Vista desde el frente del Donbass, la guerra parece muy simple de explicar. Rusia ataca con fuerza y Ucrania se defiende como puede, mientras la población civil sufre las consecuencias. La dinámica militar sigue un curso al margen de la política. Si no, ¿cómo se explica que el año pasado, coincidiendo con la intensa mediación diplomática de EE.UU., fuera el más mortífero para los civiles?
Zelensky tiene prisa por cerrar un alto el fuego ante el aumento del sufrimiento de la población civil
Vista desde el frente del Donbass, la guerra parece muy simple de explicar. Rusia ataca con fuerza y Ucrania se defiende como puede, mientras la población civil sufre las consecuencias. La dinámica militar sigue un curso al margen de la política. Si no, ¿cómo se explica que el año pasado, coincidiendo con la intensa mediación diplomática de EE.UU., fuera el más mortífero para los civiles?
La ONU contó 2.514 muertos y 12.142 heridos, cifras que superan en un 30% a las del 2024 y en un 70% a las del 2023.
Rusia destruye, el ejército ucraniano se defiende y ralentiza el avance ruso pero no lo detiene
Este año puede ser peor. Las sirenas que suenan sin cesar en Kramatorsk también las oye el presidente Zelensky en Kyiv. Ayer estuvieron alertando de los bombardeos rusos. El viernes murieron tres personas, una era un niño. Los drones y las bombas matan casi a diario. Por eso Zelensky dice que tiene prisa para cerrar un acuerdo de paz. Sabe que puede estar ante la última oportunidad de conseguir una salida negociada. El presidente Trump la necesita esta misma primavera para que sea un gran activo electoral en las elecciones legislativas de noviembre. Su equipo negociador volverá a reunir a rusos y ucranianos esta próxima semana en Ginebra. Parece, sin embargo, que no tiene la fuerza suficiente para imponer un acuerdo.
La lógica de la guerra sigue un curso diferente al de la política como atestiguan los aullidos de las sirenas que cubren Kramatorsk. Suenan como un lamento intenso, profundo y sostenido, que acongoja al que no lo ha oído mil veces. De fondo retumban las explosiones. Si son cercanas, tiemblan las ventanas y las puertas. Si son muy cercanas, la onda expansiva las revienta.
Poco a poco, los drones y las bombas rusas destruyen los edificios de este último baluarte de Ucrania en el Donbass. Atacan las viviendas, las gasolineras y las centrales eléctricas. También a los vehículos en circulación, incluidos los autobuses que aún prestan servicio, porque la vida, a pesar de la guerra, sigue siendo un ir y venir. Aquí no hay confinamientos ni más advertencias que las antiaéreas.
El ejército ucraniano contraataca con sus propios drones y algo de artillería. Ralentiza el avance de las tropas rusas pero no lo detienen. Ya no piensa tanto en recuperar territorio, como en mantener la posición y hacer que el enemigo pague un alto precio por cada paso que da.
Rusia sufrió casi 30.000 bajas en enero y el nuevo ministro ucraniano de Defensa, Mykhailo Fedorov, quiere que sean 50.000. Así se podría superar con holgura la cifra de reclutamientos.
Que Rusia acumule más bajas de las que pueda reponer es una estrategia de desgaste en una guerra en la que Ucrania lleva la peor parte. Rusia triplica en población a Ucrania y tiene un PIB diez veces superior. Cuenta con el apoyo decisivo de China y Corea del Norte. Fabrica muchos más drones que Ucrania.
Los soldados ucranianos con los que hemos hablado estos días en el frente del Donbass coinciden en que la superioridad numérica de las tropas rusas es aplastante. “Son muchos más, pero también mueren muchos más”, asegura un capitán destacado en el frente de Pokrovsk.
Rusia ha tardado dos años en ocupar la ciudad minera de Pokrovsk y todavía no la controla del todo. Es una ciudad hoy en ruinas, que antes de la guerra tenía 60.000 habitantes. Que sea una plaza pequeña y que haya costado tanto ocuparla indica la solidez de las defensas ucranianas.
El alto estado mayor ucraniano calcula que Rusia pierde a un centenar de soldados por cada kilómetro cuadrado que ocupa.
Por eso a Zelenski le gusta reiterar que “Ucrania no está perdiendo”. Los drones le permiten compensar la inferioridad numérica de su ejército y, sobre todo, ahorrar vidas. “Nuestra prioridad absoluta es no exponernos al enemigo”, explica el capitán de Pokrovsk, al frente de una unidad de drones terrestres con un centenar de soldados a su cargo. “Los robots hacen todo el trabajo de intendencia en la zona de combate –añade-. Llevan provisiones y municiones, y también retiran a los heridos”.
