Desde que en marzo del 2015 bajó por las escaleras mecánicas del edificio en Manhattan que lleva su nombre, la torre Trump, el empresario inmobiliario neoyorquino ahora a caballo entre Washington DC y Florida no ha dejado de tener una influencia decisiva en todos los comicios federales que se han producido en Estados Unidos. La ha tenido obviamente en las tres campañas presidenciales en las que ha participado (2016, 2020 y 2024), dos de las cuales se vieron coronadas por victorias, pero también en los comicios legislativos acaecidos en ese intervalo de tiempo en los que se dirimía la composición del Congreso, pero no el inquilino de la Casa Blanca.
El presidente se juega su acción de gobierno en su último bienio en la Casa Blanca y su papel en la historia
Desde que en marzo del 2015 bajó por las escaleras mecánicas del edificio en Manhattan que lleva su nombre, la torre Trump, el empresario inmobiliario neoyorquino ahora a caballo entre Washington DC y Florida no ha dejado de tener una influencia decisiva en todos los comicios federales que se han producido en Estados Unidos. La ha tenido obviamente en las tres campañas presidenciales en las que ha participado (2016, 2020 y 2024), dos de las cuales se vieron coronadas por victorias, pero también en los comicios legislativos acaecidos en ese intervalo de tiempo en los que se dirimía la composición del Congreso, pero no el inquilino de la Casa Blanca.
Son las llamadas elecciones de medio mandato y las próximas tocan dentro de aproximadamente siete meses, el 3 de noviembre de este año, y es evidente que, aunque su nombre no figurará en las papeletas, Donald J. Trump se juega el destino de su acción de gobierno en su último bienio en la Casa Blanca y también algo que parece preocuparle extraordinariamente en los últimos tiempos, su papel en la historia.
El presidente se juega su acción de gobierno en su último bienio en la Casa Blanca y su papel en la historia
Es bastante habitual que el partido que ocupa la Casa Blanca pierda escaños e incluso el control de una o de ambas cámaras del Congreso en este tipo de elecciones. Le pasó al propio Trump en el 2018 y a sus predecesores del Partido Demócrata Bill Clinton y Barack Obama, lo que no fue obstáculo para que ambos obtuvieran dos años más tarde sus respectivas reelecciones. Sin embargo, salvo cataclismo constitucional y una vez agotado su segundo y último mandato, Trump abandonará definitivamente la presidencia en enero del 2029, tras la elección de su sucesor en noviembre del 2028.
La historia y la tradición sugieren que un cambio en el control del poder legislativo, aunque se circunscriba a solo una de las dos cámaras, obliga al presidente a pactar sus políticas domésticas con la oposición, lo que obviamente no ha sido el caso en estos 14 meses largos del segundo mandato de Trump. De hecho, el único contrapeso a su agenda iliberal y populista ha procedido ocasionalmente de los tribunales de justicia, con el Congreso como simple observador del ordeno y mando presidencial. Sin embargo, la tradición también indica que el presidente, goce su partido o no de mayorías en el Congreso, posee amplia autonomía en materia de política exterior. Es más, se suele dar el caso de que cuando un presidente tiene las manos atadas por el poder legislativo se entrega en cuerpo y alma a intervenir en el resto del mundo, aunque en el caso de Trump case mal con su supuesta prioridad del America first (América primero).
En cualquier caso, no cabría depositar demasiadas esperanzas en que una victoria de la oposición demócrata en las elecciones de noviembre dé paso a un nuevo proceso de remoción y expulsión del cargo (impeachment) del presidente Trump. Ya sobrevivió a dos tentativas de esta naturaleza en su primer mandato y nada indica que esta tercera fuera a prosperar. Sin embargo, sí supondría un considerable freno a sus políticas en materia de migración, aranceles y energía, y daría cancha a candidatos de la oposición cara a las presidenciales del 2028.
Hay otros dos subescenarios que merece la pena citar. El primero es que una eventual victoria de la oposición no fuera reconocida por Trump, lo que daría lugar a un marasmo constitucional. El segundo es inimaginable: una supresión de las elecciones o un aplazamiento sine die de las mismas, a la venezolana. En el año en que se conmemoran 250 años de su independencia, hay que recordar que los estadounidenses llevan votando ininterrumpidamente cada bienio desde 1789, al margen de sufrir una guerra civil, dos guerras mundiales y una pandemia que causó más de un millón de muertos. Pero no llamemos al mal tiempo…
Internacional
