La temperatura de 63 grados ya era famosa por guardar el secreto para cocinar el huevo perfecto. Pero ahora define un nuevo límite para la biología, gracias al inesperado descubrimiento de la llamada “ameba de fuego”, una nueva especie capaz de prosperar a esa temperatura máxima. Este diminuto ser unicelular, hallado en aguas termales, es la primera forma de vida compleja que alcanza esa frontera. Los 63 °C no solo son letales para animales y plantas, sino también para los microbios que causan enfermedades, desde hongos y protozoos con sofisticados ciclos vitales hasta la mayoría de bacterias, que son organismos cuya simpleza les da mayor resistencia.
El descubrimiento de esta nueva especie, en aguas termales de un parque volcánico de California (EE UU), amplía los límites para encontrar seres vivos tanto en la Tierra como en otros mundos
La temperatura de 63 grados ya era famosa por guardar el secreto para cocinar el huevo perfecto. Pero ahora define un nuevo límite para la biología, gracias al inesperado descubrimiento de la llamada “ameba de fuego”, una nueva especie capaz de prosperar a esa temperatura máxima. Este diminuto ser unicelular, hallado en aguas termales, es la primera forma de vida compleja que alcanza esa frontera. Los 63 °C no solo son letales para animales y plantas, sino también para los microbios que causan enfermedades, desde hongos y protozoos con sofisticados ciclos vitales hasta la mayoría de bacterias, que son organismos cuya simpleza les da mayor resistencia.
Desde los años 1970, la ciencia daba por hecho que 60 grados era el límite para los seres vivos con células complejas —como las nuestras, que tienen núcleo y orgánulos internos—. Tampoco los autores de este descubrimiento, que publica este martes la revista científica Cell, esperaban encontrar esta asombrosa ameba, que además cambia de forma muy rápidamente. Y menos aún, hallarla en un arroyo cualquiera del parque volcánico Lassen, en California (EE UU).
Beryl Rappaport, investigadora principal del estudio, explica a EL PAÍS que el objetivo de su expedición “era el lago Boiling Springs [que en inglés significa manantiales hirvientes], una espectacular masa de agua burbujeante y de color turquesa”. “Allí íbamos a buscar otra ameba, que es capaz de sobrevivir hasta a 54 grados en ese lago con condiciones de acidez extrema”, prosigue. Pero la curiosidad les llevó a, de camino, tomar muestras en un arroyuelo sin nombre, de aguas transparentes. “Podría parecer aburrido para los senderistas que pasan a diario por ahí, pero a nosotros nos llamó la atención porque era el único de la zona que en sus aguas tenía un pH neutro, en lugar de ácido”, añade Rappaport.
Aquella intuición fue clave. De vuelta a su laboratorio en la Universidad de Siracusa (en el estado de Nueva York), esta bióloga relata cómo se encontraron “con que las dos únicas muestras del arroyo, comparadas con los múltiples frascos que recogimos en el lago, contenían mucha más diversidad microbiana. Y en ellas estaba la ameba de fuego”. Rappaport y su equipo le han puesto ese apodo a la nueva especie, además del nombre científico Incendiamoeba cascadensis, que hace referencia en latín al fuego y a la cordillera de las Cascadas, donde está el parque volcánico en el que la hallaron.

Aunque al principio no encontraron nada en esas dos muestras del arroyo, después de una semana al calor de la incubadora del laboratorio, la ameba de fuego apareció a la vista en el microscopio. Los autores de este estudio comprobaron cómo crecía a sus anchas a 57 grados —el anterior límite para esos seres unicelulares— y comenzaron a subir la temperatura. Comprobaron que seguía alimentándose y reproduciéndose hasta los 63 grados. Seguía moviéndose hasta un grado más; y a partir de ahí, se enquistaba para poder sobrevivir hasta un máximo de 70 grados, recuperando sus funciones vitales al bajar a una temperatura normal. Para ella, la normalidad está entre 42 y 63 grados. No es que soporte un calor por encima de lo que para nosotros es fiebre altísima, es que lo necesita para vivir: es un ser termófilo.
Además, la ameba de fuego sorprendió por su extraordinaria capacidad para cambiar de forma. En su estado normal, es una masa amorfa y lenta que se alimenta de bacterias termófilas filamentosas y alargadas, “enroscándose alrededor de ellas, doblándolas y engulléndolas casi como si estuviera sorbiendo espaguetis”, explica Rappaport, quien añade que su otro estado, en forma de gusano, “les da una rapidez que parece útil para escapar cuando la temperatura del agua se sale de su zona de confort”.
El hallazgo de la ameba de fuego es un nuevo caso de serendipia, una combinación de suerte, curiosidad y perseverancia tan presente en grandes descubrimientos de la historia de la ciencia. Angela Oliverio, coautora del estudio, afirma: “Nuestra investigación traspasa los límites de lo que la ciencia pensaba que era posible”. Su estudio amplía a nuevos entornos, más calientes, la búsqueda de vida compleja, tanto en la Tierra como en otros mundos. Pero de momento, reivindica el récord batido por la ameba de fuego, aunque solo sea por unos grados: “Cada vez que se bate un nuevo récord mundial en el deporte, se celebra incluso si es por milisegundos. Deberíamos hacer lo mismo con estos pequeños avances en el conocimiento”, sostiene Oliverio.
Dentro de las formas de vida compleja —los denominados seres eucariotas—, algunas especies de algas rojas y de hongos ya habían demostrado prosperar hasta los 60 grados. Y aunque había indicios de que las amebas podían llegar a esos límites, nadie lo había estudiado con detenimiento. En los entornos naturales de temperaturas extremas, los científicos se centran en organismos procariotas (como bacterias y arqueas), más simples biológicamente, pero también más resistentes. El récord absoluto lo tiene una arquea, la Methanopyrus kandleri, capaz de crecer y reproducirse a 122 grados; mientras que, entre las bacterias, la Geothermobacterium ferrireducens puede hacer su vida normal hasta llegar a los 100 grados. Y si no se trata de prosperar, sino simplemente de sobrevivir, los campeones son los osos de agua: estos animales microscópicos entran en un estado latente que les permite aguantar hasta los 150 grados.
Según el nuevo estudio, la ameba de fuego usa mecanismos celulares para reparar su ADN y mantener estables las proteínas, lo que le permite aguantar las altas temperaturas. Son sistemas análogos a los que usan bacterias y arqueas. Y si las proteínas termoestables producidas así por esos organismos más simples han encontrado grandes aplicaciones en biotecnología (han sido esenciales para desarrollar pruebas genéticas como la PCR), Oliverio defiende que su hallazgo abre la puerta a estudiar más amebas y otros microbios complejos “para encontrar una nueva generación de proteínas resistentes al calor que podrían tener un gran impacto en agricultura y medicina”.
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