De las sagradas escrituras a nuestros días, el odio se ha servido fermentado en largos periodos de afrentas e inquina; frito y rebozado en chisporroteante desprecio; cocido o macerado al lado de las flatulentas legumbres del resentimiento, o simplemente salpimentado con una pizca de desdén Leer De las sagradas escrituras a nuestros días, el odio se ha servido fermentado en largos periodos de afrentas e inquina; frito y rebozado en chisporroteante desprecio; cocido o macerado al lado de las flatulentas legumbres del resentimiento, o simplemente salpimentado con una pizca de desdén Leer
El odio, no confundir con la furia, la ira y, mucho menos, con la desmesura que acompaña a la hibris de los griegos antiguos, forma parte del menú diario del ser humano desde antes incluso de la invención de la cocina. Expertos mantienen que cierta coloración rosácea del famoso bifaz (hacha) hallado en Atapuerca y bautizado como Excálibur no es más que un rastro fosilizado de un odio sanguinolento e inmemorial. «Hay tiempo para amar y tiempo para odiar», se lee en la Biblia (Eclesiastés 3:8) como testimonio quizá de lo conveniente de pautar su ingesta. El odio es sabroso, pero empacha. De las sagradas escrituras a nuestros días, el odio se ha servido fermentado en largos periodos de afrentas e inquina; frito y rebozado en chisporroteante desprecio; cocido o macerado al lado de las flatulentas legumbres del resentimiento, o simplemente salpimentado con una pizca de desdén.
La que traemos hoy es una receta sencilla, a la par que moderna, que no requiere tanto pericia como constancia. Lo primero es elegir bien y no confundir el odio con la rabieta. La segunda suele tener un gusto demasiado claro y preciso, el primero, en cambio y si es de buena calidad, no discrimina. Se dice, y vale como regla para discernir correctamente en el mercado, que el odio no tiene cura ni fin. La ira, en cambio, se viene abajo en cuanto se calma la disputa. Lo importante, ya saben, es el producto. Y no se dejen engañar por los odios fuera de temporada. Fíjese siempre en la especificación del envase. El odio caducado causa reflujo. Un odio para ser bueno no puede ser del gusto de todos y todo lo que gusta a unos es argumento suficiente para ser despreciado por los contrarios. El odio es como la casquería que agrada tanto como disgusta.
Una vez con el producto sobre la mesa de cocina, un error común es trocearlo, aplastarlo para que saque su jugo o, incluso, lavarlo o, peor, pelarlo. Para apreciarlo en lo que vale, el buen odio se debe mantener entero, con su cáscara y sin escrúpulos. El odio no necesita sutilezas ni razones, solo comensales. Colóquelo sobre la sartén, aplique fuego moderado y espere. En la espera, el odio sabe él solo elegir su momento. Hasta que haga chud, chud, chud. Antes, cuando no existía el fuego de inducción social, los tiempos eran largos, pero de efecto en el paladar casi irreversible. Hoy, gracias a los nuevos tiempos, el odio es más asequible, al alcance de todos los bolsillos y su tiempo de preparación se ha acortado mucho. Es más, cuanto más crudo, mejor. Eso sí, su sabor, como todo en estos tiempos, es menos intenso, más efímero. Solo queda servirlo y esperar que haga efecto y estimule el comentario agrio. Chud, chud.
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