Ir a la guerra contra Irán prometía cambiar Oriente Medio debilitando a un régimen considerado como villano y frustrando sus ambiciones nucleares. Para sus defensores más entusiastas, la guerra también transformaría el mundo al amedrentar a una China en ascenso. Demostraría cómo el control estadounidense sobre el flujo del petróleo deja a China en una posición vulnerable. Y reforzaría la capacidad de disuasión al contraponer la supremacía militar de Estados Unidos con la renuencia o incapacidad de China para proteger a sus aliados.
Xi Jinping sigue la enseñanza de Napoleón: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”
Ir a la guerra contra Irán prometía cambiar Oriente Medio debilitando a un régimen considerado como villano y frustrando sus ambiciones nucleares. Para sus defensores más entusiastas, la guerra también transformaría el mundo al amedrentar a una China en ascenso. Demostraría cómo el control estadounidense sobre el flujo del petróleo deja a China en una posición vulnerable. Y reforzaría la capacidad de disuasión al contraponer la supremacía militar de Estados Unidos con la renuencia o incapacidad de China para proteger a sus aliados.
Tras un mes de combates, esta lógica sigue pareciendo equivocada y arrogante. Así es, sin duda, como se ve desde Pekín. The Economist ha hablado con diplomáticos, asesores, académicos, expertos y altos cargos actuales y anteriores en China. Casi todos consideran que la guerra es un grave error por parte de Estados Unidos. Según dicen, China se ha mantenido al margen porque sus dirigentes comprenden el famoso principio atribuido a Napoleón Bonaparte, supuestamente pronunciado mientras sus enemigos abandonaban posiciones ventajosas en Austerlitz: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error.”
Muchos chinos creen que la guerra acelerará el declive de Estados Unidos. Ven la agresividad estadounidense como una confirmación del énfasis de Xi Jinping en la seguridad por encima del crecimiento económico. Además, esperan que la paz, cuando llegue, abra oportunidades que China podrá aprovechar. La preocupación, y la posibilidad de que China cometa un error de cálculo, solo están presentes en un segundo plano.
Primero, desde Pekín se considera que Estados Unidos arremete contra Irán porque siente que su poder está menguando. Como le ocurrió al Reino Unido en el siglo XIX, su impresionante despliegue de fuerza militar contrasta con su falta de propósito o contención. Trump ha despreciado el consejo de los expertos. Ha lanzado amenazas exageradas y, en el momento en que esto se publicaba, estaba a punto de dirigirse a la nación en medio de rumores sobre una posible retirada. Su falta de estrategia ha dejado a Estados Unidos a las puertas del fracaso.
Oriente Medio puede distraer a EE.UU. de Asia, donde se definirá el siglo XXI
Los expertos chinos esperan que la guerra alimente el discurso sobre el declive. Las reflexiones de Trump sobre una posible operación terrestre son una muestra de lo fácil que es que un paso mal calculado lleve al siguiente. Si Irán cae en el caos o el régimen logra mantenerse, Estados Unidos podría pasar años apagando fuegos en Oriente Medio. Si Irán busca hacerse con armas nucleares, es posible que Washington vuelva a ir a la guerra.
Todo eso distraería a Estados Unidos de Asia, donde, si China se sale con la suya, se definirá el siglo XXI. Esta guerra también inquietará a los países que dependen de Estados Unidos. No solo su aliado se ha vuelto menos fiable, sino que están pagando su temeridad con una energía y unas materias primas mucho más caras. ¿Se volverán entonces los países asiáticos más cautos a la hora de contrariar a China?
