Anna Bosch: “El prestigio profesional de un periodista es más importante que quedar bien con un político”

Anna Bosch (Barcelona, 1963) recibirá este jueves 5 de noviembre el premio Ofici de Periodista 2026, el máximo reconocimiento del Col·legi de Periodistes de Catalunya, por una trayectoria de más de cuatro décadas marcada por el rigor, la independencia y la vocación de servicio público, especialmente en el ámbito de la información internacional.

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 La periodista, jubilada de RTVE desde hace unos meses, recibirá el jueves el Premio Ofici de Periodista en reconocimiento a una larga trayectoria marcada por su labor como corresponsal internacional  

Anna Bosch (Barcelona, 1963) recibirá este jueves 5 de noviembre el premio Ofici de Periodista 2026, el máximo reconocimiento del Col·legi de Periodistes de Catalunya, por una trayectoria de más de cuatro décadas marcada por el rigor, la independencia y la vocación de servicio público, especialmente en el ámbito de la información internacional.

Jubilada de RTVE desde hace unos meses, le cuesta desconectar de la actualidad y, sobre todo, echa de menos la posibilidad de estar sobre el terreno y aportar contexto, bagaje y perspectiva, pero no se arrepiente de la decisión. Además, las colaboraciones puntuales en programas como Cafè d’idees, con Gemma Nierga, y su participación en charlas y mesas redondas le permiten seguir haciendo periodismo internacional, ahora de una manera más sosegada, afirma.

¿Cuál fue su primera reacción cuando le comunicaron que recibiría el premio Ofici de Periodista?

Mucha satisfacción y agradecimiento, pero, sobre todo, incredulidad. He desarrollado casi toda mi carrera en el extranjero y, cuando he trabajado en España, ha sido principalmente en la redacción de Madrid. Sentía que no estaba demasiado en el radar de la comunidad periodística catalana, a pesar de haber estado siempre a disposición de RTVE en Sant Cugat y de haber seguido haciendo periodismo en catalán.  Por eso, el reconocimiento del Col·legi me produjo una doble satisfacción: sentí que mi trayectoria no había caído en saco roto y que, en Catalunya, no se habían olvidado de mí como periodista catalana.

Cuatro décadas de trayectoria, la mayoría como corresponsal. ¿Qué aptitudes hay que tener?

Las mismas que cualquier periodista: curiosidad y ganas de aprender continuamente. También hay que tener una manera de ser que te lleve a no echar raíces en ningún sitio y a priorizar las ganas de recorrer y descubrir mundo.  En mi caso, esta vocación viene de pequeña. Mi primera aspiración no era ser periodista, sino encontrar una manera de ganarme la vida que me permitiera viajar y vivir en distintos países. Más adelante pensé que quizá el periodismo me lo permitiría. Y, efectivamente, así ha sido.

Anna Bosch vive a caballo entre Madrid y Badalona 
Anna Bosch vive a caballo entre Madrid y Badalona JUDITH DE LA HINOJOSA

¿Hay que pagar algún precio?

Hay que asumir las contrapartidas: te pierdes muchas celebraciones familiares, quizá no estableces determinadas relaciones o no acabas formando una familia tradicional. Yo no tengo hijos. Hay periodistas internacionales, sobre todo mujeres de mi generación, que sí los tienen, pero son una minoría. Todo se complica un poco. Hay que asumirlo sin que se convierta en una carga demasiado pesada.

Ha sido corresponsal de RTVE en Moscú, Washington y Londres. ¿Qué destacaría de cada una de esas etapas?

Moscú fue el mayor choque cultural. Era mi primer destino internacional, todavía era una periodista muy inexperta y me encontré con un idioma que no dominaba y con una cultura y una manera de razonar completamente diferentes. Estuve allí entre el final de la etapa de Yeltsin y la llegada de Putin, en una Rusia postsoviética. Descubrí que aquello que llamamos sentido común es, muchas veces, una construcción cultural aprendida: cosas que para ti son muy lógicas, allí no lo son en absoluto.

¿Y Washington?

La etapa más apasionante desde el punto de vista periodístico. Sigue siendo, aunque está en declive, la capital del mundo, sobre todo para nosotros, los occidentales.  Durante aquellos años tenía que estar pendiente de todo, porque prácticamente nada de lo que ocurría en el mundo era ajeno a Estados Unidos. Una guerra en Oriente Medio, las fluctuaciones del precio del petróleo, un acuerdo medioambiental o un golpe de Estado: todo tenía implicaciones para Washington. Y, a la inversa, lo que sucede allí sigue repercutiendo en nosotros.

“Mi primera aspiración no era ser periodista, sino encontrar una manera de ganarme la vida que me permitiera viajar y vivir en distintos países”

¿Y Londres?

La etapa más polifacética. El abanico de informaciones que tenía que cubrir era muy amplio: desde la política hasta la monarquía, el fútbol, la música, la moda o la economía. Cubría el final de los gobiernos laboristas y el regreso de los conservadores, acontecimientos de la familia real, como la boda del príncipe heredero y el funeral de la reina, y los Juegos Olímpicos de 2012. 

También seguí de cerca el fútbol, con muchos jugadores y entrenadores españoles en la Premier League, y tuve que hacer las crónicas de las muertes de Alexander McQueen y Amy Winehouse. Incluso llegué a entrevistar a Mick Jagger. Además, me tocó cubrir la crisis del euro y todo lo que sucedía en la City mientras el Reino Unido todavía formaba parte de la Unión Europea.

Antes de todo eso, también vivió una temporada en Lyon.

Lyon fue una etapa anterior. Empecé haciendo información cultural en Barcelona, primero en la radio, con información local y municipal, y después en TVE. Pero tenía ganas de recorrer mundo y vivir en otros países. En 1992, después de la Guerra del Golfo y del auge de la CNN, se anunció la creación de Euronews, la CNN europea. Pensé que era mi oportunidad, me presenté al proceso de selección y lo superé. 

