La piel de una persona habla de ella, de su forma de ser o de sus rutinas diarias. Las famosas patas de gallo despiertan a cada sonrisa, y muestran la alegría hecha surcos. Las manchas afloran con los años, muchas cultivadas por la exposición al sol, mientras que por aquí y por allá pueden aparecer cicatrices de viejos duelos con el tiempo y con la enfermedad, muescas que son fruto del daño reparado y vivo tejido victorioso sobre la adversidad. Como en los seres humanos, los seres vegetales también enseñan cuerpos en los que leer su devenir: de dónde proviene la mayor cantidad de luz que ilumina su existencia, la dirección en la que sus raíces han de escarbar para llegar al agua.
Como la piel de las personas, la de las plantas leñosas también muestra marcas que reflejan el paso del tiempo y los cambios del entorno con una claridad imposible de ocultar
La piel de una persona habla de ella, de su forma de ser o de sus rutinas diarias. Las famosas patas de gallo despiertan a cada sonrisa, y muestran la alegría hecha surcos. Las manchas afloran con los años, muchas cultivadas por la exposición al sol, mientras que por aquí y por allá pueden aparecer cicatrices de viejos duelos con el tiempo y con la enfermedad, muescas que son fruto del daño reparado y vivo tejido victorioso sobre la adversidad. Como en los seres humanos, los seres vegetales también enseñan cuerpos en los que leer su devenir: de dónde proviene la mayor cantidad de luz que ilumina su existencia, la dirección en la que sus raíces han de escarbar para llegar al agua.
Esto es más evidente en las plantas con tejidos endurecidos, sobre todo en las que generan madera, esa materia firme que permite a ciertas especies alcanzar hasta 100 metros de altura y permanecer así de erguidas durante incluso cientos de años. La madera habla de los problemas de los árboles con una claridad imposible de ocultar. Sentados en un banco, de cara a un árbol, cualquiera puede recorrer con la mirada la piel de la planta para leer sus marcas e intentar descifrar el origen de los dibujos que trazan.
Un almez (Celtis australis) enseñará así dónde la motosierra le ha cortado sus ramas más bajas, para permitir pasar a los viandantes sin que estos tengan que agachar la cabeza. Unos pasos más allá, una acacia del Japón (Styphnolobium japonicum) muy joven ha sufrido en su tronco el golpeteo de varios coches cuando intentaban aparcar. Sin prestarle la debida atención, con los sucesivos impactos se ha ido inclinando su tronco, y la planta ha de agarrarse con vigor a la tierra con sus raíces para vencer a la temida gravedad que puede tumbarla. En su corteza se comprueba ese daño, al faltarle una parte importante de ese escudo protector; la acacia lleva un par de años generando un tejido que intenta cubrir la herida, lentamente.

Las ramas de un peral de flor (Pyrus calleryana ‘Chanticleer’) se orientan hacia el oeste, ya que es desde allí por donde le llegan más rayos de sol y puede retener su benéfica energía. En cambio, las ramas que crecen hacia la pared del edificio son cortas y poco pobladas de hojas. Este ejemplar ha establecido una hermosa comunión con otros perales: sus copas se han unido y conforman una suerte de fronda continua en la que se hace difícil distinguir dónde empieza un individuo y termina otro. Dos de los perales, en la primera fila de la calzada, ven recortadas sus copas por el correr de los autobuses urbanos, que modelan sus ramas con un inusual contorno rectangular que se corresponde con la carrocería de los vehículos.

Un plátano (Platanus × hispanica) en el parque, de poderoso ramaje, enseña a quien levanta la vista la gran cantidad de peso que soporta su estructura. En la base de cada rama surgen unas arrugas, a modo de acordeón, que dibujan la presión que sufre la madera en ese justo punto donde la rama se ancla con el tronco. El árbol, ese prodigio de la naturaleza, está sometido continuamente a las exigencias físicas del clima, y cada uno ha de estar preparado para afrontar esos peligros con una madera fuerte y sana.
Esto se nota en unos pinos piñoneros (Pinus pinea) en una plazoleta enarenada. Sometidos al viento predominante del sur, han inclinado suavemente sus troncos en la dirección contraria, para no ofrecer más resistencia de la necesaria y que el aire lama sus troncos sin que estos brinden demasiada oposición: lo rígido y lo flexible se dan la mano en el cuerpo de esas coníferas.

Cuando los árboles se encuentran con obstáculos en su camino, como un bordillo de cemento, no tienen más remedio que integrarlos en su cuerpo. Una sencilla verja de hierro es embebida por unos cipreses, plantados hace mucho tiempo. Nadie pensó que algún día el diámetro de sus troncos alcanzaría los barrotes de metal, pero llegó el momento y la madera besa ahora la reja de forma tan intensa que ya son un solo cuerpo.

Otro árbol, que nació de una semilla hace 50 años, germinada en un muro sobre el arroyo, disfruta de su situación. Cualquier otro ejemplar quizás hubiera caído, pero este encontró un camino para que raíces vigorosas consolidaran su existencia. Cada tarde, cuando llega un mirlo a cantar en sus ramas, la planta observa su entorno con atención. La misma que el ser humano debiera prestar a los árboles, para aprender su idioma y sus historias.
Gente en EL PAÍS