En segundo lugar, las autoridades chinas consideran que la guerra demuestra la sensatez del empeño de Xi en fomentar la autosuficiencia tecnológica y en materias primas, incluso cuando estos esfuerzos han ido en detrimento del crecimiento económico (que sigue siendo tozudamente y de forma innecesaria inferior a su potencial). Xi se ha esforzado por proteger a China frente al cierre de puntos estratégicos. Ha creado una reserva estratégica de crudo de 1.300 millones de barriles, suficiente para varios meses. Ha diversificado la generación eléctrica apostando por la energía nuclear, solar y eólica, manteniendo al mismo tiempo el uso de carbón extraído en el propio país. China está actuando con su habitual pragmatismo al facilitar el comercio de petróleo de Irán.

Xi también ha invertido en sus propios puntos de estrangulamiento como medida disuasoria frente a Estados Unidos. El año pasado, tras el aumento de los aranceles por parte de Trump, amenazó con restringir el suministro de tierras raras, esenciales para la electrónica y las tecnologías verdes. Aunque esta baza perderá fuerza a medida que Estados Unidos encuentre fuentes alternativas, Xi ya está buscando nuevos puntos de presión, como determinados principios activos farmacéuticos, algunos tipos de microchips y cuestiones logísticas. Su objetivo es que China domine las nuevas tecnologías, como la computación cuántica y la robótica.
Por último, la guerra generará oportunidades. Los países del Golfo e Irán sacarán a concurso jugosos contratos de reconstrucción. Muchos países preocupados por futuros embargos en el estrecho de Ormuz querrán adquirir tecnología verde china, incluidos equipos de fabricantes de energía solar, eólica y baterías, todos ellos con exceso de capacidad. Mientras Estados Unidos actúa de manera imprevisible, el pragmatismo cínico de China al menos resulta predecible.
China también cree que puede sacar partido de Estados Unidos. Tras debilitarse en Irán, Trump podría ser más fácil de abordar en las negociaciones. En la cumbre que mantendrá con Xi en Pekín en mayo, China espera sentar las bases de un acuerdo que limite el uso de aranceles y controles a la exportación por parte de Estados Unidos y que, posiblemente, establezca un marco para la inversión china en el país. El escenario ideal para China sería que Trump afirmara que Estados Unidos se opone a la independencia de Taiwán y apoya una reunificación pacífica, un giro respecto a la ambigüedad calculada de la formulación original de Henry Kissinger.
Sin embargo, el optimismo de China se ve atenuado por la ansiedad. A los expertos les sorprende la forma en que las fuerzas armadas estadounidenses están utilizando la inteligencia artificial para coordinar operaciones. Esa es otra razón para descartar la idea de que Xi tenga prisa por invadir Taiwán. Como ha demostrado Irán, la guerra es impredecible. Y si Estados Unidos está en declive, la guerra será innecesaria. Otras preocupaciones son económicas. Si la guerra se prolonga, el daño para China y sus exportaciones aumentará, aunque otros países sufran más.
A pesar de su análisis realista, China tiene un punto ciego estratégico. Los pensadores chinos son demasiado reacios a imaginar un escenario en el que Estados Unidos actúe como una potencia fuera de control, desmontando el orden mundial que él mismo construyó. Aunque a China le gusta quejarse de los valores occidentales, ha prosperado bajo unas reglas que Estados Unidos se ha esforzado en mantener.
Un planeta inestable sería incómodo para China. El desorden global perjudicaría su crecimiento basado en las exportaciones, una preocupación para un partido cuya legitimidad se apoya en la prosperidad, el orden férreo y la excepcionalidad china.
Ese escenario podría acompañar al declive de Estados Unidos. Pero no necesariamente. Ante los cambios tecnológicos y políticos, Estados Unidos ha demostrado en repetidas ocasiones una capacidad asombrosa para reinventarse. Por el contrario, China es cautelosa, está envejecida y atada a la ideología del partido. Hasta ahora, siempre que Estados Unidos no se hace cargo de la seguridad global, China ha mostrado poca disposición a intervenir.
China está apostando mucho a la idea de que Estados Unidos no logrará prosperar en medio de la anarquía que está provocando. Existe un futuro en el que Estados Unidos acepta la agitación y China se aísla. Ese futuro podría ser de Estados Unidos.
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