Benjamin List, Premio Nobel: “A los químicos siempre nos han visto como una fuerza oscura, malos, algo tóxicos”

Benjamin, Nobel de Química, en Madrid.

Benjamin List, nacido en Fráncfort hace 58 años, ganó el Nobel de Química de 2021 junto a su colega David MacMillan por descubrir una nueva vía en la química: la catálisis orgánica asimétrica. Cualquiera que conozca las terribles deformaciones en bebés provocadas por la talidomida entenderá la importancia de su hallazgo. Aquella tragedia médica de los años cincuenta y sesenta se debía a que había dos moléculas quirales, es decir, una imagen especular de la otra. Una era inocua, pero su pareja generaba malformaciones en los recién nacidos. El hallazgo de List abrió a la humanidad la posibilidad de producir moléculas de interés sin generar otras simétricas. Esto tiene aplicaciones inmensas en el desarrollo de medicamentos, y también en la nueva química verde, que pretende reducir el impacto medioambiental de la producción de combustibles o fármacos.

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 El descubridor de la catálisis orgánica asimétrica defiende el potencial de la disciplina para solucionar los mayores problemas de la humanidad  

Benjamin List, nacido en Fráncfort hace 58 años, ganó el Nobel de Química de 2021 junto a su colega David MacMillan por descubrir una nueva vía en la química: la catálisis orgánica asimétrica. Cualquiera que conozca las terribles deformaciones en bebés provocadas por la talidomida entenderá la importancia de su hallazgo. Aquella tragedia médica de los años cincuenta y sesenta se debía a que había dos moléculas quirales, es decir, una imagen especular de la otra. Una era inocua, pero su pareja generaba malformaciones en los recién nacidos. El hallazgo de List abrió a la humanidad la posibilidad de producir moléculas de interés sin generar otras simétricas. Esto tiene aplicaciones inmensas en el desarrollo de medicamentos, y también en la nueva química verde, que pretende reducir el impacto medioambiental de la producción de combustibles o fármacos.

List viene de una familia de artistas y científicos. Su tía, Christiane Nüsslein-Volhard, ganó el Nobel de Medicina en 1995. Actualmente dirige el Instituto Max Planck de Investigación del Carbón, en Alemania, un centro creado hace más de 100 años que está actualmente especializado en catálisis para, entre otras cosas, deshacer los problemas generados por la quema de combustibles fósiles. En esta entrevista, ofrecida antes de impartir una conferencia en la Fundación Ramón Areces de Madrid, el químico habla de las múltiples aplicaciones de esta tecnología, como producir uno de los aromas más agradables y codiciados del mundo.

Pregunta. ¿Cuál es el mayor problema actual que puede resolver la química?

Respuesta. El cambio climático es la madre de todos los problemas. Es tan inmenso que parece demasiado grande para la química. Desde este campo podemos solucionar problemas en la escala de los cientos de millones de toneladas. Pero la cantidad de dióxido de carbono involucrada en el cambio climático es 1.000 veces mayor. Ahora hemos dado con una posible vía: la fotosíntesis artificial. Descomponemos el dióxido de carbono en sus elementos básicos, carbono y oxígeno. Y aquí entra la belleza de la química, porque esto permite afrontar el problema en su escala total, usando el carbono para otros procesos o devolviéndolo a la tierra de donde salió.

P. ¿Cómo de lejos están de conseguirlo?

R. Relativamente lejos. Se hace el chiste de que la energía de fusión nuclear está siempre a 40 años de hacerse realidad. En la fotosíntesis artificial estamos mucho más cerca; es una idea mucho menos alocada.

P. ¿Cree que la química y los compuestos químicos tienen mala fama en nuestra sociedad?

R. Llevo en esto desde 1999, y a los químicos siempre nos han visto como una fuerza oscura, malos, algo tóxicos. Esa es la percepción que hay. Y no quiero confrontarla demasiado, porque me siento como Don Quijote luchando contra los molinos cuando defiendo las bondades de la química. A lo mejor que podemos aspirar es a una ignorancia neutra por parte de la mayoría, que no se opongan a ella, y en eso hemos progresado.

P. ¿Por qué esa mala fama?

R. Nunca dejaré de repetir que la química ha alargado nuestra esperanza de vida; tenemos una vida más sana, mejores medicinas contra virus e infecciones. Toda la revolución de la biología molecular no habría sido posible sin la química sintética.

