Con el cine supuestamente adulto prácticamente desprovisto de sexo, no hay riesgo de que tus hijos vean un polvo (o un polvo que no van a entender, que no es lo mismo). Y, respecto a la violencia, llego tarde para advertir de que nos estamos pasando con su normalización en películas familiares Leer Con el cine supuestamente adulto prácticamente desprovisto de sexo, no hay riesgo de que tus hijos vean un polvo (o un polvo que no van a entender, que no es lo mismo). Y, respecto a la violencia, llego tarde para advertir de que nos estamos pasando con su normalización en películas familiares Leer
El 9 de enero de 2026 se estrenó en España Dentro del laberinto. Dos semanas antes había llegado a las pantallas españolas Howard… un nuevo héroe. Dentro del laberinto, última gran obra de Jim Henson, es fascinante; Howard es espantosa. Las dos fracasaron en taquilla. Ninguna era especialmente infantil. Yo vi ambas. Yo era un niño entonces. Howard… un nuevo héroe me hizo mucha gracia. Aquel pato salido me divirtió mucho. Y me hizo sentir muy mayor preguntar qué era eso tan escandaloso que el pato llevaba en la cartera: un condón. Dentro del laberinto la entendí perfectamente. Jim Henson sabía que yo era un niño, no un tonto. Aún hoy me maravillo con sus marionetas. Es lo más cerca que el cine ha estado de la magia (¡las manos parlantes!). En cambio, el pato Howard es una aberración punible, homicidio cinematográfico en primer grado, el horror, el horror.
Vi ambas películas por primera vez, hace 40 años (¡40 años!), con mi padre en el cine. Imagino sus pensamientos, sentados los dos ante la pantalla: ¿esto le dará miedo al niño? (por Laberinto) ¿Debería salir de la sala y llevarlo al psicólogo? ¿Pedirle perdón, quizá? (por Howard).
¿Tienen los padres actuales las mismas dudas y los mismos temores? ¿O están tranquilísimos sabiendo que hasta películas no promocionadas para niños son perfectamente aptas para ellos? Con el cine supuestamente adulto prácticamente desprovisto de sexo, no hay riesgo de que tus hijos vean un polvo (o un polvo que no van a entender, que no es lo mismo). Y, respecto a la violencia, llego tarde para advertir de que nos estamos pasando con su normalización en películas familiares. Aunque yo me crie con películas donde había tiros y muertes y he salido bien. Creo. Espero. Quién sabe si todas mis taras vienen del pato Howard y no de La jungla de cristal. Desde luego, de Dentro del laberinto, no.
Tampoco descarto que tragarme el otro día Alvin y las ardillas en la pantalla de casa me obligue tener que visitar más a menudo a mi psicoterapeuta. Esas voces, esa trama, ese intento desesperado y estéril de intentar conectar también con los adultos, el horror, el horror. A mis sobrinos les encanta esa película, así que no me arriesgué a ponerles Noche en el museo (que es maluca, pero cualquier cosa antes que las ardillas del infierno) o, por qué no, Dentro del laberinto. Desgraciadamente ya he visto esta última con otros niños y no funcionó. A algunos les dio miedo el villano (ese David Bowie a medio camino entre Spagna y La Prohibida), a otros les daban risa las marionetas. Lo primero puedo entenderlo; lo segundo me dolió.
La niñez de los 80 es distinta a la de hoy. Entiendo que Bowie dé miedo, pero no que entre las torturas de la prisión de Guantánamo no esté tener que escuchar a Alvin y las ardillas.
Cultura // elmundo
