alejarnos de las pantallas, aunque sea por unos minutos.

Para los más jóvenes, el envío de cartas y tarjetas postales guarda ese romanticismo idealizado de las cosas pasadas y desconocidas; para quienes llegaron a tener el hábito de ir al buzón, recuperar esta forma de comunicarse es la respuesta pausada a un mundo de estímulos constantes. En los clubs de correspondencia se anima a los suscriptores a apuntarse para recibir en casa una carta escrita a mano. Cada misiva suele abordar una temática concreta y es el mismo escrito para todos los miembros del club. El envío se completa además con otros pasatiempos y creaciones manuales, desde pegatinas hasta ilustraciones, collages o pequeños detalles de fabricación casera. El auge de la papelería y las manualidades explica también la buena acogida que esta clase de propuestas tiene en redes sociales.

El antecedente más directo del resurgir epistolar en internet lo encontramos en la corriente PenPal, como se denomina en TikTok a la moda consistente en entablar amistades epistolares con desconocidos o gente a quien solo se conoce a través de las redes sociales. La ilustradora Lucía Robson, creadora del club de correspondencia Happy Mail, se animó a crear su propio mail club después de cartearse con una seguidora de su perfil de TikTok: “No conocía las posibilidades que había en el mundo de la correspondencia hasta que una seguidora me preguntó si estaría interesada en ser su PenPal (amiga por correspondencia), y a raíz de ello me fui familiarizando con la idea”. En la actualidad, manda cartas a unas 35 personas todos los meses, suscritas por 11 euros mensuales. Casi todas las suscriptoras son mujeres. “No me extraña, ya que es el perfil de la persona que consume materiales de papelería y hace manualidades, aunque sí que varían las edades. La mayoría son chicas jóvenes de entre unos 20 y 30 años”, analiza.

@luciarobson

holi!!! Hoy os enseño lo que viene en el mailclub de julio, espero q os guste mucho :3 Teneis hasta el 30 de junio para apuntaros, link en mi perfil, y hago envios a toda europa!!! gracias gracias osquiero ☺️🫂🫶🏻

♬ Matcha Latte – J C M

Luli Borroni es la fundadora de Epistoleando y pertenece a una generación que sí mandaba cartas. “Como soy argentina, fue la manera en la que mantuve el contacto con mis amigas y mi familia al venirme a vivir a España”, relata. Un verano se dio cuenta de que mucha gente echaba de menos esta costumbre. “Entré en Substack y retomé el concepto de enviar cartas. Estaba muy metida en la escritura epistolar y pensé que habría muchas personas más, de una generación para la que no ha sido tan raro lo de mandarnos cartas, interesadas en volver a hacerlo. Y así fue. Se apuntaron casi 100 personas de ocho países diferentes. Lo repetí en tres ocasiones. Así me di cuenta de que el interés de enviar cartas era una realidad”, cuenta acerca de los orígenes del proyecto, al que se puede apuntar cualquiera por 9,90 euros al mes.

Recibir una carta también tiene un componente de sorpresa porque nunca se sabe el día exacto en que llegará al buzón. Esa inquietud de quien espera algo con ganas inspiró a Silvia Santiso, conocida como @wild_musa en Instagram, para lanzarse con su club. Santiso recuerda la sensación “de ser pequeña y tener una ilusión enorme por recibir los fascículos de ‘rocas y piedras’ en el quiosco”. “El día que llegaban volvía contentísima del colegio. También los campamentos de verano y esas cartas que escribías durante el curso a los amigos nuevos que habías hecho. Esa ilusión de recibir algo inesperadamente, reuniendo la ilusión durante días hasta que por fin llega. Esto es algo que en la inmediatez en la que vivimos se ha perdido”, explica. Hace unos meses fundó Club de las Musas, un club de correspondencia con varias posibilidades de suscripción. Además de la carta, envía una ilustración diseñada y pintada por ella: “Y varios bocetos para que te animes a pintarlos tú también. ¡No tienes que ser un Picasso! Es simplemente un momento de disfrutar escogiendo colores”. El proyecto tuvo tan buena acogida que poco después lanzó una versión para niños, Club de las golondrinas.

