En la muerte de un futbolista

Hay gente muy enferma. Tan podrida por dentro que urge caminar con la nariz tapada para protegerse del hedor que desprende su presencia. Su quebradura moral es absoluta. No hay en ellos ni un ápice del mínimo de vergüenza exigible. Una horda de carroñeros embrutecida y hedionda, eso es lo que son. Un entusiasta y sanguinario pelotón de fusilamiento que actúa como juez y verdugo al mismo tiempo: ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Disparen! Disfrutan añadiendo muertes civiles a las muertes físicas. Pretenden enterrar a los vivos junto a los muertos.

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 Hay gente muy enferma. Tan podrida por dentro que urge caminar con la nariz tapada para protegerse del hedor que desprende su presencia. Su quebradura moral es absoluta. No hay en ellos ni un ápice del mínimo de vergüenza exigible. Una horda de carroñeros embrutecida y hedionda, eso es lo que son. Un entusiasta y sanguinario pelotón de fusilamiento que actúa como juez y verdugo al mismo tiempo: ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Disparen! Disfrutan añadiendo muertes civiles a las muertes físicas. Pretenden enterrar a los vivos junto a los muertos.Seguir leyendo…  

Hay gente muy enferma. Tan podrida por dentro que urge caminar con la nariz tapada para protegerse del hedor que desprende su presencia. Su quebradura moral es absoluta. No hay en ellos ni un ápice del mínimo de vergüenza exigible. Una horda de carroñeros embrutecida y hedionda, eso es lo que son. Un entusiasta y sanguinario pelotón de fusilamiento que actúa como juez y verdugo al mismo tiempo: ¡Carguen! ¡Apunten! ¡Disparen! Disfrutan añadiendo muertes civiles a las muertes físicas. Pretenden enterrar a los vivos junto a los muertos.

Perdone el lector la vehemencia. Pero es que no hay otra manera de referirse a la horda de miserables que desde el anonimato o a cara descubierta abonan desde el martes la tesis de que el portero del Andorra Jesús Owono es un homicida, en el mejor de los casos, o un asesino, en el peor.

El ensañamiento al que se ha sometido a Owono sería menor si su color de piel no fuera el negro

Carga en su conciencia y sin remedio este hombre con la muerte de su compañero de profesión, el delantero del equipo tinerfeño Jesús de Miguel. Y habrá de soportar también las graves e irreparables consecuencias que su acción antideportiva va a acarrearle en lo personal y profesional. Nada comparable con quien perdió la vida a causa de su rodillazo, cierto. Nada exculpa su acción, equiparable, si dejamos a un lado el desenlace, a otras protagonizadas con anterioridad por otros futbolistas. Solo que lo que ha pasado está ahí y no puede borrarse, pues de resultas ha fallecido un jugador.

La muerte de Jesús de Miguel convierte este caso en único y diferencial. De ahí que también deban serlo las consecuencias para Owono. Pero el inhumano encarnizamiento que se ha cernido sobre el portero del Andorra estos días es impropio en el seno de una sociedad que se pretende civilizada. Añado, por mi cuenta y riesgo, sin pruebas pero también sin dudas, que el despellejamiento sería menos si su color de piel no fuera el negro.

Afortunadamente, las gentes del fútbol, por otra parte los únicos que saben de lo que hablan por pasarse la vida compitiendo en el césped, sí han sido comedidos y respetuosos en sus reacciones. Saben, por experiencia, que por imprudente y temeraria que fuera la acción de Owono no cabe contar entre sus objetivos el de provocar un daño extremo e irreparable como el que finalmente acon­teció.

No se trata de exculpar a Owono, pues las acciones también cabe medirlas y penalizarlas por sus consecuencias. Pero levantar con urgencia un cadalso para ajusticiarlo por la vía rápida y en cualquier plaza, confundiendo la indignación con el derecho a etiquetarlo de homicida o asesino, es otra cosa. Honremos a Jesús de Miguel como merece y dejemos que las instituciones que son competentes para pronunciarse hagan el trabajo que los demás ni sabemos, ni podemos ni debemos hacer. Descanse en paz, Jesús de Miguel.

 Deportes

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