Ucrania no puede reclutar tantos jóvenes como Rusia. No solo por que no tiene tanta población, sino porque tampoco puede forzar tanto el reclutamiento. Exentos de combatir están los jóvenes con menos de 25 años y los mayores con más de 60.
Cuando Volodimir Zelenski habla de acabar la guerra, siempre añade la coletilla de que el acuerdo debe ser digno. El viernes, al llegar a Munich para la conferencia anual sobre seguridad en Europa, habló de “paz dignificante” y de una “arquitectura de seguridad compartida”.
De momento, las negociaciones con Rusia bajo la mediación de Estados Unidos están muy lejos de alcanzar un acuerdo que sea aceptable para las dos partes. El presidente Putin ordenaría un alto el fuego inmediato si Trump le entregara Kramatorsk y el resto del Donbass bajo control ucraniano. Zelenski se opone y, a cambio, propone que la región se convierta en una zona neutral con un régimen económico especial. Rusia replica con una negativa.
El presidente ucraniano nota la presión de Trump para que ceda el Donbass, pero no puede hacerlo sin una consulta popular. La Casa Blanca le dice que adelante y le pone fecha: el 15 de mayo. Le sugiere, asimismo, que aproveche para convocar elecciones presidenciales el mismo día. Zelenski le responde que lo estudiará. De momento, ha encargado al Parlamento una legislación especial que permita votar bajo la ley marcial.
Las elecciones presidenciales son una exigencia de Moscú, que desea tener un gobierno títere en Kyiv. Zelenski se queja de que Trump le presione más a él que a Putin, cuando él ha dado muchos más ejemplos de estar más a favor de la paz que de la guerra.
Ha renunciado, por ejemplo, a que la Corte Penal Internacional juzgue a Putin por crímenes de guerra. También acepta una reunión cara a cara sin precondiciones. Trump aplaude la iniciativa, pero Putin exige que sea en Moscú, sabiendo que Zelenski nunca aceptará negociar allí.
El 24 de febrero del 2022, Rusia inició la invasión general de Ucrania. Pocos meses después, sin embargo, Ucrania ganó las batallas de Kyiv, Jarkiv, Sumy y Jersón. Las tropas rusas se retiraron. En ese momento, Zelenski tenía una posición de fuerza sobre Putin, pero no la utilizó para negociar. Lo confió todo a la gran contraofensiva que lanzó en la primavera del 2023. Fue un fracaso y desde entonces su posición en el frente de batalla y en la mesa de negociaciones se ha deteriorado.
Ahora tiene una nueva oportunidad y él está de acuerdo en que “hemos de acabar la guerra”, pero añade que “no a cualquier precio”.
El precio inasumible, al menos hasta ahora, ha sido la cesión del Donbass y la falta de garantías de seguridad. Varias veces, tanto él como Trump han anunciado que estas garantías están pactadas. La verdad, sin embargo, es que no. Zelenski, que no quiere ser un obstáculo para la paz, dice a todo que sí, pero solo para contentar a Trump.
En la mesa de negociaciones la situación es distinta. Cuando los ucranianos preguntan a los norteamericanos por las garantías de seguridad, no reciben una respuesta clara. Preguntan, por ejemplo, si Estados Unidos derribaría un misil ruso sobre Ucrania y los norteamericanos responden con vaguedades.
Rusia, mientras tanto, mantiene el frente en máxima tensión. Su posición es muy clara. Confía en la superioridad de su ejército y su economía. Sabe que los europeos tardarán años en suplir la retirada de Estados Unidos, si es que alguna vez lo consiguen. El respaldo chino parece garantizado sine die. El tiempo corre a su favor. Trump y Zelenski tienen prisa, pero él no.
A Putin le iría bien saber que los 190.000 habitantes que aún viven en el Donbass bajo control de Ucrania tampoco tienen prisa. Su mayor deseo es que la guerra termine mañana, pero saben que es imposible. Unas pocas decenas de miles esperan a los rusos, pero la inmensa mayoría lucha para seguir siendo ucranianos del Donbass, integrados en una Europa democrática y próspera.
Unos y otros, prorrusos y preeuropeos, han asumido la fatalidad de la guerra. La tienen tan interiorizada que no se inmutan cuando el lamento de las sirenas anuncia el próximo bombardeo sobre Kramatorsk. Hace tiempo que el concepto “última oportunidad” dejó de tener sentido para ellos.
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