P. ¿Tiene algún ejemplo?

R. Sí, estamos dándole forma a una empresa que hace aromas naturales, perfumes, que reproduce compuestos idénticos a los que se extraen del petróleo crudo para estos fines. Usamos química sintética para copiar esa molécula. Es mucho más sostenible que extraer petróleo o cortar árboles.

P. ¿Qué tipo de aromas pueden crear?

R. Uno proviene de las ballenas. Estos mamíferos sufren heridas en el colon debido a los picos de los calamares que se comen. Como resultado producen una sustancia cerosa para protegerse, que después expulsan en forma de piedras de hasta 10 kilos, que flotan en el mar durante años, hasta que la encuentra algún pescador, las parte por la mitad, y de su interior sale uno de los perfumes más agradables que se puedan imaginar. Es un material muy escaso. Contiene unos 16 compuestos isoméricos, con la misma fórmula química, pero solo uno de ellos huele tan bien. Ahora, gracias a la organocatálisis, tenemos la posibilidad de producir ese compuesto sin necesidad de recurrir al producto original, el ámbar gris.

P. ¿Le preocupa que la inteligencia artificial acabe con el factor humano en los grandes descubrimientos?

R. Espero que siempre haya necesidad de inteligencia humana. Consideremos el problema de plegamiento de proteínas, uno de los mayores de la biología. Lo resolvió Demis Hassabis, un maestro del ajedrez y la computación. Soy un gran defensor de la inteligencia artificial y el aprendizaje automático en ciencia. Pero dicho esto, estos sistemas reposan sobre un enorme repositorio de datos generados por humanos durante décadas. Para crear algo realmente nuevo, en mi campo, no he visto que la IA haya sido aún capaz de resolver un problema importante. Aunque probablemente llegue a hacerlo.

P. Usted ha defendido la importancia de aburrirse.

R. Trabajo en la novena planta de un edificio de Mülheim. Es una ciudad aburrida; parece que todos los días son domingo. Pero esa paz, esa quietud, es muy estimulante cuando empiezas a dibujar moléculas sobre un papel e imaginas reacciones químicas. De ese aburrimiento pueden salir las mejores ideas.

P. La ciencia actual está basada en la competición, a veces despiadada, para ser el primero en descubrir algo y publicarlo ¿Tiene sentido?

R. Soy muy partidario de que no fuera así. Que, por ejemplo, todos mis experimentos fueran públicos y cualquier otro científico pudiera comentar. Así tal vez me avisarían de errores antes de cometerlos. Se parecería un poco al socialismo y al comunismo, que son ideas bellas: todos trabajamos juntos, no hay pobreza ni tampoco ricos. Es una idea genial, pero hasta ahora no ha funcionado. Creo que ser competitivos está en nuestra naturaleza. A veces el impulso por ser el primero llega a la estupidez, pero es muy humano fijarse siempre en el primero y no en el segundo.

P. En 2004, su hijo estuvo desaparecido durante horas tras el peor tsunami de la historia reciente, y eso le hizo reconsiderar qué es lo importante en la vida. ¿Qué pasó?

R. Fue una experiencia reveladora. Las personas tenemos unos deseos muy sofisticados: quiero ser el primero en publicar, ganar el premio Nobel, hacerme rico, conocer a mi alma gemela. Todos tenemos esas imaginaciones y, aunque las perseguimos, sabemos que esas cosas no nos harán felices. Cuando sales de una experiencia así, en la que piensas que has perdido a tu hijo, en ese momento entiendes qué es lo importante. El problema es que, sumidos en las batallas del día a día, lo volvemos a olvidar.

P. Su colega David Macmillan le apostó 1.000 dólares a que lo del Premio Nobel era una broma telefónica. ¿Llegó a pagarle?

R. ¡Sí! Me los dio oficialmente en Estocolmo, y yo luego los doné a una organización benéfica que él creó. Hay otra anécdota de ese día. Yo siempre decía que estaba en un coffee shop en Ámsterdam desayunando con mi mujer cuando me llamaron del Nobel. Ahora ya siempre puntualizo que era una cafetería. El caso es que cuando le cogí el teléfono a Goran Hansson, de la Real Academia sueca, se presentó y le corté para decirle que era un gran honor, etc, hasta que me interrumpió él a mí: “Un momento, no le he dicho para qué le llamo aún”. ¿Te imaginas que llamase solo para pedirme el teléfono de MacMillan? ¡Qué pesadilla! [risas].

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