Siria nunca se ha clasificado para el Mundial. El fútbol, como en todos los países de Oriente Próximo, es el deporte rey, pero todo lo que ha conseguido la selección nacional es una repesca contra Australia que la hubiera llevado a jugar en Rusia-2018.
Siria nunca se ha clasificado para el Mundial. El fútbol, como en todos los países de Oriente Próximo, es el deporte rey, pero todo lo que ha conseguido la selección nacional es una repesca contra Australia que la hubiera llevado a jugar en Rusia-2018.Seguir leyendo…
El cinismo que ha envuelto el Mundial de la FIFA se percibe también en Siria. El sistema nervioso que convierte el fútbol en negocio político y empresarial se extiende ahora sobre las ruinas que ha dejado la guerra en Siria.
Siria nunca se ha clasificado para el Mundial. El fútbol, como en todos los países de Oriente Próximo, es el deporte rey, pero todo lo que ha conseguido la selección nacional es una repesca contra Australia que la hubiera llevado a jugar en Rusia-2018.
El fútbol es política, negocio y religión secular, un imperio global que la FIFA administra a su voluntad. El campeonato del mundo que organiza cada cuatro años es un espectáculo planetario en el que participan actores de todo tipo. Los muy, muy importantes ocupan los palcos y las cámaras no les quitan ojo. Sobre el césped, los jugadores despliegan su talento, pero son actores secundarios. Que jueguen bien y enciendan a sus aficiones hace ganar más dinero y más poder político a quien ya lo tiene. Los campeones se llevan la gloria deportiva y mejores contratos comerciales, pero, aún así, no dejan de ser empleados, ejemplos del mejor trabajador. Si el jefe les pone más partidos, ellos no se quejan porque cobran más.
Tampoco se quejan cuando el jefe se inventa un premio de la paz a medida del presidente estadounidense, un hombre violento que lleva cinco meses metido hasta el cuello en una guerra contra Irán que ha causado miles de muertos y puesto en aprietos a los países que viven del petróleo que sale por el estrecho de Ormuz.
Ninguna selección mostró solidaridad con el árbitro somalí al que no se le permitió entrar en Estados Unidos, ni con el equipo de Irán, que debió ir y venir de México para los tres encuentros que disputó. Es un silencio cómplice de una injusticia.

Durante la ceremonia de clausura, el actor Tom Cruise dio un sermón. Dijo que el torneo había unido al mundo, que esta es la grandeza del fútbol y que había que celebrarlo. La FIFA desplegó dos pancartas con estos lemas: “Acabar con la pobreza ahora” y “educación para todos”. El presidente de la FIFA dijo que el Mundial es “el evento cultural, social y humano más grande del que la humanidad haya sido testigo”. El presidente de Estados Unidos estuvo de acuerdo y por eso intentó subirse al podio con los jugadores de la selección española en el momento en el que alzaban el trofeo de campeones.
Hay, sin embargo, otra copa del mundo y está en Damasco. No es de oro, sino de hormigón. Se alza solitaria sobre las ruinas de Jobar, un suburbio en el que vivían 300.000 personas y que la dictadura de los Asad arrasó por completo entre 2014 y 2018. Hasta la caída del régimen en 2024 nadie podía entrar en el barrio y todavía hoy es difícil porque hay munición sin detonar.
Jobar era un bastión de los rebeldes y la copa del mundo es una torre de agua justo en la línea de confrontación. El nuevo gobierno quiere reconstruir el barrio con el mismo cinismo que la FIFA monta espectáculos futbolísticos, cinismo que, a su vez, es el mismo que despliega el presidente de Estados Unidos cuando propone que Gaza sea una gran promoción inmobiliaria a orillas del Mediterráneo.
El régimen sirio quiere apropiarse de las ruinas de un bastión rebelde para hacerse rico
Jobar está en un oasis, el oasis de Guta que rodea Damasco y que es su razón de ser. Sin agua no habría florecido la agricultura que alimenta a los pueblos que aquí se asientan desde hace 4.000 años.
El plan es que el nuevo Jobar sea tan buen negocio como un Mundial, es decir, un suburbio residencial y de oficinas con mucho metro cuadrado construido para familias y empresas que nada tengan que ver con el antiguo barrio.
En el 2028, cuando el 95% de los edificios estaban destruidos, la dictadura de Asad abrió un corredor para que los supervivientes se marcharan a Idlib y todavía hoy no han podido regresar. El nuevo régimen prefiere que no lo hagan ni que reclamen sus propiedades. A cambio, les ofrece el 50% del valor de los pisos y el 30% de lo que valían los huertos.
Cuando hace ocho años los supervivientes de Jobar llegaron a Idlib se encontraron con Ahmed Al Shara, que entonces era un líder guerrillero vinculado a Al Qaeda y hoy es el presidente de Siria.
Fue desde Idlib que Al Shara lanzó la ofensiva final sobre Damasco y entre sus filas había algunos guerrilleros de Jobar y de los otros suburbios del cinturón verde de Damasco.
La guerra acabó en el 2024, pero los antiguos habitantes de Jobar siguen luchando. Han sacado las pancartas y, de momento, su protesta ha frenado el proyecto inmobiliario.
La vida, mientras tanto, se abre paso en Damasco. El jueves por la tarde, inicio del fin de semana, los mercados que rodean la gran mezquita de los Omeyas estaban muy animados. Las familias compraban ropa, comían helados, cruasanes y lahmacun, la pizza siria.
Las familias y los amigos paseaban junto al muro romano que sostiene la mezquita. Los sillares contemplaban el jolgorio desde una profundidad de 2.000 años y acogían a la gente de esta nueva Siria sin preguntarles de dónde venían ni lo que habían hecho.
A un par de kilómetros de este bullicio, la copa del mundo de Jobar también es un testigo mudo de la condición humana. Nadie se acerca a preguntarle por los impactos de los proyectiles en su piel de hormigón y ella piensa que mejor así, porque sabe que el día que alguien quiera tocarla no será por amor.
Internacional
