Del acontecimiento cultural al contenido viral, así se ha ido adaptando la industria del entretenimiento a los nuevos requerimientos de una audiencia que prioriza lo breve. «En muchos formatos, la música es lo de menos», advierten algunos expertos Leer Del acontecimiento cultural al contenido viral, así se ha ido adaptando la industria del entretenimiento a los nuevos requerimientos de una audiencia que prioriza lo breve. «En muchos formatos, la música es lo de menos», advierten algunos expertos Leer
Llevas días con un runrún metido en la cabeza y no sabes muy bien de dónde viene. A todos nos ha pasado: un fragmento pegadizo en TikTok, un estribillo filtrado en un directo, un baile improvisado en la calle. El videoclip de tu próxima canción favorita todavía no existe y, quizá, nunca existirá. La letra y la melodía circulan en pequeñas dosis, como una mecha sin encender del todo. Si prende, se multiplica. Si no, se evapora.
«El videoclip ortodoxo ha sido desplazado en el panteón del entretenimiento contemporáneo», sostiene Noel Ceballos, periodista musical y experto en cultura pop. «Este proceso está cambiando la manera de comercializar las canciones; es otra maniobra pensada para maximizar las escuchas en plataformas de streaming, ya que mucha gente no pasa de los primeros cinco segundos de una canción antes de saltar a la siguiente».
Desde que la MTV comenzó a emitir en 1981 con una promesa de música ininterrumpida las 24 horas, la relación entre imagen y sonido cambió para siempre. Las canciones ya no solo se escuchaban; se veían. La cadena funcionaba como un escaparate global que legitimaba el videoclip como espacio de construcción de imaginarios colectivos. «En realidad, al principio esta nueva realidad recibió un aluvión de críticas. Muchos veían el videoclip como una herramienta de la industria para coartar la libertad del oyente a la hora de imaginar lo que contaba la canción, así como un peligro para los jóvenes», explica Eduardo Viñuelas, catedrático de Musicología en la Universidad de Oviedo. «Fue después cuando se convirtió en un icono de la cultura popular y en un anclaje generacional para quienes crecieron en los 80 y primeros 90».
El videoclip dejó de ser un acompañamiento para convertirse en un dispositivo que marcaba estética, moda y conversación pública. Fue territorio de experimentación formal y laboratorio creativo para directores que luego saltaban al cine. Cada estreno era prácticamente un acontecimiento: se trataba de superproducciones con narrativa propia, rodajes de varios días y presupuestos millonarios.
Llegados a 2026, la pregunta es inevitable: ¿ha muerto el vídeo musical, o simplemente ha pasado a un discreto segundo plano?
«Hay casos en los que el videoclip es la capa siguiente a la canción, el punto de partida de otros contenidos adicionales, y otros en los que forma parte de una caja de herramientas más amplia», expone Domingo Olivo, director de Marketing en Sony Music España. «En un mundo saturado de mensajes publicitarios y de oferta de entretenimiento, con un alto déficit de atención de la audiencia, tenemos que ser más originales. Tan solo hay que echarle un vistazo al impacto cultural y a la ambición conceptual de Rosalía en Berghain».
La primera edad de oro de este modelo se inauguró con la llegada de YouTube en 2005 y el posterior nacimiento de VEVO, un servicio internacional que alojaba contenidos musicales de alta calidad. El videoclip se convirtió entonces en un evento digital medible al segundo; las cifras de visualización durante los primeros días eran prácticamente titulares. Adele superó los 1.000 millones de reproducciones con el vídeo oficial de Hello en menos de tres meses; Shape of You, de Ed Sheeran, alcanzó los 4.500 millones en ese tiempo, y Despacito, de Luis Fonsi junto a Daddy Yankee, se mantiene como el videoclip más visto de la historia de YouTube con 8.960 millones de visitas.
Desde el pasado 17 de enero, sin embargo, YouTube ha dejado de proporcionar los datos de reproducciones a Billboard, que mide la popularidad de las canciones en Estados Unidos, ya que su nueva metodología de configuración de listas ignora a los fans que consumen música gratuitamente en servicios de vídeo bajo demanda.
Viñuelas recuerda que cuando los videoclips empezaron a hacerse para internet «incluían easter eggs, mensajes ocultos que obligaban a verlos varias veces para poder comentarlos en foros». Hoy, aplicaciones como TikTok han alterado aún más la dinámica: la viralidad ya no depende de una pieza cerrada sino de su capacidad para fragmentarse en clips de 15 a 45 segundos. El algoritmo prioriza repetición, participación y remezcla.
Para Itziar Oltra, docente y creadora de contenido experta en marketing, el videoclip no ha muerto, pero ha dejado de ser el núcleo de la estrategia promocional. Su función se ha desplazado hacia un territorio más difuso, donde la imagen ya no pertenece a una sola pieza sino a un flujo continuo de contenido: «Ha pasado a ser una herramienta de construcción de storytelling, más un apoyo que un pilar. Aun así, sigue siendo simbólico dentro del universo narrativo del artista».