La propia filosofía de esta clase de iniciativas tan “artesanales”, pensadas para satisfacer la necesidad de desarrollar actividades pausadas que no impliquen fijar la vista en una pantalla, impide que los proyectos adquieran dimensiones muy grandes, pero sí que hay mails clubs que cuentan sus suscriptores por cientos, sobre todo en Estados Unidos. En España, tenemos La Cartota, fundado por Irene Rain. “La Cartota surgió como esa forma de crear un vínculo real con otras personas a través del correo postal”, explica la creadora de contenido. “Cada mes preparo un sobre con diferentes cosas pensadas para ayudarnos a desconectar un poco del móvil y volver a dedicar tiempo a nosotras mismas. El propio concepto de esperar una carta, no saber exactamente cuándo va a llegar y sentarte después a abrirla con calma, hace que pares un momento y vuelvas a conectar desde otro lugar”, considera. El precio es de 12 euros y en la actualidad manda 500 cartas, aunque “el número sigue creciendo edición tras edición”, apunta.

@elestudiorain

que el algoritmo haga de las suyas para que La Cartota llegue a vuestro buzón 📮 #mailclub #españa #clubdecartas #snailmail

♬ original sound – 𝖇𝖆𝖗𝖗𝖎𝖔 𝖇𝖆𝖑𝖑𝖆𝖉𝖘

La paradoja de compartir lo analógico en un mundo virtual

Tomar distancia de las pantallas en general y de las redes sociales en particular ha sido lo que ha conseguido que estos proyectos conecten con cientos de personas con una sensación común: la de estar dedicando horas y horas al día en una forma de entretenimiento vacía y adictiva. Sin embargo, en ese afán de reivindicar lo tangible, son imprescindibles las redes sociales para dar a conocer estas iniciativas. Por tanto, no deja de ser paradójico que estos clubs de correspondencia surjan y dependan de aquello de lo que precisamente buscan alejarse.

Borroni reconoce que “las redes sociales nos han acercado a muchas cosas, pero nos han alejado de muchas otras”. “No quiero que se quede esto como una renuncia total a las redes sociales, que de hecho, las necesito para que mi proyecto funcione”, matiza. La preparación de cada envío encierra toda una liturgia porque no solo hay que escribir la carta original, también dar forma a todas las manualidades y ese proceso concienzudo y artesanal queda plasmado al detalle en muchos vídeos compartidos por las fundadoras de los mail clubs en sus redes sociales. “No mando a imprenta nada, es decir, lo hago todo en casa. Tengo una impresora y una plotter [un tipo de impresora] de corte para poder hacer las pegatinas sin recortar a mano, pero muy a menudo los cortes están desalineados y acabo perdiendo mucho tiempo y material”, detalla Robson sobre el complejo proceso detrás de cada carta.

Sin duda, el hecho de mandar y recibir cartas se ha convertido en un pasatiempo apetecible para algunos usuarios de redes sociales, pero lo cierto es que esta forma de comunicarse está tan en desuso que países como Dinamarca ya no ofrecen la posibilidad de mandar correspondencia por su servicio de correos. Desde este año, la empresa estatal PostNord ha renunciado a una labor que el Estado ha prestado durante cuatro siglos para enfocarse en la paquetería, muy demandada por las compras en internet.

En España, “no se contempla ese horizonte”, explican fuentes de Correos. Aun así, en la actualidad, el envío de cartas está en mínimos históricos. “Correos gestionó en 2025 un volumen de 677.067.993 cartas ordinarias y tarjetas postales con destino nacional, y 14.480.412 con destino internacional, es decir, más de 691,5 millones de cartas. No obstante, conviene señalar que este tipo de correspondencia mantiene una tendencia descendente en los últimos años. De hecho, los datos indican que desde 2020 hasta 2025 se ha registrado un descenso global de casi un 50%, principalmente como consecuencia de la digitalización de las comunicaciones, tanto en el ámbito personal como en el empresarial”, especifican desde la compañía.

En este contexto, los clubs de correspondencia parecen ir a contracorriente. ¿Estamos ante una moda pasajera del universo digital o en los albores de un cambio de mentalidad? Probablemente sea lo primero, pero los clubs de correspondencia generan, aunque sea a pequeña escala, una onda expansiva cuando algunas de las suscriptoras de estos proyectos se animan a enviar ellas mismas cartas. Así lo confirma Rain: “Cada vez más suscriptoras se animan a mandar sus propias cartas y postales, y a volver a ese mundo analógico que muchas echábamos muchísimo de menos. Incluso yo recibo cartas de algunas de ellas, y me parece algo superbonito porque al final se crea una conexión real, que era el propósito de este proyecto”. Más allá de su club, Santiso afirma que con sus amigas mantiene un contacto por carta más o menos habitual: “He vivido fuera y tengo amigas viviendo en diferentes países, así que intentamos mandarnos cartas sin avisarnos. En momentos del año inesperados”. En el caso de Borroni, tampoco ha perdido el hábito de cartearse, algo que ha contagiado a sus hijos. “Nos pasamos el verano enviando y recibiendo postales de amigos”, cuenta.

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