El nuevo primer ministro británico, estrena su mandato con una batería de rebajas fiscales, cuya incierta financiación pone en duda su viabilidad Leer El nuevo primer ministro británico, estrena su mandato con una batería de rebajas fiscales, cuya incierta financiación pone en duda su viabilidad Leer
Cada mañana, el Reino Unido se despierta con una reducción de la presión del Estado sobre su cartera. El martes, fue la eliminación, durante seis meses, del IVA de la luz. El miércoles, un recorte en el precio máximo de los billetes de los autobuses públicos. Y el jueves, de los gravámenes de los pubs, los locales en los que se toca música en directo y, también, de determinados clubs sociales, como los de veteranos de guerra. Para el nuevo primer ministro, Andy Burnham, que tomó posesión del cargo el lunes, así es como debe actuar lo que él llama el «Gobierno del coste de la vida». Así, el nuevo jefe del Gobierno británico se ha convertido en un socialista que baja los impuestos.
Son bajadas, sin embargo, simbólicas. Eliminar el IVA tendrá, como mucho, un impacto de una décima en el Índice de Precios de Consumo (IPC), que ahora está en el 2,6%. La bajada de los precios del autobús -que, además, no va a ser aplicada a la capital, Londres- tendrá un efecto menor, lo mismo que la de la fiscalidad de centros sociales, pubs y locales de música en vivo. Las medidas, además, tienen excepciones. Londres queda fuera del recorte del billete del autobús.
Lo mismo pasa con la reducción del 20% del business rate de los pubs y demás centros de ocio. Porque el business rate es una especie de Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) nacional a la británica para las empresas. Aunque bajarlo a los pubs tiene su impacto -en promedio, cada establecimiento se ahorrará unas 1.100 libras, o sea, unos 1.300 euros-, los demás seguirán pagándolo. Y eso incluye a absolutamente todas las compañías del Reino Unido que ocupan un inmueble: desde el taller de la esquina hasta la gigantesca planta metalúrgica de British Steel en Scunthorpe, que ocupa 795 hectáreas.
Burnham, así, ha beneficiado a 32.000 establecimientos. Y los ha escogido por su simbolismo entre la opinión pública. Pero no al resto del empresariado. Ni tan siquiera a la hostelería. El presidente de la patronal de la hostelería UKHospitality, Allen Simpson, reaccionó el jueves a la decisión del Gobierno con un duro «los restaurantes están pasando por tantas dificultades como los pubs, mientras que los hoteles afrontan una subida media del business rate del 110% este año».
Desde el punto de vista político, éstas son decisiones muy inteligentes. Son pequeñas, pero muy visibles para el ciudadano medio, que las puede traducir rápidamente a libras y peniques, cosa que ninguna macromagnitud es capaz de conseguir. Para el primer ministro, además, se trata de una prioridad no solo en términos de popularidad sino, también, de política económica. Porque la preocupación por la inflación de Burnham es real. Si se bajan los impuestos, cabe esperar que, al menos, se reduzcan algo las tensiones sobre los precios. Y para el Gobierno son técnicamente muy sencillas porque son decisiones administrativas que no requieren trámite parlamentario.
El problema es que una sucesión de descuentos no es una estrategia económica. Y ahí Londres está maniatado por una deuda pública que en junio alcanzó el 94,9% del PIB, cuatro décimas más que un año antes pese al duro ajuste fiscal impuesto por el predecesor de Burnham, Keir Starmer. Con el precio del barril de petróleo Brent por encima de los cien dólares debido a la reanudación de la guerra entre Estados Unidos e Irán, parece poco probable que la inflación vaya a bajar bajando la fiscalidad de los ‘pubs’ y, así, el precio de la cerveza.
Aunque las medidas anunciadas son una gota de agua en el océano del gasto público británico, los números que el Ejecutivo ha dado para explicar que no van a impactar el déficit, no cuadran.
La eliminación del IVA eléctrico costará unos 850 millones de libras (1.000 millones de euros), que el Gobierno afirma que compensará por medio de la cancelación del DNI digital que Starmer había lanzado, cuyo presupuesto era de 1.800 millones de libras en tres años. Pero ahí está el truco: Starmer solo había dicho que esos 1.800 millones iban a salir de recortes del gasto – que nunca especificó – de otros proyectos. Así que, en último término, sigue faltando saber cómo se va a pagar el plan. Si acaso, Burnham, muy hábilmente, ha recortado el gasto previsto, al cancelar al DNI digital y reemplazarlo con la eliminación del IVA; cuyo coste va a ser un 53% menor.
Algo similar pasa con el límite de dos libras en los autobuses. Su factura estimada es de 454 millones de libras (530 millones de euros). La estrategia del Gobierno para compensarlo es transformar en préstamos parte de las subvenciones del Estado británico a proyectos de lucha contra el calentamiento de la Tierra en el mundo en vías de desarrollo.
Eso, a su vez, ha desatado las iras de una parte de la izquierda, que coincide con las declaraciones de Romilly Greenhill, la directora ejecutiva de la plataforma Bond, que agrupa a más de 330 ONGs de ayuda al desarrollo, quien ha acusado a Burnham de «seguir saqueando la menguada ayuda británica al desarrollo», ya de por sí muy ‘tocada’ desde que Starmer decidió recortar esa partida para aumentar el gasto en defensa. Finalmente, la rebaja del ‘business rate’ costará unos 100 millones de libras anuales (117 millones de euros) y será costeada recortando las exenciones fiscales de algunos negocios que, según Downing Street, no contribuyen de manera positiva a la sociedad británica, como las tiendas de ‘vapeadores’, y endureciendo la lucha contra el fraude del IVA en las plataformas digitales que venden productos de terceros. De nuevo, son medidas sin concretar.
Sobre el papel, Burnham no está aumentando el déficit: está cancelando un programa, reasignando partidas, sustituyendo subvenciones por préstamos y buscando nuevos ingresos tributarios. La cuestión es si esas compensaciones son reales, suficientes y políticamente sostenibles. Entretanto, la rentabilidad e la deuda británica ha marcado esta semana su máximo desde el mes de mayo, exactamente cuando empezó a plantearse la posibilidad de que Burnham forzara la dimisión de Starmer. Esta vez el alza se ha debido más a la guerra de Irán que a otra cosa. Pero el margen de Londres sigue siendo muy pequeño.
Actualidad Económica // elmundo
