El director de ‘Tardes de soledad’ es el primer nominado a los Goya en la categoría de Mejor director con un documental Leer El director de ‘Tardes de soledad’ es el primer nominado a los Goya en la categoría de Mejor director con un documental Leer
En septiembre de 2024, en pleno Festival de San Sebastián, Albert Serrahizo detonar Tardes de soledad, la película documental sobre la figura del toreo Andrés Roca Rey, y por tanto sobre la tauromaquia, con la repulsa o la fascinación que esta pudiera despertar. Una cinta que durante 16 meses ha impactado, desagradado, sorprendido, triunfado… como parte del cóctel de riesgo al que el cineasta catalán ha entregado siempre su carrera.
«Nunca pensé en lo que le pasaría a esta película ni cómo sería. Yo no pienso en esos términos». Lo dice Albert Serra, entre la firme convicción y la sutil provocación que maneja, en una sala del hotel Dorint de Berlín en el marco de los Premios del Cine Europeo durante un encuentro con un reducido grupo de prensa española. Lo que le ha pasado a Tardes de soledad es competir al mismo tiempo en la categoría de documental y película dramática en esa gala -sin obtener premio-. Lo que le ha pasado al catalán es tener su primera nominación a los Goya como mejor director, siendo el único que lo ha hecho con un documental. Y lo que ha pasado, así en general, es que la película se ha convertido por radical en un fenómeno global desde un hecho nacional como pueda ser la tauromaquia.
«Eso no me preocupa demasiado [llegar a mucho público], siempre se está mejor en el underground. Se está más cómodo. No es lo mismo estar trabajando para la gloria que estar trabajando para ganar dinero. La motivación es otra, las dificultades de la vida las encajas de otra manera. Lo otro si no hay dinero, ya se acabó y todo es un valle de lágrimas», señala el cineasta catalán, ahora afincado en Bilbao y en pleno proceso de montaje de Out of this world, su próxima película sobre -digamos, por decir algo- el viaje de una delegación estadounidense a Rusia en plena guerra de Ucrania. «No sé si será una comedia o política, no sé si será una farsa o una cosa visionaria. No tengo ni idea de cuál va a ser el mensaje de mis películas, yo solo escojo las mejores imágenes o las que me atraen a mí personalmente». Y sigue: «No soy como otros que ya tienen la película hecha hace medio año y están allí durmiendo y pensando. No, yo en el último momento, que es una gran virtud española: la improvisación y la anarquía. Que es todo lo contrario a lo que pasa en otros lugares de Europa. No hay que prever tanto, joder porque al final no vives. Si todo es preparación de la vida, no hay vida».
Quiere la casualidad que el año grande del catalán coincida además con el de Oliver Laxe. Los dos españoles que han crecido alejados de lo comercial, que han ido profundizando en lo radical y que, ambos afrancesados, compartieron ya gloria en la sección Un certain regard del Festival de Cannes del año 2019 -con Liberté y Lo que arde-. Pero Serra, siempre uno, solo y radical. «Yo no voy con nadie más que conmigo mismo, no me metáis en el saco de otras personas que hacen cosas que no tienen nada que ver con las mías. Yo no he visto esta película [Sirat], no sé nada de ella y llevo mucho tiempo solo ya. Estoy muy bien donde estoy, no molesto a nadie y que no me molesten a mí tampoco porque no quiero meterme en ningún saco con nadie más. Ni tengo maestros ni quiero formar parte de ningún club ni de ningún éxito ni de nada que no sea yo mismo en solitario».
Lo mismo se le puede aplicar a su cine y, por supuesto, a todas sus opiniones. Las que tiene sobre el futuro de las salas: «Hace 20 años nadie veía que todo iba a cambiar, yo sí pero nadie me creía. El cine medio va a desaparecer, llevo predicando esto desde 2006 que me hicieron la primera entrevista. No es que yo fuera un genio, pero un poco más avispado que el resto sí era. O si no desaparece, al menos lo va a hacer otra gente que lo tiene mucho más a mano, que son los americanos. […] No sé cuál será el cine del futuro, a lo mejor tendrás que darle un masaje a la gente porque ya estarán tan tullidos de todos los golpes que habrán recibido de la vida y tendrá que ser gratis quizás también. Lo que sí sé es que van a ver imágenes diferentes de las que te ofrecen las plataformas. ¿De qué manera van a ser diferentes? No lo sé, si lo supiera…». O la que tiene sobre la creación misma: «Que no haya un plan premeditado ya es mucho. La idea es que propones una cosa y el público tiene que seguirla. En esto sí que son buenas las películas que tienen éxito. Hay otras que llevan una cantidad de caspa, no las voy a citar, pero van de modernas y llevan una de caspa, que hay que pasar hasta el cepillo. Pero hay unas que sí son más chocantes en algún aspecto, aunque sea parcial, y sí tienen valor. Luego dirás estéticamente que son un sinsentido o te preguntarás qué aportan desde un punto de vista artístico profundo. Ese es otro debate, pero como mínimo es algo».
Sorprendentemente, hay algo en lo que Albert Serra sí se siente parte de un todo, lo europeo, la preminencia de un cine de autor que se imponga a las tensiones políticas globales. «Las artes europeas, nuestra cultura, es muy vanguardia todavía, la gente intenta copiarnos y llegar a nuestro nivel. Con nuestra generosidad, intentamos incluso entender las cosas de otros sitios y buscar el valor. Somos muy generosos y aún así continuamos siendo los mejores. Ahora impera el dinero o gente que no se entera, pero nuestras artes, donde el cine es el ejemplo máximo, relativamente funcionan. El fracaso de la Unión Europea es que solo hicieron una unión económica que ni siquiera lo es porque es un desastre, nunca pensaron que esto era una cosa muy importante. Hubo un tiempo que la gente se empezaba a interesar por África, que está muy bien, o por Asia, pero yo no caí en esta tentación. Y ahora volverán».
Y allí estará Serra. O quizás no.
Cultura // elmundo
