Washington compra yenes tras el desplome de la divisa japonesa y busca proteger tanto a su principal aliado en Asia como a la economía estadounidense Leer Washington compra yenes tras el desplome de la divisa japonesa y busca proteger tanto a su principal aliado en Asia como a la economía estadounidense Leer
A bordo del Air Force One, Donald Trump quiso vender la última operación financiera de su Administración con una de esas frases que mezclan diplomacia y provocación. «La intervención fue una muestra de amistad«, dijo sobre el rescate del yen japonés. Y, casi sin transición, remató con uno de sus chistes recurrentes sobre el aliado asiático: «Japón siempre se ha portado muy bien con nosotros, con la excepción, claro está, de Pearl Harbor».
En Tokio ya conocen esa broma. Y no les hace ninguna gracia. La referencia al ataque de 1941 vuelve cada cierto tiempo al repertorio del presidente estadounidense y ya provocó momentos de incomodidad durante la visita que la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, realizó a Washington a principios de este año. Pero el Gobierno nipón ha aprendido a ignorar los exabruptos de su principal socio estratégico. Cuando el paraguas de seguridad de Estados Unidos se extiende ahora también sobre la moneda nacional, cualquier comentario ofensivo pasa a un discreto segundo plano.
La verdadera noticia fue que, por primera vez en más de una década, EEUU intervino directamente en el mercado de divisas para sostener el yen, coordinándose con las autoridades japonesas después de que la moneda alcanzara su nivel más bajo frente al dólar desde 1986. Washington y Tokio decidieron actuar cuando un dólar llegó a cambiarse por 163 yenes, un umbral que disparó todas las alarmas en las dos orillas del Pacífico.
La operación comenzó el 31 de julio. Mientras el Tesoro estadounidense vendía euros para comprar yenes, el Gobierno japonés realizaba adquisiciones masivas de su propia moneda. El efecto fue inmediato. En apenas unos días el tipo de cambio retrocedió hasta el entorno de los 157 yenes por dólar, una recuperación suficiente para enviar un mensaje a los mercados: la Casa Blanca estaba dispuesta a respaldar al debilitado yen.
La noticia saltó rápido de la prensa japonesa a las páginas de los principales diarios financieros internacionales porque no se trataba de un movimiento habitual. Las grandes potencias apenas intervienen para defender la moneda de otro país. La última vez que Washington acudió al rescate del yen fue tras el terremoto y el tsunami de 2011, y antes de eso durante la crisis financiera asiática de 1998.
Análisis de estos días publicados en Bloomberg y Nikkei coinciden en que la decisión estadounidense refleja hasta qué punto la debilidad de la divisa japonesa ya no es un problema exclusivamente local. El yen no es una moneda cualquiera. Es la tercera más negociada del planeta, solo por detrás del dólar y el euro. Cada sacudida en su cotización repercute sobre bancos, fondos de inversión, empresas exportadoras y bancos centrales de medio mundo.
Japón arrastra desde hace tres décadas un crecimiento anémico, una inflación históricamente baja y unos tipos de interés que durante años se mantuvieron en niveles cercanos a cero e incluso negativos para intentar reactivar la economía. Aunque el Banco de Japón inició el pasado año una tímida normalización monetaria, la diferencia con los elevados tipos de interés estadounidenses continúa favoreciendo al dólar.
A ese problema estructural se ha sumado este año el incremento del coste de la energía provocado por la guerra de EEUU contra Irán. El archipiélago asiático importa la inmensa mayoría del petróleo y del gas que consume. Cada subida del precio del crudo castiga directamente a hogares e industrias, alimentando la inflación.
Los consumidores japoneses han visto cómo se disparaban las facturas de la gasolina, la luz o muchos alimentos importados. Pero, cuando su moneda pierde valor, las grandes multinacionales japonesas venden mejor sus productos en el extranjero y los turistas disfrutan de un Japón mucho más barato. Esa es una de las razones por las que el país ha encadenado cifras récord de visitantes internacionales.
En Washington, en cambio, entienden que un dólar excesivamente fuerte resta competitividad a las exportaciones estadounidenses al encarecer sus productos. Además, los medios estadounidenses destacan que existe una preocupación todavía mayor en el Departamento del Tesoro: Japón posee más de 1,1 billones de dólares en bonos del Tesoro estadounidense.
Si Tokio necesitara liquidez para seguir defendiendo el yen por su cuenta, podría verse obligado a vender parte de esa gigantesca cartera. Esa venta elevaría los tipos de interés de la deuda estadounidense en un momento especialmente delicado para unas cuentas públicas que ya superan los 39 billones de dólares de endeudamiento. En otras palabras, la Administración Trump también protege el mercado de su propia deuda.
El principal impulsor de esta estrategia ha sido el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, uno de los miembros del gabinete de Trump que mejor conoce Japón por su etapa como gestor de fondos de inversión. Tras la operación, prometió que Washington hará «todo lo que sea necesario» para ayudar a estabilizar la divisa japonesa, al considerar que un desplome prolongado del yen podría desencadenar nuevas devaluaciones competitivas en Asia y generar turbulencias financieras que terminarían perjudicando también a EEUU.
Sus palabras fueron interpretadas en Tokio como mucho más que un simple respaldo diplomático. También como una señal política dirigida al Banco de Japón para que continúe normalizando su política monetaria. «Los comentarios de Bessent deben de ser música para los oídos de los halcones dentro del Banco de Japón», resumía Naomi Muguruma, estratega jefe de renta fija de Mitsubishi UFJ Morgan Stanley Securities. «Me da la impresión de que una subida de tipos en septiembre es prácticamente un hecho».
En Japón, donde la alianza con Washington constituye el eje de toda su política exterior desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la intervención ha sido interpretada como una demostración de que ese vínculo estratégico ya no se limita a portaaviones, bases militares o escudos antimisiles. Ahora alcanza al mercado de divisas.
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