«En un mundo saturado de oferta de entretenimiento, tenemos que ser más originales en cada nuevo lanzamiento»
Domingo Olivo, director demarketing de Sony Music España
Las prioridades presupuestarias también han cambiado. Ahora se apuesta también por desarrollar visualizers atractivos, promocionar sesiones acústicas, invertir en playlisting en Spotify y Apple Music o diseñar retos virales específicos para TikTok. La lógica ya no es concentrar recursos en una única pieza, sino dispersarlos en múltiples puntos de contacto con un usuario habituado al scroll infinito. En este sentido, Olivo explica que en Sony Music dedican un presupuesto significativo a contenidos audiovisuales «para acompañar al artista en su viaje creativo», y que en los últimos cinco años la inversión en obras visuales ha crecido hasta suponer el 33% del gasto en proyectos de artistas españoles: «Buscamos cineastas y socios en producción audiovisual que comprendan al artista y su obra musical, y que abracen el todo de la estrategia narrativa para entregarnos el conjunto de sus partes».
«Las campañas no solo se estructuran en torno a un lanzamiento, sino a todo un ecosistema de contenidos y tendencias. No adaptarse implica perder vías de captación, como ha sucedido históricamente con cada nuevo medio», afirma, por su parte, Oltra. «Los formatos audiovisuales breves que circulan por redes cumplen una función de gancho que funciona muy bien: guían la atención de los usuarios hacia otros contenidos», coincide Viñuelas. «Es una lógica transmedia por la cual teaser, lyric video, behind the scenes o making of complementan la experiencia de los fans».
Rosalía o Sombr, entre otros, han utilizado las redes sociales para probar sonidos y conceptos antes de lanzar canciones formalmente, con el objetivo de tomar el pulso a su potencial éxito. Aitana generó expectación con fragmentos de la composición de 6 de febrero en su documental Metamorfosis antes de aventurarse a cualquier despliegue tradicional. Lo mismo sucedió con los numerosos retos de baile de Superestrella en TikTok, que la auparon al top 1 de las listas en noviembre. «Hay canciones que parecen escritas pensando en la plataforma, por la letra o, incluso, por el posible baile a generar», admite Oltra. «Aunque se sumen todos los ingredientes que deberían convertir un tema en viral, el algoritmo juega un papel clave e impredecible, y también lo hace la inversión en creadores y en la propia plataforma para potenciar la elección de ciertos audios en la difusión de vídeos. La diferenciación creativa sigue siendo el único factor no replicable».
Artistas internacionales como Taylor Swift han reducido también el número de vídeos oficiales en sus últimos lanzamientos para priorizar una estrategia más distribuida. El estreno del vídeo de The Fate of Ophelia, primer single de su último álbum, llegó antes a las salas de cine que a las plataformas como cebo de una película que incluía los lyric video del resto de canciones. En esencia, la promoción se ha convertido en laboratorio. Una coreografía o una frase pueden circular de forma autónoma y generar millones de reproducciones antes de que exista un vídeo oficial. A veces, esa viralidad llega después de que la canción ya haya sido un éxito. Otras veces, y pese a todo, no llega jamás.
«El desplazamiento del vídeo musical ortodoxo es una maniobra para maximizar las escuchas en plataformas de streaming«
Noel Ceballos, periodista musical y experto en cultura pop
«La vertiente audiovisual de una canción siempre ha venido dada por una combinación de expresión artística y de marketing formulada para potenciar la experiencia de los oyentes. Eso no ha cambiado desde que se inventaron los videoclips», argumenta Olivo. «Si el artista comparte contenidos que propicien una tendencia algorítmica previa al lanzamiento, se multiplica la campaña de expectación que estamos trabajando editorialmente. Todo sirve para alimentar la narrativa transmediática de un álbum».
La progresiva desaparición de VEVO y de los canales musicales de MTV en Europa simboliza el cambio de era. Y es que la cadena que convirtió el videoclip en lenguaje dominante fue desplazando la música hacia los márgenes en los últimos tiempos. «Hace años que no era ni la sombra de lo que fue. Desde finales de los 90 ya emitían más minutos de reality shows que de videoclips en su programación», señala Viñuelas. Pero reducirlo todo a nostalgia sería simplista. Los expertos coinciden en que el videoclip sigue siendo todavía una herramienta poderosa para consolidar el universo estético y ampliar la narrativa de un artista. Lo que ha cambiado es su jerarquía: ha dejado de ser el centro de la estrategia para convertirse en una pieza más dentro de un ecosistema donde la atención es cada vez más volátil.
«Mi sensación es que en el futuro convivirán muchas versiones del videoclip, sin que ninguna sea hegemónica por sí sola. El formato será una prolongación de propuestas que trascienden lo musical. En muchos casos, la música es lo de menos», asegura Noel Ceballos. Concuerda con él el director de Marketing de Sony Music España, para quien el espíritu de MTV, «ver la música», sigue siendo poderoso: «Las audiencias se han fragmentado, los soportes se han multiplicado y la marca no ha sobrevivido; pero el conjunto del videoclip y sus hermanos audiovisuales, en cambio, está más vivo que nunca».
Durante décadas, el videoclip fue el lugar donde la música adquiría cuerpo. Hoy ese cuerpo se descompone en clips breves, pantallas verticales y tendencias efímeras. Quizá no estemos asistiendo a su muerte, sino a su mutación definitiva. La cuestión es si todavía queda espacio para convertir tres minutos de canción en un pequeño acontecimiento cultural compartido o si basta con que el algoritmo la ponga a bailar.
Cultura // elmundo
