Groenlandia, y por extensión Dinamarca, no es el único país miembro de la OTAN y aliado histórico de Estados Unidos amenazado por el expansionismo de Donald Trump. Ni siquiera es el único con acceso al codiciado Ártico, con recursos minerales críticos como las tierras raras, con una posición geoestratégica para interceptar misiles rusos y chinos o con poca población en relación a su tamaño.
El presidente estadounidense responde desde Davos al aplaudido discurso del primer ministro: “Canadá existe gracias a Estados Unidos”
Groenlandia, y por extensión Dinamarca, no es el único país miembro de la OTAN y aliado histórico de Estados Unidos amenazado por el expansionismo de Donald Trump. Ni siquiera es el único con acceso al codiciado Ártico, con recursos minerales críticos como las tierras raras, con una posición geoestratégica para interceptar misiles rusos y chinos o con poca población en relación a su tamaño.
Hace algo más de un año, Trump sorprendió al mundo cuando dijo que Canadá, su vecino y aliado más cercano, debería pasar a ser el 51º Estado de Estados Unidos. El presidente no había mencionado la idea en ningún momento de la campaña electoral, al igual que tampoco advirtió al pueblo de su intención de atacar Venezuela y “gobernarla” tras capturar a su dictador, ni su pretensión de dar pasos similares en Groenlandia, Panamá, Cuba, Colombia, México o Irán.
“Las potencias intermedias debemos actuar juntas, porque, si no estamos en la mesa, estamos en el menú”
Pero ese es hoy el mundo que Trump nos ha dejado. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, advirtió el martes sobre el rol que deben jugar las “potencias intermedias”, como Europa, ante el abandono del orden multilateral y el llamado “mundo basado en normas”. En el discurso más aplaudido de la cumbre de Davos, avisó de la “ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad dura, en el que la geopolítica de las grandes potencias no está sometida a límites ni a restricciones”.
Ante esa realidad, llamó a sus aliados a unir fuerzas: “Las potencias intermedias no son impotentes. Tenemos la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados”. Y sentenció: “Las potencias intermedias debemos actuar juntas, porque, si no estamos en la mesa, estamos en el menú”.
La amenaza de anexión de Canadá, así como la desavenencia de Trump con Justin Trudeau, el predecesor de Carney, deterioró enormemente hace un año las relaciones entre los dos países norteamericanos, que con Joe Biden habían gozado de un gran momento. Como herramienta de presión, Trump aprobó aranceles para las importaciones del país con el mismo argumento que utilizó contra México: que no han hecho lo suficiente para controlar la entrada de inmigrantes y drogas como el fentanilo. Bajo esa excusa, estaba condenando a Canadá a un precipicio económico, pues alrededor del 75% de sus exportaciones van a EE.UU.
La primera reunión oficial de Carney, en su primera semana en el poder, fue con Trump en la Casa Blanca, donde se mostró capaz de manejar la situación: le dijo que “Canadá no está en venta, y nunca lo estará”, y abogó por tender puentes de cordialidad con el presidente estadounidense.
La tensión entre los dos países se ha relajado desde entonces, pero la amenaza de anexión de Canadá sigue viva. Horas antes del discurso del primer ministro en Davos, Trump publicó en su red social una imagen en la que aparecía un mapa del mundo en el que Canadá, Groenlandia y Venezuela estaban coloreados con la bandera estadounidense.
Desde Davos, Carney citó al expresidente checo Václav Havel para avisar que “el poder de los sin poder empieza con la honestidad”, es decir, el reconocimiento de su realidad. Ante el auge de superpotencias no regidas por el orden internacional, desde Europa y Canadá históricamente “hemos tendido a apaciguar, a evitar problemas y esperar que el apaciguamiento traiga seguridad”. “No ocurrirá”, sentenció.
Sin mencionar a EE.UU. ni a Trump por su nombre en ningún momento, todo su discurso fue una referencia velada a las acciones del presidente. Mostró su apoyo “firme” a Groenlandia y Dinamarca y su oposición a “los aranceles relacionados con Dinamarca”. Y subrayó cómo Washington “ha empezado a utilizar esa integración como arma: los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. No se puede seguir viviendo dentro de la mentira del beneficio mutuo cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”.
Carney viajó la semana pasada a Pekín y afianzó su “asociación estratégica” con China para reducir la dependencia de EE.UU.
Carney ya ha comenzado a predicar con el ejemplo. La semana pasada, viajó a Pekín para reunirse con el presidente chino Xi Jinping, con quien firmó una nueva “asociación estratégica” que incluirá la reducción por parte de Canadá de sus aranceles a las importaciones de vehículos eléctricos chinos y la rebaja por parte de China de los aranceles a los productos canadienses de canola. A su salida, Carney afirmó que Pekín trabaja dentro de un “nuevo orden mundial”, que es “un aliado más predecible” que EE.UU. y, prediciendo el discurso que daría el martes en Davos, explicó que se acerca a China porque “aceptamos el mundo tal como es, no como nos gustaría que fuera”.
Ayer, desde el mismo estrado, Trump respondió a Carney durante su largo discurso en el Foro Económico Mundial. Visiblemente enfadado por su giro estratégico, o por el hecho de que su discurso fuera tan ovacionado, reavivó la amenaza de anexión, así como la posible ruptura del acuerdo de libre comercio entre EE.UU., México y Canadá: “Reciben muchas cosas gratis de nuestra parte. Por cierto, deberían estar agradecidos, pero no lo están. Ayer vi a su primer ministro. No estaba muy agradecido. Deberían estarlo con nosotros. Canadá existe gracias a Estados Unidos. Recuérdalo, Mark, la próxima vez que hagas declaraciones”.
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