Primero fue un ruido ensordecedor y repentino, como de una tormenta o los motores de un avión que volara muy bajo. Y después fue el silencio, un silencio mortal que todavía dura hoy, sesenta años después de la tragedia de Aberfan, cuando se hundió la escombrera de una mina de carbón en ese pequeño pueblo del País de Gales, y una avalancha de cuarenta mil metros cúbicos de residuos –barro, piedras, restos de hulla– sepultaron una hilera de casas y la escuela primaria.
Hace 60 años, un pequeño rincón de Gales perdió de golpe a toda una generación en un mar de escombros
Primero fue un ruido ensordecedor y repentino, como de una tormenta o los motores de un avión que volara muy bajo. Y después fue el silencio, un silencio mortal que todavía dura hoy, sesenta años después de la tragedia de Aberfan, cuando se hundió la escombrera de una mina de carbón en ese pequeño pueblo del País de Gales, y una avalancha de cuarenta mil metros cúbicos de residuos –barro, piedras, restos de hulla– sepultaron una hilera de casas y la escuela primaria.
En la tragedia murieron 116 niños (la mayoría de entre cinco y diez años) y 28 adultos, por una combinación de negligencia de las autoridades y mala suerte. Negligencia, porque los vecinos llevaban años advirtiendo de que la escombrera era inestable y podía pasar algo así, sin que nadie moviera un dedo. Y mala suerte, porque todo habría sido diferente si el accidente se hubiera producido al día siguiente, cuando empezaban las vacaciones, o incluso un cuarto de hora antes, cuando las clases de ese viernes maldito aún no habrían comenzado.
Los familiares de las víctimas del desastre minero fueron tratadas con clasismo, desdén y condescendencia
Eran las 9.13 h de la mañana del 21 de octubre, y los niños acababan de sentarse en sus pupitres de madera para el último día antes de la pausa otoñal. El asunto principal en la agenda era cantar un himno religioso, y que los maestros aconsejaran evitar actividades de riesgo durante las vacaciones, como subirse a los árboles o cruzar las vías del tren, sin imaginar que el mayor peligro estaba allí mismo acechando. Algún perezoso convenció a sus padres para quedarse durmiendo, otros fueron persuadidos de ir al colegio a cambio de comprar un puñado de golosinas en el colmado que había en el camino. Sería el último pequeño placer que conocerían.
Llevaba más de una semana lloviendo sin cesar en los valles mineros del sur de Gales, nada extraño. Las precipitaciones se sumaron a las aguas subterráneas sobre las que se habían acumulado diez veces más residuos de carbón de los que en teoría podía soportar la escombrera, que se hundió de repente. Niños y maestros de la escuela de Pantglas vieron aterrorizados cómo una ola negra se precipitaba sobre ellos y se apagaban las luces, sin tener tiempo más que para esconderse debajo de los pupitres o detrás de los pizarrones. Solo sobrevivieron aquellos (25 infantes y 8 profesores) que milagrosamente tuvieron tiempo de escapar por una ventana o encontraron una burbuja de aire para aguantar hasta que fueron rescatados. El último afortunado fue sacado de entre los desechos a las 11 de la mañana; luego, solo cadáveres. El reloj, ahora en un museo, quedó parado para siempre en las 9.13 h.
Hace sesenta años, Aberfan, en el valle del río Taff, no era bonito, pero sí un pueblo vibrante, con cinco mil habitantes, todo tipo de comercios y establecimientos de ocio (dos carnicerías, dos pescaderías, dos cines, una escuela de arte dramático, salas de baile, bandas de música, un coro y numerosas actividades culturales). La vida no era fácil, pero todo el mundo tenía trabajo en la mina y en las fábricas textiles y de acero.

Hoy las aguas del río discurren cristalinas, con truchas y salmones, en vez de arrastrar todo tipo de residuos. La colina donde estaba la mina (que cerró en los años ochenta) ha sido reforestada con pinos y no queda ni rastro de la escombrera, pero la población ha quedado reducida a la mitad y Aberfan es un lugar deprimente, monocromo, sin chimeneas que echen humo negro, pero triste, víctima de la desindustrialización y la austeridad como tantos otros en Gales, Escocia y el norte de Inglaterra, con bibliotecas y centros de recreo cerrados, casas de apuestas, supermercados baratos y salones para hacerse la manicura en lugar de pubs y tiendas de ropa. Donde estaba la escuela hay un jardín conmemorativo con una placa, y en el cementerio local, una sección con las tumbas de lápidas blancas y un arco de los 116 niños que murieron. En un momento, en 1966, toda una generación fue borrada de la faz de la tierra. La generación perdida.
Por aquel entonces las minas estaban nacionalizadas, y el gobierno de Harold Wilson eludió todo tipo de responsabilidad. Las víctimas fueron despreciadas con esa prepotencia que pueden tener los británicos de clase alta, y tan solo los padres que pudieron demostrar haber sufrido daños psicológicos recibieron una indemnización de 500 libras esterlinas de la época, de la que se les descontó el dinero para eliminar la escombrera, como si su existencia hubiera sido responsabilidad suya. La reina, a regañadientes, solo visitó Aberfan nueve días después de la tragedia.
Sesenta años más tarde, los vecinos de Aberfan siguen traumatizados, no quieren hablar de lo que ocurrió aquel día en que perdieron hijos o hermanos y miran con suspicacia a los visitantes. Impera la ley del silencio.
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