Empezamos a emitir el 1 de enero de 1993, coincidiendo con la entrada en vigor del Tratado de Maastricht y el nacimiento de la Unión Europea. Aquel otoño de 1992 y los primeros meses de 1993 marcaron el inicio de mi trayectoria en la información internacional, que he continuado desde entonces.

¿Hay algún acontecimiento que haya cubierto que la haya marcado especialmente, profesional o personalmente?

De fuera, hay dos; de aquí, uno. El primero es Rusia, especialmente la guerra de Chechenia y episodios como los atentados o el caso del submarino Kursk. Aquellas experiencias me hicieron tomar conciencia de una realidad muy dura: en Rusia, el concepto de ciudadano prácticamente no existe y la vida de la gente corriente tiene poco valor para el poder. La vida depende de la posición que ocupas: si no tienes poder, no vales nada. Da igual que mueras en un atentado, en Chechenia o, ahora, en Ucrania, o que te dejen morir dentro de un submarino porque el Gobierno se niega a rescatarte. Al poder le da igual tu vida. La población lo tiene asumido. De ahí viene el famoso fatalismo ruso y su resignación.

¿El segundo?

La campaña que llevó a Barack Obama a convertirse en el primer presidente negro de Estados Unidos también me marcó. Más allá de la elección, me impactó comprobar hasta qué punto el legado de la esclavitud y la segregación sigue vivo. Todavía persiste una manera de mirar a las personas negras, sobre todo a los hombres, como si fueran inferiores, casi infrahumanos. Y eso, en parte, ayuda a explicar el éxito de Trump.

¿Y qué experiencia la marcó en España?

La cobertura de un reportaje de Informe semanal, en 2002, sobre la excavación de fosas comunes de la Guerra Civil en Babia, entre León y Asturias. Cuando llegué allí con el equipo, la gente mayor todavía tenía miedo de hablar, a pesar de los años transcurridos desde la guerra y la muerte de Franco. Pero, cuando empezaron a aparecer los huesos, se produjo una especie de catarsis. Aquellos ancianos, que habían estado en el bando republicano, empezaron a repetir: “No estábamos locos”. Ante la evidencia de las fosas comunes, perdieron el miedo y comenzaron a dejarse entrevistar delante de la cámara.

La mayor parte de su trayectoria la ha desarrollado en RTVE. ¿Trabajar en un medio público conlleva una responsabilidad añadida?

Todos los periodistas deberíamos sentir la misma responsabilidad social. El problema no somos tanto los profesionales como las empresas periodísticas. Las privadas, desgraciadamente, no siempre tienen el periodismo como prioridad: forman parte de conglomerados con intereses económicos que se anteponen a los periodísticos y que, en ocasiones, están dispuestos a sacrificar la ética y la función democrática del periodismo para proteger otros intereses empresariales o políticos. 

En los medios públicos ocurre algo parecido. Ahora bien, cuando empiezas a trabajar en ellos de joven, como me ocurrió a mí, te inculcan un marco deontológico: hay cosas que no se pueden hacer en un medio público. Esa cultura te marca, aunque también tiene sus límites. Con los años, constato con tristeza que ningún partido político en España quiere realmente unos medios públicos independientes. Seguimos arrastrando la idea, heredada de la dictadura, de que los medios públicos forman parte del botín electoral. Esa inercia todavía no ha desaparecido.

“Soy crítica con que una parte de la ciudadanía no busque información para entender la realidad, sino para confirmar sus propias ideas, y elija los medios en función de sus afinidades políticas”

Ha podido observar cómo trabajan los medios públicos británicos y franceses. ¿Ha encontrado grandes diferencias?

En Francia y en el Reino Unido no existe una injerencia política tan directa como en España. En Francia, según me cuentan periodistas veteranos, la cohabitación —cuando el presidente y el primer ministro pertenecen a partidos diferentes— supuso un cambio importante: los medios públicos ya no podían ser la voz de un único poder, porque había dos. Eso amplió el margen de libertad de los periodistas, ya que lo que desagradaba a uno podía convenir al otro.

En cuanto a la BBC, existe una cultura muy arraigada que entiende que los políticos están de paso. El prestigio profesional del periodista debe estar por encima de quedar bien con el poder. Los gobiernos pasan, pero los periodistas deben seguir trabajando y ganándose el respeto de la sociedad. Eso solo se consigue manteniendo las distancias con los políticos, haciendo preguntas y fiscalizándolos.

¿Cómo ve hoy la relación entre los medios de comunicación y los ciudadanos en una sociedad tan polarizada como la actual?

Una parte de la ciudadanía no busca información para entender la realidad, sino para confirmar sus propias ideas, y elige los medios en función de sus afinidades políticas. Soy crítica con el periodismo que hacemos, pero también con esa demanda de información. Hay una parte del público que no quiere medios independientes, sino medios militantes, y creo que aquí tenemos un déficit importante. La polarización agrava la fragilidad democrática.

¿Hasta qué punto la precariedad laboral condiciona la libertad de los periodistas para defender su trabajo?

La precariedad dificulta enormemente la independencia profesional. Si tienes un sueldo escaso y un contrato temporal, con la incertidumbre de perder el trabajo, te lo piensas dos veces antes de plantarte ante las presiones editoriales. Yo misma he tenido que rebelarme contra decisiones que no reflejaban lo que había visto sobre el terreno. Por eso creo que los periodistas que hemos disfrutado de cierta estabilidad laboral somos los primeros que debemos denunciar estas situaciones. No podemos pedir a quienes empiezan que se planten si nosotros no lo hacemos antes.

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