Los hispanos que llevaron a Trump al poder le dan la espalda dos años después

La preocupación por el inasumible precio de la cesta de la compra y la gasolina es un factor transversal en la población estadounidense. También lo son el hastío por las guerras interminables en Oriente Medio, iniciadas por un presidente que prometió la paz, o la corrupción del mandatario que más se ha enriquecido en el ejercicio del poder en la historia de Estados Unidos. A la larga lista de argumentos para votar en contra del Partido Republicano hay que sumarle la crueldad de su policía migratoria, los recortes sanitarios y la deriva autoritaria del presidente, que ha gobernado en los dos últimos años con un ritmo récord de órdenes ejecutivas inconstitucionales.

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 La sangría republicana se extiende a todos los grupos de la población, pero es pronunciada en el sector que más crece en EE.UU.  

La preocupación por el inasumible precio de la cesta de la compra y la gasolina es un factor transversal en la población estadounidense. También lo son el hastío por las guerras interminables en Oriente Medio, iniciadas por un presidente que prometió la paz, o la corrupción del mandatario que más se ha enriquecido en el ejercicio del poder en la historia de Estados Unidos. A la larga lista de argumentos para votar en contra del Partido Republicano hay que sumarle la crueldad de su policía migratoria, los recortes sanitarios y la deriva autoritaria del presidente, que ha gobernado en los dos últimos años con un ritmo récord de órdenes ejecutivas inconstitucionales.

Estos y otros motivos explican, según un análisis preliminar del recuento, todavía en marcha, que todos los grupos de la población –incluida la clase trabajadora blanca–hayan girado hacia la izquierda en estas elecciones legislativas de medio mandato. Pero hay un sector que fue determinante para el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en las presidenciales del 2024, que dos años después ha vuelto a dar la espalda al Partido Republicano de forma muy contundente: los latinoamericanos, el grupo que más crece en EE.UU., donde ya representa el 16% de la población con derecho a voto.

Sin el poder del voto latino no se explicaría la elección, cuatro décadas después, de un demócrata en el Senado por Texas, James Talarico, así como de la primera gobernadora hispana en la historia de este estado fronterizo, Gina Hinojosa. Ambos triunfos fueron impulsados por amplias mayorías en los distritos del sur de Texas, fronterizos con México, que concentran algunas de las regiones con mayor concentración latina del país. El avance de los demócratas es tal que han mantenido los escaños a la Cámara de Representantes que habían sido manipulados por los republicanos de Texas, y de otra decena de estados del país, con el objetivo de diluir su representación en las zonas urbanas.

El giro de los latinos, un grupo muy heterogéneo, es evidente incluso en los lugares donde han perdido los demócratas, como Florida. Allí reside una gran proporción de exiliados de dictaduras socialistas como la cubana, venezolana o nicaragüense, lo que explica que históricamente hayan tendido al voto conservador. Pero el resultado de estas midterms muestra una tendencia muy preocupante para los republicanos: si Trump se impuso en el 2024 por 13,1 puntos de margen, el martes la candidata republicana al Senado, Ashley Moody, ganó por tan solo 3 puntos frente a la socialista Angie Nixon.

La congresista republicana María Elvira Salazar, representante de Florida, ya envió en septiembre un contundente mensaje de alerta a Trump y a todo el Partido Republicano: “Señor presidente, algunos de sus esfuerzos para hacer cumplir las leyes de inmigración han ido demasiado lejos. Los mismos hispanos que le ayudaron a llegar a la Casa Blanca en el 2024 se sienten hoy traicionados”.

Trump se llevó en el 2024 el 48% del voto latino; en las midterm, los republicanos lograron el 34%, según el sondeo de Fox News

La ruptura de la popular legisladora con el líder supremo del partido, en un anuncio televisivo pagado por su campaña, resultó llamativa e inesperada, pero las urnas le han terminado dando la razón. Salazar representa al 27º distrito de Florida, al sureste del bastión conservador, donde vive más de un 60% de población hispana –la mitad de ellos de origen cubano– y donde fue reelegida en el 2024 por un margen de 20 puntos. Anoche, ganó su distrito por un margen mucho más estrecho: 0,4 puntos.

Trump triunfó en el 2024 gracias a que aproximadamente el 48% de los latinoamericanos votaron por él, un récord histórico para un candidato republicano. El martes, los conservadores se llevaron el 34% del voto latino, según la encuesta a pie de urna de la cadena Fox News. El pronunciado declive se explica por el desencanto general de la población hacia las políticas de Trump, que han sido especialmente dañinas para los hispanos.

Las redadas indiscriminadas en los lugares de trabajo, de culto y las escuelas han generado un clima de miedo entre los latinoamericanos, muchos de los cuales temen salir de casa para realizar actividades laborales, religiosas y educativas. Más de 94 personas han muerto en manos del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) o la Patrulla Fronteriza desde que Trump regresó al poder, ya sea asesinadas, durante operaciones migratorias o bajo su custodia. La mayoría son de origen hispano, a pesar de que los casos que más han trascendido son los tiroteos a los estadounidenses blancos Alex Pretti y Renée Good.

El presidente prometió llevar a cabo “la mayor operación de deportación de la historia”, a un ritmo superior al millón de personas al año. También dijo que se iba a centrar primero en “lo peor de lo peor” y después en personas que hubieran cometido algún delito. Ese discurso caló entre el electorado de origen latinoamericano, cansado de ver la llegada de nuevos inmigrantes, a los que veía como una amenaza para su propio trabajo y estatus. Sin embargo, ni ha logrado deportar al ritmo que prometió –lleva un ritmo de 400.000 personas al año–, ni se ha centrado en los delincuentes, pues el 70% de los detenidos carecen de condenas o cargos anteriores. Esta política ha resultado destructiva no solo para las familias trabajadoras, también para los empresarios que contratan a unos empleados que suelen aceptar salarios menores.

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