Críticas a Starmer por dedicarse más a la política exterior que a la economía

Se dice en inglés que unos días tú te comes al oso, y otros días es el oso el que te come a ti. El primer ministro Keir Starmer, en el año y medio que lleva al frente del Gobierno, se ha olvidado sistemáticamente del silbato o la campanita que los excursionistas suelen llevar para advertir de su presencia a los animales, y ha salido muy magullado de sus encuentros con los plantígrados. Su propósito para el 2026 es tener mucha más precaución, para no acabar devorado.

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 El propósito del premier británico para el nuevo año es reducir el coste de la vida  

Se dice en inglés que unos días tú te comes al oso, y otros días es el oso el que te come a ti. El primer ministro Keir Starmer, en el año y medio que lleva al frente del Gobierno, se ha olvidado sistemáticamente del silbato o la campanita que los excursionistas suelen llevar para advertir de su presencia a los animales, y ha salido muy magullado de sus encuentros con los plantígrados. Su propósito para el 2026 es tener mucha más precaución, para no acabar devorado.

En las elecciones del 2015, el gurú australiano Lynton Crosby diseñó para los conservadores una estrategia que consistía en eliminar todos los percebes, mejillones y demás moluscos que se adhieren al casco del barco para convertirse en un lastre, y concentrarse en justificar la política de austeridad y presentar a la derecha como los mejores gestores de la economía frente a un Labour que siempre sube los impuestos para derrochar. De esa manera Cameron derrotó a Miliband.

Ahora Starmer, hundido en el pozo de la impopularidad (únicamente lo apoya un 17% del electorado y en algunas encuestas va por detrás de los Verdes), ha decidido imitar la táctica y tirar por la borda la gran mayoría de los proyectos que presentó en los últimos meses, y que han suscitado desde burlas hasta profunda irritación. En total ha dado ya trece veces marcha atrás, la última de ellas renunciando a la necesidad de un carnet de identidad obligatorio (en el Reino Unido no hay DNI) para poder conseguir trabajo.

Starmer cambia de dirección más veces que los coches de juguete con control remoto que los Reyes Magos han traído a los niños hace unos días y, al igual que con ellos, suele ocurrir que la maniobra le sale mal y se estampa contra la pared o las patas de la mesa. Entre los muchos proyectos de ley que se ha visto obligado a abandonar figuran la subida del impuesto sobre la renta, el aumento de la carga fiscal por las herencias de los granjeros, la reducción de las ayudas para el pago de la electricidad a los pensionistas, la limitación de los subsidios familiares a los dos primeros hijos y un gran plan de inversión en energía verde. Con todos esos planes el oso le he pegado un buen zarpazo.

Lo que le gusta es mediar en Ucrania, negociar con la UE, triangular con China y enjabonar a Trump

Igual que muchos votantes se han propuesto adelgazar, dejar de fumar o de beber e ir al gimnasio en el 2026, Starmer ha decidido quitarse de encima unos kilos en forma de todos los programas que resultan impopulares y son carnaza para que le ataque la prensa de derechas y la lideresa conservadora, Kemi Badenoch (que tiene sus propios problemas, y ayer vio cómo una de las principales figuras del Partido y aspirante al liderazgo, Robert Jenrick, se pasaba al grupo de Nigel Farage).

El estratega electoral del Labour, Morgan McSweeney, ha recomendado a Starmer lo mismo que Crosby a Cameron hace más de una década: limpiar de moluscos el casco del barco. Y dedicar toda su atención y toda su energía a intentar reducir el coste de la vida, principal preocupación de los votantes después de varios años de inflación en los que los sueldos no han subido ni mucho menos al mismo ritmo que el precio de la energía o la cesta de la compra.

El problema es que lo que le gusta al premier, y donde se siente como pez en el agua, es buscando una solución de paz para Ucrania, organizando la coalición de voluntarios, triangulando con China, haciendo la pelota a Donald Trump, negociando un acuerdo comercial con la India, y unas mejores condiciones post Brexit con la Unión Europea o procurando que Estados Unidos no se apodere de Groenlandia. A ese fin ha recorrido en dieciocho meses más de 160.000 kilómetros (un promedio de casi 450 al día), visitando veintitrés países, entre ellos Samoa y dos veces Brasil. Se ha ganado a pulso el apodo de “Air Miles Starmer” y con los puntos acumulados en los programas de fidelización de las aerolíneas casi podría viajar gratis el resto de su vida.

Los votantes británicos, egoístas como todos, entienden la importancia de las crisis internacionales en los tiempos convulsos que vive el mundo, y la amenaza que Trump y Putin significan al orden establecido tras la II Guerra Mundial, e incluso dan en ese terreno una buena nota a su líder. Pero preferirían que dedicara menos tiempos a esos asuntos, y más a hacer crecer la economía y reducir el coste de la vida, que es lo que prometió en la campaña electoral.

Starmer ha viajado 160.000 kms (un promedio de casi 450 al día) y visitado un total de veintitrés países

Por su carácter, a Starmer se le da mejor la política exterior que la doméstica, para la que carece de instinto, y del carisma y la visión necesarias para inspirar confianza y que la gente le siga, como demuestra la cantidad de veces que ya ha tenido que dar marcha atrás. Corregir esporádicamente el rumbo puede ser percibido como una cualidad, pero hacerlo con la frecuencia que él lo hace parece más bien torpeza, y signo de un Gobierno que no atina ni una.

Starmer empieza el año con buenos propósitos, pero hay otro dicho en inglés que también se le puede aplicar: el día de mercado es demasiado tarde para engordar al cerdo. Faltan tres años y medio para las próximas elecciones, pero muchos ya se han formado una opinión sobre el premier, y no va a resultar fácil cambiarla.

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