Donald Trump sabe que un texto escrito cuanto antes es todo lo necesario para transformar radicalmente el contenido de un vídeo a ojos de decenas de millones de ciudadanos Leer Donald Trump sabe que un texto escrito cuanto antes es todo lo necesario para transformar radicalmente el contenido de un vídeo a ojos de decenas de millones de ciudadanos Leer
No existe otro director mainstream que aprovechase sus años de esplendor como lo hizo Oliver Stone. En vez de ablandar su cine o atraparlo en un escaparate de egos, los repartos espectaculares de Oliver Stone parecían estar genéticamente diseñados para adaptarse a la personalidad de un director obsesivo que componía cada una de las escenas como si fuesen el clímax de la anterior. JFK tiene la misma estructura que Ciudadano Kane, una sucesión de entrevistas elevadas a la categoría de espectáculo visual gracias a la lujuria creativa de sus directores. Las dos cometen el mismo atrevimiento, mezclar datos reales con elucubraciones completamente ficticias como si todo fuese resultado de una misma investigación. Nadie juzga a Welles por cerrar la biografía no autorizada de Randolph Hearst con un trineo melodramático que nunca existió, pero JFK es más conflictiva. Sus patrañas, elevadas por una fotografía magistral, una banda sonora legendaria y Kevin Costner, tienen más presencia en el imaginario popular que los datos contrastados. Y su poderosa retórica sigue siendo a día de hoy la piedra fundacional de todo discurso conspiranoico.
Los asesinatos de Renée Good y Alex Pretti a manos de la policía migratoria estadounidense recibieron el mismo tratamiento de urgencia por parte de Donald Trump: postear a las pocas horas una descripción del suceso que se convierte automáticamente en la versión oficial. El problema es que, al adelantarse a la investigación en la escena del crimen, el relato se revela como una confesión de intereses políticos ¿Qué beneficio tiene arrojar un veredicto antes de tiempo? ¿Por qué tanta prisa? El momento más sobrecogedor de JFK es la repetición en bucle de un fragmento de la película de Zapruder. Vemos el cráneo de Kennedy estallando en partículas de celuloide una y otra vez mientras la voz de Jim Garrison repite la frase «hacia atrás… y a la izquierda», señalando los movimientos de cabeza de la víctima que demostrarían un impacto de bala frontal provocado por un tirador desconocido. En realidad, la cabeza de Kennedy empieza inclinándose hacia adelante, en el famoso fotograma 312 de Zapruder. Está incluido en la escena, pero el mantra que no dejamos de escuchar, «hacia atrás… y a la izquierda» lo vuelve imperceptible. Gracias a, literalmente, un ejercicio de hipnosis lo que escuchamos somete lo que vemos.
Renée Good no atropelló a nadie, Alex Pretti nunca enarboló su pistola. Lo hemos visto desde varios ángulos. Pero Trump sabe que un texto escrito cuanto antes es todo lo necesario para transformar radicalmente el contenido de un vídeo a ojos de decenas de millones de ciudadanos. Como si hubiese aprendido un principio mágico: si el público está hechizado de antemano una palabra vale más que mil imágenes.
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