El pianista madrileño inaugura la 49º edición del Getxo Jazz con un concierto antológico, prólogo de otras grandes citas que están por de la mano de Charles Lloyd o Immanuel Wilkins Leer El pianista madrileño inaugura la 49º edición del Getxo Jazz con un concierto antológico, prólogo de otras grandes citas que están por de la mano de Charles Lloyd o Immanuel Wilkins Leer
No se recuerda en la edad adulta del festival Getxo Jazz una inauguración a cargo de un jazzista nacional. El protagonista ha sido el pianista madrileño Moisés P. Sánchez, que firmó un nuevo concierto antológico impulsado con una energía creativa estratosférica, infinita. Suyo fue el mérito de ponerle argumentos y justicia al talento de nuestro jazz, junto a una poderosísima banda en la que igualmente lució el saxofonista tenor Javier Vercher, una suerte de Sonny Rollins valenciano en estado de dulce. Y el responsable… Mario Benso, que se estrenaba como nuevo director artístico de la cita vizcaína con toda una declaración de felices intenciones.
El pianista acudió para presentar la segunda entrega de su disco Dedication, grabado hace poco más de tres lustros en Nueva York. Desde entonces, mucho y bien ha crecido la música de Moisés, descubriéndose ahora con una madurez cargada de ideas transversales y panorámicas, contadas con desarrollos rítmicos y armónicos imposibles, conectadas a mil músicas y, sobre todo, a un fuego creativo e improvisador total, y una espiritualidad que en la primera anoche getxotarra apenas dio tregua al respiro. La práctica totalidad de este Dedication II es un torrente de música viva arrojada cuesta abajo y sin freno, en el que el bebop se diluye en unas composiciones aderezadas con gestos deconstruidos de blues, guiños funk, construcciones clásicas contemporáneas, arrebatos rockeros… una oda a todas las buenas músicas.
El despliegue pianístico abruma por la contundencia técnica, sí, pero más por la naturalidad expresiva con la que se cuenta. Interpretaron las piezas del registro, colocando en el medio del recital una obra cumbre, The Monk, un homenaje a Thelonious en el que Vercher no encuentra límites a su inspiración. Vaya con el niño, que diría su paisano Perico Sambeat, un nuevo líder de nuestro jazz que uno quiere creer ya lo era antes de que se marchase a Nueva York. A su regreso, el xiquet se ha traído todas las técnicas y escuelas saxofonísticas norteamericanas, y todas las emociones de los Coltrane o Rollins. Más las suyas propias.
El pianista suma a la delantera del proyecto las voces de Cristina Mora, que hace canciones con sonidos. Y en la retaguardia rítmica, el contrabajista Toño Miguel y la baterista Naima Accuña, sustituyendo al titular de la plaza, Borja Barrueta. Todo fue perfecto y, una vez más, la palabra jazzística de Moisés se hizo verbo necesario. Entiéndasenos, que el jazz no tiene fronteras, pero a esta prioridad nacional yo sí me apunto…
Extraordinaria sesión inaugural, pues, que dispuso a la tarde del concierto de otro gigante de las blancas y las negras Daniel García Diego, en una jornada que prologó los buenos momentos que le aguardan, con las comparecencias de esa leyenda que es Charles Lloyd, dos figuras llamadas a ocupar un sitio de honor en el olimpo jazzístico, Immanuel Wilkins y Camille Thurman y ese tributo moreno liderado por el panista cubano Pepe Ribero, Sketches of Latin Miles, en el centenario del nacimiento de Miles Davis. Y sin olvidarnos su concurso europeo de grupos, donde se atestigua el jazz que nos visitará mañana.
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